Victor Frankenstein: El imperfecto prometeo de Paul McGuigan

Víctor con su guardapolvo y las gafas, un rugiente mar que azota las rocas, mil rayos. Esqueléticas prolongaciones de una naturaleza desatada, quizás furiosa por el desatino del hombre que se yergue por sobre los hombros del creador, donde quiera que esté.

Por @mauvais1

Título original: Victor Frankenstein (2015)61737

Duración: 109 min.

País: Estados Unidos Estados Unidos

Director: Paul McGuigan

Guión: Max Landis (Novela: Mary Shelley)

Música: Craig Armstrong

Fotografía: Fabian Wagner

Reparto: Daniel Radcliffe, James McAvoy, Jessica Brown Findlay, Mark Gatiss, Andrew Scott, Louise Brealey, Alistair Petrie, Daniel Mays, Freddie Fox, Adrian Palmer, Adrian Schiller, Spencer Wilding

Productora: Davis Entertainment / Twentieth Century Fox Film Corporation.

Para empezar, creemos que mezclar la novela original de Mary Shelley con este film es completamente innecesario. Más allá de aproximaciones lineales al primer gran libro sobre ciencia ficción, apellidos y monstruos desalmados, no trae mucho más a colación. Es a todas luces una recreación que se alimenta del cine que supo beber de ese original. Igor es la mejor cita al respecto. Siempre ha habido un Igor junto al lunático capaz de romper toda ley moral o ética en busca de un hallazgo. En Frankenstein de 1931, Dwight Frye interpretó a esa maltrecha criatura que se llamó Fritz, el ayudante todo terreno del genial científico que, si hurgamos un poco más, es la representación de la retorcida alma de ese ser que confundió el camino de la ciencia en pos de algo oscuro y egoísta.

Pero en fin, con el paso del tiempo y la historia en el cine, ese ser continuó teniendo un coprotagonismo cada vez mayor. Marty Feldman fue quien, para Mel Brooks en “Young Frankenstein” (1974) daría forma definitiva a esa pobre, jorobada y servil criatura, que profundizó el concepto de voz interior y deformada visión de los límites.

Lorelei-and-Igor-victor-frankenstein-38785696-1440-585

Ahora Max Landis (Chronicle – 2012 y  American Ultra – 2015) ha decidido dar una vuelta extra a esa rosca que la cinematografía ha dado a la vil criatura, dotándola de una identidad, una voz y una clara referencia a la conciencia bienhechora que todos llevamos en el interior.

Daniel Radcliffe es esa pobre criatura, que tras la deformidad y la baja autoestima parece un chiste de mal gusto al resto de la sociedad. Con bastante saña, podríamos decir, nos acerca a ese hombre y al infierno que vive como el clown de un circo, donde literalmente recibe todos los tortazos. Un hecho fortuito lo lleva a encontrarse en medio de quienes darán ese giro a su existencia. El deseo de despertar de la pesadilla que vive encarnado por Victor Frankenstein, quien ve en él y su desempeño en situaciones límites el genio interior del que es portador. Casi diría en un vuelo mucho más alto, que el pobre Igor se debatirá entre dos amores, el de un hombre y el de una mujer, esa trapecista del circo que al caer rompe el hechizo y da comienzo al despertar de todos.

Victor-Frankenstein

Jessica Brown Findlay interpreta a Lorelei, la dama en conflicto que da esa cuota femenina necesaria pero desaprovechada. Una mujer incapaz de detener lo que se viene por el solo hecho de que no tiene las herramientas en el guión para hacerlo. Mientras que James McAvoy y su Víctor las tiene todas para fascinar, enamorarnos con su obsesionado estudiante de medicina. Todos acarrean un pasado, luchan contra sus fantasmas, llámese padre autoritario o policía moral y católico, cada personaje delineado con un concepto básico de la personalidad peca de fundamentalismo, quitándole esa autoindulgencia que en la primera parte supo darse esta cinta.

