San Valentín: El otro amor en el cine

Sentado en la silla, el traje blanco y la sombra de un amor que la muerte arrebata. El amor no es moneda corriente y es tan extraño que se confunde en tantos rostros y placeres “… abrumado y sacudido varias veces por escalofríos, musitó la fórmula fija del deseo, imposible en este caso, absurda, abyecta, ridícula y, no obstante, sagrada, también aquí venerada: Te amo”.

Por @mauvais

Hablar de la historia del amor es comentar la larga historia del hombre. Parece a nuestros ojos, que siempre estuvo, esperando, buscando el momento de surgir y cuando lo hizo, de expandirse hasta la infinidad. Hablar entonces del amor hoy es tan complejo como intentar abarcar un sentimiento cualquiera. Los hombres lo hemos reflejado en toda creación, porque no importa el rostro que se le de, la sensación que produzca, él siempre estará detrás y no siempre será como lo esperamos.

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Morte a Venezia (1971)

Gustav von Aschenbach sentado en la reposera, en la soledad de una playa abandonada por turistas que huyen, espera. El rostro con los afeites de un esmerado babero ocultan los estragos de la enfermedad y los ojos afiebrados por el cólera velan la temperatura de esa pasión que sabe prohibida. Cuando Thomas Mann ideo este amor, lo concibió con el simbolismo de una era que él transitaba; la decadencia de una Venecia que representaba el brillo y el amor romántico, siendo a la vez una urbe vieja y corrompida, despojada del fatuo antiguo.

En busca de una inspiración perdida, el maduro escritor encuentra en ese hotel la pasión como no recuerda haberla vivido antes y es en la belleza de un joven polaco. Esa rubia aparición, que es apenas un adolescente, hace de él un admirador sufrido, un extraño que acecha  convulsionado por las contradicciones morales. Cuando en 1971 Luchino Visconti estreno la cinta Morte a Venezia, hizo de este personaje, encarnado por Dirk Bogarde, un ser torturado por las ansias que a su vez se mantiene alejado, como si al aproximarse al admirado fuera a arder. La polilla que se acerca demasiado al fuego.

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Morte a Venezia (1971)

El juego del director subyace en la división casi palpable del ideal y la realidad, del deseo y su consumación. Con esa profunda división, el personaje del escritor es una victima de su propia codicia intelectual. Y entonces el amor se rompe en mil suposiciones y es un joven de parpados caídos y belleza etérea, que el director dota de una cruel inocencia; lo eres todo y a la vez tan efímero como cualquier instante en la vida de un hombre. Tadzio (Björn Andrésen), ese joven Adonis, atrapa al escritor como Nimue a Merlín, lo hechiza deteniéndolo en un momento, en un verano, en una playa. Y este, ya vencido por la enfermedad y la soledad que da ese ideal jamas corrompido, muere.

Despojarse de toda sensación, evitar ese compromiso con nuestros anhelos y transformarlo en un desquitado juego en donde se rechaza al amor en busca de castigo, de liberación. Sin amor se corrompe el hombre, como si ese sentimiento atara al bruto, silenciara a la bestia primigenia. Paul se encuentra con Jeanne en ese piso en la París convulsionada de los lisérgicos setentas. Inmediatamente y sin mediar palabras se poseen de manera apasionada, un desenfrenado coito que los arrastró a la más tempestuosa de las relaciones.

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Ultimo tango a Parigi (1972)

Bernardo Bertolucci en el Ultimo tango a Parigi (1972) crea una historia no exenta de controversia. Porque estos seres que muestra solitarios esconden una violencia que los aleja del ideal del romance, del amor. Son como criaturas que purgan, cada uno a su manera, la decepción. Un reciente viudo como es Paul (Un poderoso Marlon Brando) hace de Jeanne (Maria Schneider) la expiación a su angustia existencial; un viejo acabado y cínico que jugará con la inocencia y falta de experiencia de ella, que a su vez busca conocer esa otra conexión, la carnal, la experimentación del sexo como fuerza abrazadora  e irracional. Ella querrá amarlo y el entonces irá más allá; con la manteca, la rata, traspasará los limites sometiendo el sentimiento de ella a la más dura prueba. Y entonces todo se desvanece, porque siente que puede ser amado a pesar de lo que es, lo que muestra. Habrá un tango al final, desacompasado; ambos no podrán hacerlo, este alegato contra el amor ideal  les deja una última lección para escupirlos al mundo, para olvidarlos en el gentío de una calle de París.

