Lectura de Bondi:HELIO” [Capítulo 3]

¿Qué es lo que está pasando en la ciudad? Todo está más liviano, y a la vez, más pesado. Todo es oscuridad y desidia. ¿En algún momento sabremos la verdad?

Por @NicoLasaigues

PREVIOUSLY ON “HELIO” (Dar click en la imagen para leer el Cap. 2)

PARA UNA MAYOR EXPERIENCIA, DALE PLAY A LA CANCIÓN QUE ELEGIMOS PARA ESTA OCASIÓN

HELIO – Capítulo 3

El Robo

 

La puerta se cerró sin el menor ruido. Eso llamó la atención de Miguel, el hombre que acababa de entrar. De todas formas se quedó mirando la puerta de vidrio esperando una confirmación sonora que nunca llegó. Miguel se acomodó la corbata y observó la fila tenía que hacer para pedir su crédito inmobiliario.

Una gota de sudor escapó de su frente y llegó rápidamente a su nariz. Odiaba los bancos, lo que representaban y ,por sobre todo, odiaba tener que pedirles plata; pero esa era la única forma legal de conseguir el dinero que necesitaba para lanzar su propia marca de comida orgánica. “No es venderse, es hacer lo necesario” se repetía una y otra vez.

Una señora mayor que estaba en una de las filas para las cajas soltó de pronto su cartera y se tomó la cara con horror. Varios la miraron y voltearon para observar qué era lo que había llamado su atención. Pronto, todo el banco estaba mirando en dirección a Miguel. Él tragó saliva y carraspeó, hasta que alguien señaló muy lentamente hacia algo que había detrás de él. Se dio vuelta muy despacio para encontrarse con dos personas totalmente vestidas de negro, enmascarados y extrañas armas en sus manos.

—¡TODOS AL PISO, CARAJO! —el grito retumbó en las paredes de mármol haciendo la orden más imperativa.

Todos, Miguel incluso, obedecieron al instante.

—Muy bien señoras y señores, esto es como en las películas: nosotros retiramos el dinero y, si nadie se hace el vivo, todos quedan con los pies en la tierra —dijo la mujer dando órdenes mientras activó su arma— Exacto, esta preciosura los manda a volar como ya vieron en la televisión. Yo les aconsejo que no nos prueben.

 La mujer se pasó detrás del mostrador y comenzó a vaciar las cajas.

Un recién llegado guardia de seguridad entró al hall del banco y tardó un segundo en entender lo que estaba pasando. Para su desgracia los ladrones fueron más rápidos, y el que estaba vigilando a los rehenes le descargó un fuerte golpe con la culata del arma en la mandíbula. Casi se pudo escuchar el hueso rompiéndose mientras el custodio caía desmallado.

El agresor apuntó su arma al guardia noqueado y estaba a punto de apretar el gatillo, cuando la que evidentemente comandaba la operación, le gritó.

—Ese ya no molesta más. No es necesario mandarlo para arriba.

—¿Estás segura? No tengo problemas en que haya un policía menos.

—Guardá las municiones.

El corpulento ladrón bajó su arma y volvió a su puesto. Nadie más se atrevió a moverse. Exactamente veinte segundos después, los dos ladrones salían por una puerta trasera, donde un auto los esperaba.

—Que bien se sintió golpear al custodio ese.

—Premio de la academia para mi Euge —la mujer  que dirigió todo lo besó en la boca— Te pasaste con la amenaza de hacerlo volar.

—Me enseñaste bien.

El conductor, un senegalés nervioso con un marcado acento, interrumpió el momento.

—¿Cuantos bolsos pudimos llenar?

—Cuatro, cinco… ¡Seis bolsos repletos de billetes!

Todos festejaron y rieron.

Treinta minutos después cruzaron el riachuelo, y a las pocas cuadras entraron en la zona fabril del sur. El auto se detuvo frente a un galpón sin ningún tipo de identificación. Eugenio se bajó del asiento trasero y abrió el candado del portón. Esperó pacientemente hasta que el auto entrara, y cerró la puerta detrás de sí.

La mujer y el conductor bajaron del auto y, sin descargar su botín, caminaron hacia la oficina que había en el extremo opuesto del galpón. Adentro, un adolescente de pelo largo teñido de color azul, miraba la televisión cambiando de canal cada pocos segundos.

—Les fue bien —comentó sin darse vuelta.

—¿Todavía nada en los noticieros? —preguntó aliviada la jefa.

—Nada, todos hablan de un edificio entero que levitó en Madrid.

Nuevamente fue el senegalés que interrumpió el momento.

—Lo que yo no termino de entender es como pueden robar un banco con armas de juguete.

—¿No estás viendo la televisión? —señaló Eugenio— Hay histeria por las levitaciones. Nadie puede explicarlo…

—…Pero todos le tienen miedo —terminó de decir la mujer.

Afuera se escuchó un ruido extraño. La mujer hizo señales al resto para que la sigan en silencio. El adolescente puso la televisión en mute sin apartar los ojos de la pantalla.

Eugenio se paró contra la pared al lado de la puerta, arma —real—  en mano.

—¿Como nos encontraron? ¿Billetes marcados radioactivamente?

La mujer miró al conductor como si quisiera matarlo con la mirada. Moviéndose muy lentamente volvió a indicarle que se calle. El hombre se mordió el labio inferior.

Un nuevo ruido en el galpón, mucho más fuerte que el anterior, hizo que se pongan en marcha. Eugenio abrió la puerta de un tirón y los tres ladrones salieron, armas en mano, para enfrentarse a lo que pensaron que iba a ser la policía.

El galpón estaba completamente vacío.

Una chapa cayó de la nada, y eso les hizo mirar el gran agujero que había en el techo.

—¿Dónde…?¿Dónde está mi auto?

Eugenio señaló hacia arriba

—¡MIERDA! ¡CARAJO! —el conductor comenzó a patear todo lo que tenía a su alcance.

La jefa corrió hacia la oficina y volvió resignada.

—No habíamos sacado los bolsos del auto.

Nadie dijo nada más. Solo se quedaron mirando el agujero enorme en el techo, donde faltaban un par de chapas.

CONTINUARÁ…

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