Entrevista: Leonardo Oyola

El 3 de Diciembre se estrena una de las más esperadas películas por todo el fandom de superhéroes y por los miles de admiradores de la obra de Leonardo Oyola: la fuera-de-escala-de-genial Kryptonita.

Los héroes de los cómics (un tipo grandote con poderes que gusta vestirse de rojo; un caballero de la noche; un tipo morocho con un anillo verde) vienen al conurbano profundo de la mano del director de la gloriosa “Diablo (2012)”, Nicanor Loreti. Con un elenco de estrellas como Juan Palomino, Diego Capusotto, Pablo Rago, Nicolás Vázquez y con varios actores en ascenso auguramos una maravilla que explotará en nuestras pantallas.

Para ir palpitando la película, junto a José Manuel Argañaráz, nos reunimos con Leonardo Oyola. Además de ser un genio de la literatura actual nos encontramos con una persona amabilísima, generosa y dispuesta al diálogo franco sobre su obra y su vida. Un verdadero placer entrevistar al autor de Kryptonita.

– ¿Quién es Leonardo Oyola? 

Leonardo Oyola es una persona que tuvo dos vidas. Que en esta segunda vida es escritor y es una persona muy, muy feliz. Que se dedica de lleno a leer y escribir y que esta actividad le ha dado muchas alegrías y una amistad con colegas a los que uno admira y alienta a que sigan laburando.

– ¿Hubo un momento, un libro, una película, donde dijeras quiero hacer esto? 

Cuando estaba en el taller de escritura de Alberto Laiseca no pensaba en publicar, lo que más me gustaba era poder escribir. Los días de taller eran los jueves a la noche. Yo estaba escribiendo el capítulo 8 de Siete y el Tigre Harapiento cuando un lunes al mediodía (yo trabajaba de 8 a 17 en Mataderos) Laiseca me llama a mi trabajo y me dice: “Disculpe Leo que lo moleste pero estuve pensando en el capítulo que escribió y leyó el jueves pasado: el caballito que usa el Inspector Vals no puede ir derechito desde La Boca a Mataderos, se muere. Tiene que hacer alguna escala, cambiar de caballo. Es por la verosimilitud”. Laiseca corto el teléfono y me dieron ganas de llorar porque me di cuenta que ya no quería estar donde estaba laburando, que solo estaba ahí para pagar el alquiler u otras cosas,  pero lo que yo quería en realidad era escribir. Lo único que pensaba es “estoy hasta las 17, después tengo que hacer otras cosas, esta noche no voy a poder escribir, con suerte martes y miércoles a la tarde y luego ir el jueves a lo de Laiseca después del laburo”. Se me iba a hacer eterno. Ahí es cuando dije “desearía poder vivir de esto, ser escritor”.

Luego todo se fue dando, quizás no de la mejor manera en el comienzo, pero la pilcha o lo que tomo ahora sale de lo que escribo y soy consciente de eso y estoy contento de esa decisión. Ese fue el momento.

– Esto fue un lunes  ¿dejaste de trabajar cuándo? 

No, lo hice después y por las malas. Dos años después. Pero la decisión estaba. Hoy te la puedo contar con el diario del lunes. Pero fue esa vuelta donde lo desee por primera vez y cuando me considere escritor. Hasta ese momento yo decía voy a un taller y la estoy pasando bien.

– Era como un hobby…

Igual no lo tomaba tanto como hobby.  Me gustaba. Sabía que había que tener un compromiso. Laiseca te da desde un comienzo eso. Era la gran pelea que tenía con mi pareja de ese momento. Eso me dolía, ella me decía “tu hobby”. (Ella) no lo veía como algo productivo. El tiempo que yo dedicaba a escribir ella prefería que hiciera otra cosa, algo más freelance. Y que siguiera sumando plata para la pareja. Otra cosa importante y real que aprendí no solo de Laiseca sino de otro maestro (tácito en mi vida) Mario Levrero, leyendo La novela luminosa es: está mal robarle al tiempo de ocio. Para el que hace arte éste tiempo es fundamental. Yo para escribir dejaba de dormir.  No salía. Y eso era un drama con mi pareja también. Para mí era el axioma de la gota china, la gota que cae en la frente. Cada vez que me decía “tu hobby” me horadaba la frente pero también acá, en el corazón. La dejaba de querer. Porque (escribir) siempre fue muy amoroso para mí. Hoy la entiendo, un domingo a la tarde podríamos ir al cine pero yo estaba encerrado escribiendo. Un día ella entro donde yo escribía y fue muy tremendo. Entró de golpe y me dijo: “podría entender que haya otra mujer, esto no lo entiendo”. No solo no pude escribir ese día sino que me di cuenta que la relación estaba terminada.

