Lectura de Bondi: “HELIO” [Capítulo 8]

¿Llegó el Final de los Tiempos? ¿Qué hay que hacer ante semejante amenaza “desconocida”? No sabemos como proceder, pero sí a quién recurrir…

Por  @NicoLasaigues

PREVIOUSLY ON “HELIO” (Dar click en la imagen para leer el Cap. 7)

PARA UNA MAYOR EXPERIENCIA, DALE PLAY A LA CANCIÓN QUE ELEGIMOS PARA ESTA OCASIÓN

 

HELIO – Capítulo 8

Apocalipsis

 

Las calles de la ciudad están casi vacías. La mayoría de la gente está escapando de las grandes urbes por miedo a una invasión desde la nueva Luna.

El mensaje de radio de la nave rusa se re-emitió por todas las bandas en todos los países, traducida a cientos de idiomas.

—Ciudades; hay patrones de luces que sólo pueden deberse a ciudades.

Los primeros días hubo caos, saqueos. Lo más parecido a la anarquía absoluta. Las señales de televisión habían desaparecido semanas atrás, y no pasó mucho tiempo antes de que desaparezca la Internet. La gente no estaba preparada para sentirse tan aislada nuevamente, y el terror fue tan grande que todo el avance social de la humanidad en los últimos cientos de años se deshizo en pocas horas. La ley del más fuerte volvió a prevalecer.

El sol acababa de salir por el Este, bañando de calor las calles desiertas de la urbe. En el centro de la ciudad, un viejo de barba gris caminó hacia la plaza enfrente de la casa de gobierno. Se paró sobre un banco de madera y se puso un gran cartel en el cuello en el que se leía El fin ha llegado. El viejo extendió los brazos y comenzó a recitar:

—Bienaventurados los que oyen las palabras de la profecía y guardan las cosas en ella descrita; porque el tiempo está cerca.

Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin dijo el Señor. Que és, que era y que ha de venir, el todopoderoso.

¡Arrepiéntete, porque vendré por ti y pelearé contra ellos con la espada de mi boca!

Mientras decía la última oración señaló al cielo.

Algunas de las personas que estaban cargando sus autos para huir dejaron de hacerlo y se acercaron a escuchar al anciano. Otros lo tomaron como una señal de que debían apurarse todavía más para salir corriendo de ahí.

El hombre sobre el banco miró por primera vez a su público y, con más fuerza en la voz, prosiguió:

—He aquí una puerta abierta en el cielo: Y la primera vez que oí era como una trompeta que hablaba conmigo, diciendo: Sube, y yo te mostraré las cosas que han de ser después de éstas.

Cuando se abrió el sexto sello, el ante último, las estrellas del cielo cayeron sobre la Tierra. Los reyes, los príncipes, los ricos y todo siervo y todo hombre libre se escondieron en las cuevas y entre los montes.

Con esa última frase señaló a todos los que seguían cargando sus cosas.

Hizo una pausa y retornó con más poder en su voz.

—¡¡Esconderos de la cara de aquél que está sentado sobre el trono y de la ira del cordero, porque el gran día de su ira ha venido!!

La cantidad de gente que escuchaba fue creciendo exponencialmente. Era tal el silencio en la ciudad que incluso los que estaban más alejados podían escucharlo perfectamente.

—Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra se fueron y el mar ya no es —el viejo volvió a levantar los brazos, señalando al cielo— Y yo vi la santa ciudad nueva que descendía del cielo, descendía de Dios. Y será Dios quien limpie toda lágrima de los ojos, y la muerte no será más. No habrá más llanto, ni clamor, ni dolor.

Sus palabras resonaron en toda la plaza, y el silencio era tal que se podía escuchar como el viento movía las hojas.

El viejo miró al cielo, al nuevo mundo que pendía sobre sus cabezas que, como si estuviera programado, comenzó a subir a la bóveda celeste. La gente del público comenzó a arrodillarse, algunos incluso a rezar. Otros se quedaron tan asombrados que no se atrevieron a moverse; pero ninguno de ellos escapó, porque sentían que su lugar era ese.

El hombre se elevó al cielo hasta que una nube lo ocultó.

Muy arriba, la nueva Luna se veía nítida como nunca lo había hecho antes. La gente en la plaza se quedó mirándola, pero sus expresiones cambiaron de contemplación al terror cuando ambas lunas parecieron superponerse. Aterrados, observaron como nuestro satélite original se partía en dos, con la mitad más cercana al nuevo cuerpo celeste partiéndose a su vez en mil pedazos más pequeños.

Por un breve instante, todos en la plaza sintieron su cuerpo más liviano. Hasta el punto de comenzar a elevarse unos pocos centímetros del suelo.

El efecto no duró mucho y todos volvieron al piso nuevamente. Cualquiera que haya sido el nivel de su fe hasta ese momento, no impidió que salgan corriendo en todas direcciones.

Minutos después, cuando la plaza ya estaba completamente vacía, el cuerpo de un viejo con barba gris golpeó el asfalto con tanta violencia que poco quedó para reconocerlo.

CONTINUARÁ…

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Cinefilo, comiquero, coleccionista, comic addict. Whovian de tiempo completo.

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