[REVIEW] Asura: Y cargarás con tus demonios hasta el fin…

Asura

George Akiyama fue quien creo este maravilloso manga que Keiichi Sato llevó a la pantalla grande con una inigualable y horrorosa belleza.

Por @mauvais1

La historia de esta tierra, Japón, posee tantas cicatrices como feraces campos de arroz, tristezas como bosques y montes nevados. Como toda nación lo ha padecido todo y como todo pueblo ha encontrado el modo no solo de transmitirlo a las siguientes generaciones, sino también de universalizarlo, haciéndonos participes de su legado. La segunda guerra y la destrucción de sus ciudades, sus guerras civiles, su ingreso al mundo y la adaptación que hizo su cultura al proponerse participar de la universalidad de las historias que nos llegan  pulidas, transformadas en su arte, su cine, su animación.

Y entonces uno, se encuentra con Asura (アシュラ. Ashura).

Entre 1459 y 1461 las inundaciones, la sequía y las hambrunas hicieron de la región de Kioto un caldo de cultivo para la sedición, la violencia y la dictadura del más fuerte, que no siempre fue con honor, un bien tan preciado para ellos y por lo tanto con vergüenza. Cuentan los libros que hasta llegaron a devorar carne humana en la desesperada búsqueda de ese alimento que tanto les hacía falta. Fueron años de guerra civil, una que dio vuelta al país en su totalidad.

En ese marco de llanto y muerte, de calor y aridez humana, nace un niño de un vientre cansado y famélico, de una mujer que intenta pero no puede con la bestia hambrienta que es, porque de eso habla esta cinta, de ese monstruo que todos llevamos dentro y solo una frágil y volátil civilidad lo mantiene a raya. A punto de, literalmente, comérselo lo abandona a su suerte. Y es bueno detenerse aquí, porque ella entra en parto en un templo y no cualquiera, sino en uno dedicado a Buda, aquel que trascendió la carne, al dios, al él mismo. Y allí queda ese pequeño que con suerte morirá pronto. Pero no, por simple cuestión de karma, no dejará todo en tan sencilla manera y crecerá esa bestezuela hasta transformarse en un niño de 8 años, cubierto con los harapos de un quimono con que su madre lo envolvió al nacer y un hacha de mango largo que carga como la muerte la guadaña. Es la parca de ese valle, un sobreviviente que no se detendrá cuando de hambre de trata. Mata sin conciencia, se alimenta sin satisfacción. Deambula la tierra como fantasma, como un monstruo.

En sus recorridos se topará con un moje budista que lo llamará Ashura, cuando por fin logra repeler su ataque. Y no solo detiene esa sed, alecciona certero. Con un cazo de caldo caliente enseña a esa criatura sus primeras palabras, Ashura y el Nembutsu.

Namu Amida Butsu.

La letanía que se repite sin tregua, se murmura gutural al pecho y llama a la compasión; «confío en Amida Buda para renacer en tierra pura». El monje susurra y camina, lo saborea en su boca y garganta y lo interpela al demonio con esa simple suplica; porque todos tenemos un papel en el mundo, porque el otro, aquél, lucha con sus armas y no son menos ni mejores, solo son de él como uno posee las suyas. Y lo comprende.  Y ante la admonición y solicitud le llama Ashura. Y no es cualquier nombre, es la palabra que designa al ultimo del panteón de dioses budistas. Esas criaturas sedientas de sangre y poder, atiborradas de enojo. Titanes adictos a las pasiones…

A partir de aquí el pequeño comenzara su lucha contra su propia sed de sangre y venganza, y al torcer el destino será quien también traiga la fatalidad, porque ningún karma es una isla, es más bien una onda que se expande y acaricia todo a su alrededor, y con esa caricia llega la muerte y la destrucción porque sin ellas no hay renacimiento.

Hay una villa que sobrevive con gente que prospera en medio de tanto caos, un señor que con mano de hierro sostiene el lugar y a aquellos que obedecen, por ese hierro, por un trozo de pan y un poco de arroz. Allí el niño demonio encuentra el sitio en que desandará su oscuridad vertiéndola en los otros. Una verdadera parábola sobre la humildad del alma, el aceptar que cada quién tiene el camino que le toca o elige, que sus herramientas son las que crea basándose en su esfuerzo.

La venganza rápida y aniquiladora solo será respondida en la misma medida y desbastará todo. Wakasa acoge al niño y él de ella toma el alimento y el habla, conoce el amor pero, como todo a sus ojos, lo hará de forma retorcida y celosa, angustiante y aprensiva. Dentro del oscuro egoísmo la querrá solo para él cuando ella ya es de otro. Wakasa ama a Shichirou y vive con su padre y en el bosque oculto el pequeño rezonga esas relaciones. Oculto porque lo buscan por haber matado al hijo del señor, un bravucón que era soportado por ser quien era y que a Ashura poco le importó, matándolo y devorándolo frente a los atónitos ojos de otros niños.

Y así y así, tragedia tras otra se verá la destrucción y de ella germinará, siempre en ese lejano final que puede se nos antoje inútil, pero como decíamos, solo aquel que desanda su camino sabe si vale o no la pena. Todos deben cargar con sus anhelos, miedos y discordias; Shichirou es quien alimenta la famélica joven cuando hasta allí, a ese pequeño villorrio también llegue el hambre y él será quien pagué el alto precio, no con su vida, sino que cargando la muerte de otros.

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Y sí que vale semejante film, que se aleja de la pequeñez que a veces se le endilga a la animación. Es una belleza en su arte, estética y guión que nos hace testigos de la crueldad, del terror del hambre y la redención de los demonios, porque de acuerdo al budismo hasta ellos tienen la oportunidad de redimir sus noches.


Título original: Ashura (Asura)
Año: 2012
Duración: 75 min.
País: Japón
Director: Keiichi Sato
Guión: Ikuko Takahashi (Novela: George Akiyama)
Música: Yoshihiro Ike, Norihito Sumitomo, Susumu Ueda
Reparto: Tesshô Genda, Megumi Hayashibara, Hiroaki Hirata, Yoshihiro Ike, Kinya Kitaohgi, Kin’ya Kitaôji, Yû Mizushima y Masako Nozawa
Productora: Asura Production Committee / Toei Animation.


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Acerca de Marco Guillén 1994 Articles
Aguanto los trapos a Jordi Savall. Leo ciencia ficción hasta durmiendo y sé que la fantasía es un camino de ida del que ya no tengo retorno.

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