Lectura de Bondi: “HELIO” [Capítulo 2]

Un extraño clima se cierne sobre la ciudad. Nadie sabe por qué, pero los incidentes van aumentando en forma cada vez mayor…

Por @NicoLasaigues

PREVIOUSLY ON “HELIO” (Dar click en la imagen para leer el Cap. 1)

PARA UNA MAYOR EXPERIENCIA, DALE PLAY A LA CANCIÓN QUE ELEGIMOS PARA ESTA OCASIÓN

HELIO – Capítulo 2

Ramón

 

Se observó en el espejo. Entornó sus ojos para ver a través del sueño (ya que eran las cinco y media de la mañana) y el vapor que aún quedaba del baño que se había dado minutos antes. Ramón no estaba del todo contento con su vida. Si bien tenía una familia, su relación con ellos se basaba más en reproches y en la búsqueda constante de qué recriminarse a continuación.

Esa mañana, como tantas otras, se encontraba mirando fijamente la afilada hoja de la máquina de afeitar. En el fondo sabía que no iba a hacer nada, era muy cobarde para eso. De la misma forma que no se animaba a recuperar su autoestima. Simplemente era mucho trabajo, y el sólo pensar en todo lo que le costaría… Era mejor seguir sufriendo en silencio. Al menos eso ya sabía como se siente.

Se vistió silenciosamente en la oscuridad para no despertar a nadie y, como todas las mañanas, salió de su casa sin hacer un sólo ruido. Afuera no hacía realmente frío, pero el viento de la mañana podía ser engañoso. Apenas llegó a la esquina, su colectivo apareció a lo lejos. Ese simple hecho le sacó una sonrisa; estaba acostumbrado a esperarlo un largo rato, a veces incluso más de una hora. Quizás, después de todo, ese sería un buen día.

El colectivo de la línea 15 entró a la autopista dirección al norte. Eran las 8:03 de la mañana, y hacía ya dos horas que estaba viajando. Ramón tragó saliva después de mirar, por quinta vez consecutiva, su reloj pulsera. No le gustaba llegar tarde al trabajo, pero tampoco podía prever el tráfico de la ciudad, o las calles que se cortaron para asfaltar porque se acercaban unas elecciones de vaya uno a saber qué. Ramón pegaba la frente contra el frío vidrio lateral, intentando mentalmente acelerar el paso del transporte público. Sabía que era inútil, pero con intentarlo no perdía nada.

Finalmente pasó su ficha de ingreso a las 8:27. Su jefe tardaría aproximadamente unos doce minutos en notar su atraso y lo mandaría a llamar, le explicaría nuevamente lo necesario que era el cumplimiento de los horarios y varias cosas más que repetía cual disco rayado. Pero cuando entró en las oficinas no había nadie: El lugar estaba desierto.

Ramón volvió a bajar las escaleras y fue a la planta de armado: Las carrocerías de los autos estaban ahí, a medio armar, pero no había nadie operando las máquinas.

—¿Hola? —se atrevió a preguntar rompiendo el silencio del lugar.

No hubo respuesta y, por unos segundos, empezó a notar como una especie de pánico crecía en él. Por suerte uno de los portones que daban afuera se abrió rápidamente y un ingeniero de calidad entró corriendo. Ramón fue a su encuentro sin que éste hubiera reparado siquiera en él.

—Disculpe ¿Puede decirme qué es lo que está ocurriendo? ¿Dónde están todos? —el hombre lo miró extrañado.

—¿No se enteró lo que está pasando en la playa de vehículos terminados? —Ramón sólo atinó a mover negativamente la cabeza— No se lo pierda, yo entré a buscar la cámara de fotos, es increíble.

Y sin decir nada más, siguió corriendo hacia las oficinas. Ramón caminó en sentido contrario, hacia el portón por donde el ingeniero había entrado. En cuanto salió al exterior el cambio de luminosidad lo dejó ciego por un segundo, hasta que sus ojos se adaptaron nuevamente.

El espectáculo que observó estaba más allá de lo que jamás hubiera imaginado: Toda la flota de camionetas terminadas estaba flotando en el aire a una altura de entre veinte y cincuenta metros ¡Así, como si nada!

Toda la gente de la fábrica, que se encontraba agrupada en la parte trasera de la planta (y que había llegado al lugar antes que él) ya se había acostumbrado al espectáculo. La mayoría estaba hablando por teléfono con familiares, radios locales o incluso algunos de los gerentes estaban siendo entrevistados por canales de noticias. Lo real es que nadie sabía que había pasado o por que.

—¡Eh, Ramón! ¡Llegaste! —le gritó alguien a su izquierda.

—Javi —reconoció instantáneamente a su compañero de escritorio— ¿Qué…? ¿Qué está pasando?

—Nadie tiene idea, simplemente… Flotan.

—¿Pero pasó algo? ¿Alguien vio como empezó?

—Ya escuché como tres versiones diferentes y, sinceramente, una es más ridícula que la otra.

—Pero esto tiene que tener una explicación…

—Sinceramente, eso espero Ramoncito.

Los más aventureros empezaron a caminar por la playa de estacionamiento vacía, sin dejar de mirar hacia arriba. Hacia el techo increíble de camionetas flotando sobre sus cabezas. Se sacaban algunas fotos y volvían rápidamente a salir. No había pasado media hora que todos los canales de televisión estaban en el lugar transmitiendo en vivo.

El celular de Ramón vibró en su bolsillo, sacó el aparato y en el display figuraba el número de su propia casa.

 

—Hola amor —atendió disimuladamente.

—Estoy mirando el noticiero… ¿Qué es todo eso?

—¿La verdad? Nadie tiene idea.

—¿Pero no es peligroso? ¿No hay algún tipo de radiación? —aquello no se le había ocurrido a Ramón, pero lo descartó rápidamente ya que en la planta no había materiales radioactivos.

—No te preocupes, en serio. Sé lo mismo que vos.

—¡Ahí te veo! ¡Estas saliendo en la tele! —la alegría que tenía su mujer en la voz lo conmovió.

Pero pronto se le ocurrió que tal estado se debía seguramente a ver a alguien conocido en pantalla, ya que realmente amaba más a la televisión que a él… ¿Por qué se hacía eso? ¿Por qué siempre buscaba un motivo para sentirse menos?

—¡Saludá tonto! ¡Así todos te ven! —le indicó la voz en el celular. Y él saludó.

El noticiero mostraba una toma de las camionetas suspendidas varios metros en el aire, mientras un reportero describía lo indescriptible. A lo lejos, pero reconocible en la pantalla, se encontraba Ramón saludando cuando el efecto mágico se apagó, como si alguien hubiera bajado un interruptor. Los cientos de vehículos cayeron pesadamente sobre el pavimento sin previo aviso, y la mujer de Ramón observó en transmisión directa cómo su marido desaparecía bajo una tonelada de acero en menos de un segundo.

El reportero en pantalla gritaba, pero ella ya no escuchaba. Apenas oía el tono de ocupado del teléfono que tenía en su mano.

CONTINUARÁ…

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Cinefilo, comiquero, coleccionista, comic addict. Whovian de tiempo completo.

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