Con una producción que recuerda mucho al steampunk y poco al siglo victoriano, lo cual no desentona y le da una irrealidad, una visión interesante, porque después de todo es ciencia ficción, y más aún sabiendo que el presupuesto no fue el de un blockbuster. Grant Armstrong en la dirección de arte sabe lo que quiere mostrarnos, pues ahí está constantemente el engranaje y el vapor, la electricidad, el vicio de un Londres tapado por el hollín y la mecanización. Michael Standish dota a los lugares de la tónica gótica necesaria, con la madera y el terciopelo, con los altos ventanales biselados y los laboratorios dignos de un Steamboy (2004) o La cité des enfants perdus (1995).

365

Decíamos, la primera parte consta de una ligereza que se agradece, haciendo que la historia marche sin contratiempo y de manera fluida, pero es cuando todo se oscurece que pierde mucho de esto es pos de retratar la desviación y error que todo buen Frankenstein debe cometer. Cuando se mezcla un padre que solo existe para recordarnos nuestros desaciertos. Charles Dance, soberbio como es usual en este genial actor, es el fantasma que agita la afiebrada mente del científico, es quien le recuerdas una y otra vez por qué hace lo que hace. También está ese policía que interpreta Andrew Scott, el católico inspector Turpin, que será la potente e inútil voz de la moral, de la ética. Solo Dios es capaz de crear porque solo él es el responsable de lo que hace. Los hombres aunque podamos hacerlo, nunca tendremos la altura, la visión honesta de soportar y convivir con lo hecho.

A partir de ese momento deben huir de Londres apadrinados por Finnegan, un amanerado y cínico lord desempeñado por un angelical Callum Turner, que casi podríamos conjeturar seduce al buen futuro doctor a continuar los experimentos en otro sitio. Uno en el que no intervengan tantos dramas que distraen.

Es allí en el castillo, bajo la estruendosa tormenta, con ese cielo inmortalizado tantas veces en la gran pantalla, que dará comienzo al crucial acto al que todos hemos contribuido. La apoteosis es un horno, un caldero rojizo y bramante que recuerda mucho a esa masa primigenia, un útero, el albor.

7a986d4d42c492e909af2f80eab95550

Víctor con su guardapolvo y las gafas, un rugiente mar que azota las rocas. Mil rayos, esqueléticas prolongaciones de una naturaleza desatada, quizás furiosa por el desatino del hombre que se yergue por sobre los hombros del creador, donde quiera que esté. Asistimos más de una vez a este gran momento y decepciona ver que nada nuevo aporta. Por supuesto que él debe continuar, hay que romper esa barrera, despegar y alzarse. Pero lo que se pergeñó como un génesis termina siendo lo que vendrá, ya deja de ser un ensayo para ser lo que prometieron que no.

A ver, para que entendamos, la historia aquí referida sería el proyecto que daría vida a ese genio creador. Asistiríamos a una precuela de la ficticia vida del doctor pero, en definitiva, presenciamos la historia tan mentada y recreada sin mucho aporte a la misma.

victor-frankenstein-daniel-radcliffe-james-mcavoy-movie-trailer-images-screenshots-75

Una película que quiso contar algo nuevo, pero que se sustentó demasiado de lo ya visto. Una historia que se deja ver en la medida en que el espectador no le exija demasiado. Entretenida con sus baches, a veces toma una velocidad y ligereza que lamentablemente se desecha prontamente en pos de un drama innecesario.

Ver se puede ver, y disfrutar también. Pero si quieren conocer la maravilla de una Mary Shelley desatada, de una nueva lectura del Prometeo olímpico, del surgimiento de la ciencia ficción como laboratorio del cientificismo humano contra la superstición y oscurantismo de la moral religiosa y social, les recomendamos Mary Shelley’s Frankenstein de Kenneth Branagh de 1995.

Anuncios