Lectura de Bondi:HELIO” [Capítulo 1]

¿Querés leer y no tenés tiempo? ¿Te gusta el terror, el misterio, la fantasía? Nosotros te solucionamos el problema con nuestra sección, a cargo del gran escritor Nicolás Lasaigues.

Por @NicoLasaigues

PRÓLOGO (Por @diegui83)

Algunos dicen que “ya nadie lee”. Algunos solo usan las redes sociales para saciar su interminable apetito de información instantánea que, pocas veces, nos dejan pensar mas que el meme del momento. Pocos ávidos de la lectura se vuelcan a una nueva literatura, y vuelan hacia otros mundos solamente volviendo a los clásicos (ojo, no está mal). Muchas veces en el día tenemos ese momento para nosotros, para apagar el monitor de turno y dejarnos llevar por la imaginación, así, como cuando eramos niños. En Cuatro Bastardos te proponemos volver a sentir mediante las palabras que leés. Y no necesitás tanto “tiempo libre” (discurso que denota la esclavitud del tiempo restante). Por eso decidimos llamar a esta sección Lectura de Bondi: para que mientras viajas hacia tu trabajo, volvés de él luego de un largo día, o simplemente querés meterte en una nueva realidad y sorprenderte, asustarte, intrigarte, pero por sobre todas las cosas, SENTIR con la imaginación, puedas hacerlo. Para esto, llamamos al reconocido escritor, guionista, director de cine (y tantas cosas más), Nicolas Lasaigues. Un poco volvemos a la escencia de nuestros antecesores, con un cuento que iremos vivenciando con un capítulo cada 15 días. Sí, como una serie quizás. Pero mejor. Porque acá el Director sos vos. Lo que sí voy a permitirme es musicalizarte el momento de lectura, con permiso del autor y el tuyo. Sin más, te dejo solo, con las imágenes de tu imaginación…


HELIO – Capítulo 1

Gabriela

 

En el fondo lo sabía: No tendría que haberse quedado a esperar al profesor. Pero también sabía que necesitaba hacerle esas preguntas. El examen de Química Aplicada se estaba acercando peligrosamente, y no sabía cuándo tendría la oportunidad de tener a su docente tan disponible.

El lado negativo, para su pesar, era que ahora debía recorrer el camino entre los bloques de edificios sola… de noche. La zona en que se encontraba el campus de la universidad no era de las mejores de la ciudad, pero el terreno que el gobierno les había cedido era prácticamente gratuito, y no había posibilidad de que se negaran a aceptarlo. Obviamente, nadie de la junta directiva hizo público el hecho de que las napas de agua del predio estaban altamente contaminadas y cuando llovía tendían a formarse unas piletas enormes de agua con un olor bastante desagradable.

Por suerte esa noche no llovía, pero esa era la menor de las preocupaciones de Gabriela. El personal de seguridad que custodiaba la entrada al campus le había contado, en más de una ocasión, como algunos de los muchachos de los bloques de edificios aprovechaban la oportunidad para hacerse de un dinero extra. Sabían que los estudiantes andaban con computadoras portátiles o, en el peor de los casos, calculadoras científicas bastante avanzadas.

El camino entre los edificios era de tan sólo dos cuadras, pero la iluminación escasa no ayudaba a calmar los nervios de Gabriela, que observaba a un posible agresor en cada sombra y rincón.

A mitad de camino, creyó escuchar a su espalda unos pasos que la seguían de cerca. Juntando coraje se volteó y aliviada constató que no había nadie. Creyendo que sus sentidos le estaban jugando una mala pasada, respiró hondo y siguió caminando hacia la iluminada parada de colectivo que la esperaba en la avenida del otro lado.

No había caminado dos metros que un muchacho salió del edificio a su derecha. Caminaba sin preocuparse y, lo más importante: Sin prestarle a ella la menor atención. Por unos segundos Gabriela contempló la posibilidad de seguirlo de cerca y obtener así una especie de compañía hasta que llegara a la parada del colectivo. Cuando el muchacho terminó la angosta senda que separaba a su edificio del camino principal, miró hacia ambos lados y encaminó hacia la dirección de Gabriela. Ella, tras tragar saliva, se repitió una y otra vez que nada iba a pasarle, que nada tenía que pasarle y que por favor que nada le pase.

Pocos metros los separaban cuando el muchacho se palpó los bolsillos y se detuvo en seco. Levantó la cabeza y miró fijamente a Gabriela.

—Disculpame ¿Por casualidad no tendrás fuego, no?

—No, no fumo —maldijo que su voz demostrara lo nerviosa que estaba.

—Lástima… —se sacó el cigarrillo de la boca y lo colocó sobre la oreja derecha— ¿Hora tenes? Disculpá que te moleste tanto.

Hacía rato que Gabriela no usaba reloj de pulsera, le molestaban y se le enganchaban continuamente con la manga de la ropa que tuviera puesta, así que en cuanto pudo se deshizo del suyo. Cuando necesitaba saber la hora, como en ese momento, acudía a su celular. Sin dejar de caminar y, evidentemente como un movimiento que hacía sin pensar, sacó su teléfono del bolsillo.

—Son las 23:30 —en ese momento entendió que a ese muchacho no le importaba en absoluto saber la hora, sólo quería saber que clase de celular tenía.

Sin decir nada más Gabriela empezó a correr y escuchó los pasos de su atacante siguiéndola de cerca. Pasó por la puerta de entrada del edificio de la derecha, mal iluminado y totalmente vacío. Antes de llegar al siguiente bloque vio, por el espacio que quedaba entre las torres, un patrullero que estaba estacionado en la calle aledaña. Sin dudarlo ni una vez, giró por el oscuro camino y con terror observó como el patrullero prendía la sirena y salía muy rápido a atender un llamado. Gabriela gritó con todas sus fuerzas pidiendo ayuda, pero el ruido de la sirena policial hizo imposible que la escucharan. Siguió corriendo, quizás pasara un auto y el muchacho desistiría, pero el pensamiento no terminó de formarse en su mente que notó una malla de alambre que le impedía seguir.

Rendida a su destino se dio media vuelta para enfrentar a su agresor y terminar con eso cuanto antes. El muchacho no estaba muy lejos y por primera vez Gabriela notó que, a pesar del tamaño físico de su atacante, él era realmente joven.

—Acá tenes mi celular —intentó sonar valerosa mientras extendía su mano.

El muchacho no dijo nada, simplemente llevó la mano hacia atrás de su cuerpo, y al volver lo hacía con un revolver de pequeño calibre.

Gabriela se quedó paralizada del terror, sus piernas no respondían y lo único que su instinto le obligó hacer fue cerrar los ojos y poner cara de miedo. El muchacho, que estaba ya a pocos pasos, le gritó con fuerza en la cara. Gabriela se cubrió la cabeza y se agachó presa del más completo terror. El grito se fue haciendo cada vez más débil, hasta que le costó escucharlo.

Pasaron unos segundos interminables y nada sucedió. Finalmente Gabriela se animó a moverse y espió entre sus brazos. Para su sorpresa se encontraba absolutamente sola.

Lentamente se puso de pie, guardó el celular en su bolsillo y corrió la cuadra que le quedaba hasta llegar a la avenida y la protección de las potentes luces.

Varios pisos más arriba, un atónito muchacho se elevaba hacia el cielo completamente paralizado por el miedo.

CONTINUARÁ…

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