– ¿Laiseca fue tu primer maestro? 

Si estamos hablando acá, si tengo esta otra vida es gracias a él. Al único taller que fui fue al suyo. Estoy convencido que si hubiera caído en otro lugar no estaría donde estoy.  Laiseca es tan buen maestro que te muestra hasta lo malo.

– ¿A Levrero tuviste la oportunidad de conocerlo? 

No. Yo empiezo a leer a Levrero como casi todos, después de su muerte.

Cuando me publican Hace que la noche venga comienzo a recibir libros de la editorial Mondadori. El primero que recibo de él es: La novela luminosa. Increíble. Reconocí cosas de Laiseca y otras que me estaban pasando a mí por primera vez, por ejemplo trabarse escribiendo. Yo venía siendo muy prolífico. Las cosas comenzaron a funcionar. Y por primera vez sentí que se estaba esperando un libro mío. Pensar que iba a salir a gran escala me paralizó. Hasta que me tranquilicé. Después de ese parate salió Kryptonita. Empecé a aprender a esperar a la historia. Convivir más con ella, de “macerarla”.

– ¿Qué fue primero en tu vida, el cine o la literatura? 

Primero, yo lo tengo bien claro que es el cine. Y el cine en la televisión. En su momento con mi hermano no lo sabíamos. Había cuatro canales de aire, nada más. Cuando enganchabas el Canal Dos. Ni control remoto teníamos, era a botonera. El que mantenía la casa, el que se rompía el lomo era mi viejo. Entonces era el que elegía el canal. Pero mi viejo antes de medianoche, chau, se dormía cansado porque se tenía que levantar cinco de la mañana e ir a laburar. En esa época lo único que había en trasnoche eran películas. Algunos eran tele films. De repente, no me preguntes porque, nos empezamos a enganchar nosotros con Trasnoche Aurora Grundig (Programa de la época), que era en Canal 7. Hoy te das cuenta que pasaban clásicos. Pero ahí te pasaban westerns, películas de John Huston, incluso me acuerdo de haber visto cosas de Mario Bava o de Lucio Fulci. Pero sin saber que era (terror italiano). Lo poníamos porque era de los que mejor se veía, pero había algo. Te enganchabas con otras cosas también. Pero cuando llegaba el sábado, y no llovía o íbamos a jugar la pelota o andábamos en la calle, era Sábados de Super Acción (otro programa de la época, esta vez en canal 11, donde se pasaban películas, generalmente de acción).

Después empezabas a engancharte con las series de la época pero eso de pibe me acuerdo que era lo que más me gustaba. Tenía la cuota típica de dibujitos pero me pasaba que una vez que ya lo veías dos o tres veces ya después no me llamaba la atención. A mí me encantaba y quería jugar a la pelota, pero no era bueno. Con mi hermano jugábamos entre los dos, pero vas creciendo, vas haciendo otras cosas. Él salió buen jugador, juega todavía. Yo no. Después estaban los cines de barrio que el estreno de este jueves llegaba a los seis meses, en doble continuado y con una entrada hiper barata. Porque todavía no entraba la videocasetera, el vhs. Y cerca de lo de mis viejos hay una ciudad que se llama Rafael Castillo. Era muy divertido porque el cine estaba en la asociación de Liga de Padres de Familia. Era muy loco porque la pantalla era una cama elástica. Cuando no estaban proyectando películas estaban todos los borregos saltando en la cama elástica. Después le pasaban algo, la tumbaban y ahí veíamos las pelis. Así vimos “Indiana Jones (Raiders of the Lost Ark, 1981)”. Mi viejo nos llevó a ver “ET (ET: The Extra-Terrestrial, 1982)”, mi viejo quería verla parece. A mi viejo también le gustaba el cine y sabía llevarnos. Muy de forma esporádica, pero sabía llevarnos. Y con mi hermano íbamos a esa sala mucho.Después cuando fui un poco más grande, ni hablar cuando fui adolescente, era ratearse para ir al cine. Además en Morón todas las salas eran en continuado. Había una sala que era La Achaval que era baratísima. Te pasaban cruces imposibles.

Pero si, todo el cine a full. Yo empiezo a leer de grande, a los 16 años.

– ¿Qué fue lo primero que leíste?

Crónicas marcianas de Ray Bradbury. Vienen los cortes de energía de 1988. Era todo por tandas. En el barrio cortaban ocho horas por día. La tele solo andaba cuatro horas al día. La radio si funcionaba pero era un bajón. A mi barrio le tocaba los lunes de 12 de la noche a 8 de la mañana. El martes, 8 de la mañana a 4 de la tarde. Y así. Tres meses, diciembre, enero y febrero. Se organizaban campeonatos de fútbol, pero yo tenía dos pies izquierdos. Entonces me iba a mi casa. Sin luz, sin tele, sin música. Tenía que leer dos cuentos de Crónicas Marcianas para el secundario. Me había gustado la tapa anaranjada, era la edición de Minotauro. Cuando me di cuenta lo había leído todo. Me encantó. Agarré la bici de mi viejo y fui a lo un compañero que tenía un par de esos libros (…). Me pasó la Naranja mecánica de Anthony Burguess.  Me encantó también. Empecé a quererlos tener. Él (mi compañero) me contó del Parque Rivadavia. Nos íbamos colados en el tren, los precios de los libros eran accesibles. Me traía dos o tres, me duraban dos semanas.

– Empezaste con ciencia ficción ¿de ahí fuiste a dónde? ¿la novela negra?

Principalmente fue siempre ciencia ficción porque coleccione todos los libros de Minotauro.

Empiezo con el policial cuando comienzo a venir a Capital y descubro las librerías de saldo de la calle Corrientes. Siempre tuve cierto fetichismo con las tapas y las ediciones, pero con todo: libros, discos, películas, posters. Empiezo también a ver las tapas del Pulp. La rubia fatal, el detective con el sombrero, la estatua del halcón maltés. Me fascinaban. Leía de todo, Stephen King y otras cosas, pero iba hacia el policial.

– En Kryptonita hay mucho de John Carpenter, particularmente de “Asalto al Precinto 13 (Assault on Precint 13, 1976)”. Esto de tener un grupo encerrado contra un enemigo externo…

Eso es más inconsciente, lo tomo como un piropo. En cuanto a cineastas a mí me gustan mucho los Tres John: Carpenter, Ford y Woo.

– El episodio del pibe chorro, ¿fue muy pensado? 

Lamentablemente es un caso real. Me pasó algo con otro libro mío, Sacrificio (segundo de una saga que escribí para la colección Negro Absoluto de Juan Sasturain). Cuando estábamos corrigiendo las galeradas fallece una prima mía. Tuvo un accidente trabajando. A nosotros nos dijeron que se había suicidado. Pero ella no tenía ese perfil. Fue un asunto raro. Cuando la estábamos enterrando mi viejo, con mucha impotencia, me dice: “vos podes hacer algo desde lo que haces”. Entonces modifiqué el comienzo de Sacrificio (…). El libro habla de la muerte de nuestros seres queridos, que es el dolor más grande que existe. Era la manera desde la ficción de pasarle factura a esta gente que nos había contado la historia del supuesto suicidio. También fue para no olvidarla a ella. Al tiempo pasa el hecho del pibe. Sale a robar en el barrio de mis viejos con otro pibe conocido de la zona. Hacen lo que comúnmente se conoce como una salidera. Y el tipo al que le intentaron robar primero grita y alerta a otro vecino. Después en la oscuridad nota que el arma que tenían era de juguete, tenía gatillo naranja. Se agarran a trompadas. Sale un vecino con un arma… Y esta enajenación y este constante machaque con la inseguridad… Espontáneamente salieron todos los vecinos y lo lincharon a uno de los pibes. Cuando llega la policía, que ya lo tenía marcado al pibe, lo llevan como estaba y lo tiran en el hospital Paroissien.

Para mí fue muy tremendo que algo así pase. Estamos hablando que hay una impunidad… No defiendo el acto delictivo, pero lo que le hicieron a ese chico… No se hace. Para mí es una mancha muy grande del barrio. Se perdieron los códigos. Entonces tomo este episodio para contar lo que sucede en las noches del Paroissien, donde nada se puede hacer sin arreglar con la gente que está en ese momento trabajando ahí. Al final quedaron sobreseídos todos, vecinos, policía y personal del hospital. En algún punto es para decirle al pibe ese ojalá que puedas descansar.

– Nombramos a Juan Sasturain. ¿Él te comento lo de los Elseworlds (otros mundos) en los cómics? Y ¿cómo es tu relación con los mismos?

Había leído y bastante. Había leído de chico pero cuando comencé a dedicarme de lleno a la literatura noté que muchos escritores son fanáticos. Y algunos lectores que se enteraron que quería escribir algo de Superman me ofrecieron y prestaron historietas.

Todo lo que escribió Alan Moore me parece increíble. Y lo que más me quedó de sus cosas para Superman fueron: Que le pasó al hombre del mañana y Para el hombre que lo tiene todo. La humanización del personaje. Ahí nace la idea de que la novela se tiene que llamar Kryptonita. También de un mambo mío que a partir de Chamamé comencé a ponerle nombres de una palabra sola a mis novelas. Porque me tatúo estos nombres. Y aparte de ser caros duelen bastante. La idea nace de la humanización de Superman y que lo que lo destruya sean restos de su lugar de origen. Nafta Super hasta el momento del hospital no vuela porque el tipo se crió en la esquina y se quedó ahí. Era todo lo que mis viejos me pedían de chico que no hiciera y yo no entendía. Lo de Carozo y Narizota (personajes infantiles, clave en uno de los capítulos de la novela) es para mi vieja, cuando lo leyó se emocionó. Porque dentro de lo poco que tenían nos dieron todo. Lo más chocante de mi mamá era que me pedía que me fuera. Desde los 11 años que me lo decía: “Vos te tenés que ir de acá”. Y que no tomara tanto alcohol, que ella entendía que como hombre debía tomar pero que no me quedara en eso. Y me fui de grande de casa.

– Hiciste algo que no es común: le diste a Superman un hijo.

Cuando decido hacer un libro sobre Superman vuelvo a ver todas las películas con Christopher Reeve. Años antes había sido una gran desilusión la de Bryan Singer: “Superman Returns (2006)”. Pero en esa película estaba todo el asunto padre/hijo. A mí eso me encantó. Incluso había comprado la casaca de Superman para mí y para mi hijo. Traje a Superman a Isidro Casanova, que es el lugar que yo conozco. Si va a ir a bailar va a ir adonde yo iba, al boliche Jesse James. O a un hueco en la villa adonde íbamos cuando no había guita. Ahí nace el capítulo de la pendeja de ojos verdes. En la primera versión de Kryptonita Pinino era Chiqui. Porque Batman siempre lo trata de grandote. Al final de hecho el Federico le dice: “…grandote te tenés que tomar el palo”. Para mí el juego iba por ahí. Estaba convencido. Pero ni a mi mujer ni a mi editora las convencía. A Chiqui lo veían muy cheto. Mi mujer me dice: “vos tenés que hacerte cargo de todo lo que estas poniendo de vos;  también le tenes que dar tu apodo”. A mí me dicen Pinino. Hasta los 13 años yo tenía metro cincuenta, después pegue el estirón pero me quedó. Probé y a la editora le gustó, a los lectores de la editorial también. Ahora será toda la vida Juan Palomino. Quedo mejor para la foto todavía.

– ¿Estuviste en toda la filmación de la película? 

Primero dije que no quería leer el guión hasta que no viera la película para no meterme. Después por pedido de ellos lo terminé leyendo. Después dije voy a ir solo cuando arranque el rodaje porque quería ver una escena en particular.

– ¿Del guión no podes opinar?

En este caso hubiera podido corregir algo porque (el director) Nicanor Loreti me hubiera escuchado. De ahí a que lo hiciera es otra historia. Porque Nicanor es un tipo que tiene su visión, es un director hiper respetuoso y además es un tipo dispuesto a escuchar.

Tuve otro intento de llevar una novela mía al cine. Fue con un director español, una novela publicada en la misma España. A mí no me consultaron nada de nada. Legalmente no tenes ni voz ni voto (…). Se llama Gólgota y está dividida en capítulos como si fuera un rosario. Es importantísima la religión porque el conflicto principal sale de una decisión de gente pobre con un aborto clandestino que sale mal. Los personajes toman una decisión mala llevados por la fe. Llamalo dogma cristiano o como quieras pero va por ese lado. Tengo una reunión con los guionistas que estaban adaptando el libro y me dicen que no se va a llamar Gólgota.  Además la vamos a sacar de la villa y la vamos a poner en un pueblo de Córdoba o en un pueblo del sur. No me pareció mal. Lo que queremos privilegiar es esa sensación de western (hay incluso un duelo) y le vamos a sacar todo el elemento religioso. No podes decir nada (..). Fui uno de los primeros días de rodaje a ver la película. Fui otro. Empecé a tener buena relación con los actores, antes había presenciado un par de ensayos. También con el equipo técnico (vestuario, cámaras, sonidistas). A todos les gustaba que estuviera ahí. Entonces me fui las tres últimas semanas de rodaje. Por el buen clima incluso acepté hacer un cameo. Lo hago también para decir que banco 100% el proyecto de llevar una historia así al cine en este país.

