Lectura de Bondi: “HELIO” [Capítulo 9]

Las lunas chocaron, las mareas enloquecieron y las personas abandonan las ciudades.

¿Pero ha pasado lo peor?

Por  @NicoLasaigues

PREVIOUSLY ON “HELIO” (Dar click en la imagen para leer el Cap. 8)

PARA UNA MAYOR EXPERIENCIA, DALE PLAY A LA CANCIÓN QUE ELEGIMOS PARA ESTA OCASIÓN

HELIO – Capítulo 9

Simón

Dos semanas habían pasado desde que las lunas chocaron. Simón era uno de los pocos que se había negado a abandonar su vivienda, que constaba en un minúsculo departamento de dos ambientes que parecía más pequeño debido a la cantidad de libros que coleccionaba.

Tantos años juntando ejemplares que le parecían únicos, no iba a abandonarlos. Miraba por la ventana como el resto de sus vecinos huían apresurados dejando la mayoría de sus pertenencias detrás. Pertenencias que, vale aclarar, hasta hace unos meses se vanagloriaban de tener. