Halloween 4B: Scream y la revitalización del Slasher

Con Halloween a flor de piel decidimos analizar este clásico de los ’90 pergeñado por el legendario Wes Craven

Por @martog23

Wes Craven fue un autor prolífico dentro del género del terror. Con clásicos como La Última Casa a la Izquierda (1972), Las Colinas Tienen Ojos (1977) y Pesadilla en Elm Street (1984) fue consiguiéndose un nombre en las películas de horror.

Corrían los ’90 y el género comenzó a sufrir un desgaste y agotamiento proveniente de la falta de originalidad, en especial aquel subgénero del slasher, donde los asesinos acechaban a sus víctimas con cuchillos y armas blancas. Sin embargo, el ingenio de Craven iba a hacerse presente una vez más para revitalizar y traer un poco de aire fresco a estas películas de ambiente sangriento.

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Así fue como el bueno de Wes unió fuerzas con el guionista Kevin Williamson (Dawson’s Creek), introduciendo unos conceptos y recursos novedosos en la cinta que llevaría el nombre de Scream (1996). Dichos elementos tienen que ver con la autorreferencia, la autoparodia y la autoconsciencia.

La película cuenta la historia de la ciudad ficticia Woodsboro, California, donde un grupo de adolescentes son aterrorizados por un asesino enmascarado que disfruta atormentando a sus víctimas con llamadas telefónicas y las referencias a películas. El principal objetivo del asesino es Sidney Prescott (Neve Campbell), una chica cuya madre, Maureen, fue víctima de un brutal asesinato un año antes. La cinta toma la forma de un “quién lo hizo” (Whodunit), con muchos de sus amigos y gente del pueblo como objetivos y sospechosos al mismo tiempo.

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Scream se estrenó el 20 de diciembre de 1996 y se convirtió en un éxito comercial, recibiendo buenas críticas y ganando 173 millones de dólares en todo el mundo. Lo novedoso del asunto es que el film logró ser innovador al rever las características de los slasher de los años 80 que se veían como meros ejercicios económicos que buscaban alcanzar el éxito para preparar secuelas con la misma premisa. En cambio, el largometraje de Wes Craven mezcló elementos del policial y el thriller donde hay un misterio por resolver, con personajes conscientes de la dinámica y las reglas del género del cual ellos mismos forman parte. Scream no tiene problemas en incurrir al metacomentario o en romper la cuarta pared.

De hecho los personajes enumeran las reglas en pleno relato:

  • No sobrevivirás si tienes sexo
  • No sobrevivirás si tomas alcohol o consumes drogas
  • No sobrevivirás si dices cosas como: “Enseguida vuelvo” o “¿Quién anda ahí?”

Aquí incluso se puede vislumbrar lecciones sobre moralidad en lo sexual y en lo personal, pero lo hacen a modo de castigar la estupidez del cliché más que por una búsqueda de profundizar en los valores en sí. En las secuelas además agrandan la cantidad de reglas, ya que se amplía el universo si es una continuación, un reboot o si intenta ser una remake. Scream es una especie de oda al género y de carta de amor del director al terror, es así como se hace gala de sus convenciones con el objetivo de sorprender al espectador y descolocarlo al decirle todo lo que suele pasar pero que en esta ocasión no va a ser de esta forma.

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Tanto Ghostface como los protagonistas entablan una relación con el espectador al revelar toda esta información. Todo esto es posible porque Williamson trabajó con personajes muy bien delineados y completamente definidos. No es que Scream sea una obra maestra, pero emplea muy bien los convencionalismos y los arquetipos.

Con sus falencias y sus aciertos, Scream se convirtió en un clásico moderno, en un punto de partida y referencia de muchos films que vinieron después (en especial Scary Movie que explotó el mismo concepto pero desde un costado mucho más absurdo y paródico). Wes Craven da cátedra en un relato que representa un ejercicio por y para cinéfilos.


 

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