– ¿Qué consejo le darías a un joven que quiere empezar a escribir? 

Entiendo que a todos nos agarran ganas de hacer esto (escribir). Pero, primero, el que escribe es alguien que leyó mucho. Si no lees y querés escribir ya tenemos un problemita. Es genial leer clásicos y otras cosas. Pero tenes que leer a los (autores) que son este momento. Este momento del mundo. Y acercarte a tus colegas de acá. ¿Te interesa la literatura de tierra adentro, de campo? Tenes que leer a los escritores que escriben desde sus provincias. Se consiguen, no en las grandes tiendas de libros, tenes que ir a otro tipo de librerías y los vas a encontrar. ¿Querés leer gente que hace ciencia ficción acá? También las vas a encontrar, no solo en sellos prestigiosos o comerciales sino en literatura independiente. ¿Querés leer a los que nos consideran literatura del conurbano? También nos vas a encontrar. De esa manera vas a ver otras voces y vas a poder decir que es lo que yo tengo para contar. Lo básico es que tenes que leer mucho.

Y también tenes que haber vivido bastante. Es medio áspero de decir a veces pero es cierto. Cuando empecé el taller con Laiseca tenía 29 años. Y el maestro me decía que a pesar de ser joven había vivido cosas importantes. Pero que me faltaban vivir algunas cosas y ahí podría largarme (al mundo literario). Dicho y hecho. De Chamamé en adelante empecé a agarrar más mis vivencias personales. La literatura necesita un delay. Ahora recién con mi nuevo libro, Ultratumba, voy a escribir sobre las separaciones. He tenido varias, todas dolorosas. Y el momento era ahora de escribirlas, no cuando estaban pasando.

Entonces es leer mucho, vivir lo que hay que vivir. No tenes que hacer bungee jumping o kayak en El Tigre o algún deporte extremo; tampoco tenes que cerrar todas las noches un bar, sino estar atento a lo que está pasando en el momento.

– ¿Si pudieras elegir un superpoder, cuál sería? Y ¿para qué lo usarías? 

Generalmente cuando me preguntan eso hago alguna humorada o un chiste. De haber estado tanto tiempo con Kryptonita (las pruebas de lectura en vivo, lo que me dio la publicación y después la película) realmente sería un sueño volar. Pero solo por el hecho de hacerlo. No podría lidiar con eso de un gran poder lleva una gran responsabilidad. Volar debe ser una sensación increíble.

Yo volé por primera vez de grande y gracias a la literatura. Fui a España. Tenía miedo pero por otro lado orgullo. Pensaba que no se me tenía que notar el miedo. Las azafatas y las señoras mayores que pasaban me preguntaban si me sentía bien. Encima era la época de “Lost (2004-2010)”. Miraba en la computadora latitud y longitud, pensaba si nos caemos por lo menos se dónde estamos. Entre todos esos pensamientos pensaba esta cosa que velocidad tuvo que alcanzar para elevarnos, somos 400 personas y estamos cruzando un océano.

Entonces si pudiera volar lo haría para disfrutar el paisaje.

ENTREVISTA REALIZADA POR: @diegui83 Y @pocodemucho FOTOS POR: @tatimonavalle

Leonardo Oyola, escritor, nacido en 1973, en el oeste del Gran Buenos Aires. Colabora en la edición argentina de la revista Rolling Stone. Sus cuentos han sido seleccionados en varias antologías y medios gráficos de nuestro país, México, Francia y España. Tiene publicadas las novelas SANTERIA y SACRIFICIO para la colección Negro Absoluto dirigida por Juan Sasturain, además de SIETE & EL TIGRE HARAPIENTO (tercera mención del Premio Clarín 2004), HACÉ QUE LA NOCHE VENGA (revelación 2008 en la Revista Ñ), BOLONQUI, GÓLGOTA (traducida al francés) y CHAMAMÉ (Premio Dashiell Hammett al mejor policial en la XXI Semana Negra de Gijón; también traducida al francés). KRYPTONITA, su último libro a la fecha, fue elegido el mejor de 2011.

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