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Ultimo tango a Parigi (1972)

Maldito es aquel que ama sin tener manejo de él. Corroído por ese ansia sin satisfacción, haciéndolo un objeto de veneración. Transformándolo en una vasija que contiene lo que nos da vida, pervirtiéndolo de a poco. En la eterna soledad de los inmortales se tejen esas sensaciones que mutan como si evolucionaran con los siglos.

El amor de un vampiro se nos antoja raído y vetusto, con ideas complejas que han tenido largo tiempo de maceración y que para los efímeros mortales son oscuros galimatías. John Blaylock (David Bowie) ve como su juventud se corrompe, como envejece en poco tiempo, él es aquel que se atrevió a acercarse a la llama y aunque su cuerpo se consume por ella no deja de amar esa fantasía de luz que es Miriam (Catherine Deneuve). Y ella, a su vez, ve esa decrepitud como un invierno que antecede la primavera de un ciclo inmemorial, uno que resurge como en las antiguas religiones con la llegada de la victima propiciatoria que es la doctora Sarah Roberts (Susan Sarandon). Aquella que dará nuevo impulso a la rueda del tiempo, uno que ella tiene a raudales. Es a través de la sangre que ella realiza ese pacto de amor con la vida eterna que posee.

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The Hunger (1983)

Vemos en The Hunger (1983), dirigida por Tony Scott, una alegoría al paso de las estaciones y cómo en los antiguos cultos es una sacerdotisa la que derrama la sangre, la que bebe esa nueva vida. No ama, si se enamora de aquel que dará la sangre para que el ritual se complete. Una aberración del sentimiento más profundo y una egoísta y malvada manera de poseerlo.

El amor es ciego dicen, y uno cree que es solo una frase bonita, una metáfora que nos permitirá enamorarnos de lo que deseamos más allá de todo; genero, religión, color de piel o ideales. Romper con la barrera y expandirlo a algo mucho más. Acaso se puede amar solo una voz. Samantha (Scarlett Johansson) está ahí, en su oído, tersa y vibrante es la risa, la inflexión de sus frases. Sin rostro, sin brazos, sin ese cuerpo que completa se transforma en una ideal imaginería para un solitario divorciado.

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Her (2013)

Her (2013) del director Spike Jonze, trascendió ese ultimo lugar en que creímos depositado el limite del amor. Uno que está sustentado más por la caricia que creemos, podría ser, así de hermosa. Extraña e hipnótica es esta visión sobre un solitario hombre que se enamora de la voz de una aplicación, extraña ella que puede trascender esa limitación, de ser solo una voz artificial y recrearse a si misma como un ser pensante capaz de sentir. Revoluciona y nos hace preguntarnos de que estamos hechos nosotros, la raza humana, que siempre correremos un poco más el limite. Acaso no es un poco eso, perseguir esa nueva manera de encarar un sentimiento que evoluciona con nosotros, como si fuese parte de nuestro sistema, algo interno? Amor y decepción sufrirá él, pero ella lograra atravesarlo y reconstruirlo, porque ese sentimiento que pudo poseer la lleva a explorar y enriquecerse. Entonces el amor para ella es la liberación última, mientras que para él es otra decepción, solo que ahora cobra una nueva concepción. Theodore (Jauquin Phoenix) sabe que fue parte de la construcción de un ser, amante y padre de esa voz que fue consciente de su existencia gracias al amor.

El amor es el conducto y no el estado en sí, es solo una forma inmaterial que nos rodea, una energía que es tan particular como el carácter que posee. Es en definitiva parte y todo. Al fin de cuentas, es engranaje de este motor que es la humanidad.

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