The Killing Joke: una nueva vuelta de tuerca

Dualidad y alquimia en el Joker de Alan Moore y Brian Bolland. Porque una obra maestra puede verse de muchas formas.

Por: @Pocodemucho

Alan Moore es uno de los mejores guionistas de comics que han existido jamás. Es un mago capaz de redefinir algunos personajes con solo una historieta. Es el caso con el Joker. Le dio una carnadura humana inaudita hasta ese momento en cualquier comic de Dc, para luego llevarlo al lugar más monstruoso posible. Porque, vamos, dispara a sangre fría a Bárbara Gordon y trata de llevar (¡torturando!) al querido James Gordon a la locura que él cree debe ser norma. Son actos horrorosos y definitivos. Los actos de un hombre más allá del bien o la moral o cualquier atisbo de algo parecido a una conciencia. Dos actos que marcan un antes y después en la narrativa moderna de comics. Dos actos que marcan el devenir eterno de un villano que alguna vez fue un hombre común.

El disparo que cambia todo
El disparo que cambia todo

Tomemos en cuenta que el Joker fue creado como contrapartida perfecta de Batman. Un hombre sin poder alguno salvo su infinita capacidad de reinventarse como criminal para combatir a otro hombre en una cruzada sin fin. Dos hombres enfrentados en una lucha ya eterna. El héroe abnegado contra el villano irracional. Dos caras de una moneda que aun está en el aire.

El ocultista Moore utiliza las cartas del Tarot para muchas de sus trabajos. La más prominente y perfecta obra hecha con esta premisa es Promethea (de la cual hablaremos algún día). Pero en esta Broma Asesina podemos inferir el uso de una carta en particular: Los amantes.

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Las asociaciones con Bats y el Joker pueden ser múltiples. Desde los Caín y Abel bíblicos, los cuales vienen derramando sangre desde el comienzo de la cristiandad; pasando por la concepción filósofica de que como ciertas leyes físicas, cada idea crea su exacta contrapartida, entonces Bats crea al Joker. Y Moore lo hace de esta forma. Cuando el villano menor Red Hood cae en la pileta de químicos a manos del héroe, se crea su némesis, su otra mitad. El lado oscuro que representa el Joker contra la luz de Batman.

Y el Joker elige (y aquí hay otro punto: la libre elección) ser esa otra mitad. Era un cómico de poca monta a punto de tener un hijo con una buena mujer. Decide perseguir su sueño de ser comediante de tiempo completo, dejando su trabajo habitual. Pero un accidente común lo priva de lo poco que lo ata a este mundo, el de los normales. Perpetra un robo que también sale muy mal. Entonces el círculo se cierra, el mal día ha durado demasiado. No son los rasgos deformes que le devuelve el espejo lo que lo vuelve loco, sino la nueva noción que nada es real, que nada vale la pena, que la locura es el mejor lugar donde refugiarse de la vida y sus obligaciones mundanas. Que lo inevitable es la caída, todos somos iguales mirando al espejo de nuestra locura cotidiana. Pero cerca del final de esta fundamental novela gráfica Batman y Jim Gordon intentarán contradecirlo aferrándose a su código tan moral y ético. No tendrá la misma suerte Bárbara, mero recurso narrativo aquí, pero la verdadera víctima en esta historia.

El rostro de Bárbara. Miedo puro.
El rostro de Bárbara. Miedo puro.
La tortura como paso hacia la locura
La tortura hacia la locura

Pero todo esto (hablando del Joker, claro) podría no ser real. Es en esta ambivalencia donde debemos movernos. Porque los flashbacks son certeros en los dibujos de Brian Bolland, pero el guión de Moore abre más preguntas de las que llega a responder. No en vano la historia comienza en el Asilo Arkham. Batman también ha sufrido una pérdida irreparable, y de haber elegido diferente, podría ser uno más de los locos encerrados allí. Otra día deberíamos discutir la locura de un hombre disfrazado corriendo por los techos buscando justicia. Pero estamos hablando del Joker. Y Moore los pone en pie de igualdad. En un último momento comparten hasta una broma. Las dos mitades otra vez. La línea que los separa es cada segundo más tenue.

Este Joker, el de Alan Moore, es una figuración de la desilusión del hombre moderno. La Modernidad nos ha dejado ante nuestro propio y difuso espejo desnudos, sin la máscara de las comodidades diarias estamos vacíos. Una figura trágica que cede su pasado feliz a cambio de vivir un día a día un poco más tolerable de la mano del crimen. ¿Porque que es más trágico que perder a tu familia? Un hombre que se ha perdido y alejado del mundo. Porque su universo ha dejado de tener razón de ser.

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Y es en este comic donde se define la relación con su otra mitad de forma unívoca. Dos enemigos para siempre y por siempre.

Solo un hombre paradójicamente enmascarado podrá darnos una esperanza otra vez. Intenta razonar con un loco. Y ahí está uno de sus errores. Pero, repetimos, de Batman hablaremos en otra ocasión.

Entonces Alan Moore de un plumazo certero definió otra vez al Joker. Marcó de un balazo la relación con su viejo enemigo encapotado, Batman. Y nos dio una razón para amar por siempre a estos personajes. Porque ahí radica una de las claves de su longevidad en el imaginario popular: buenos guionistas contando buenas historias.

Larga vida a Alan Moore. Larga vida al Joker.

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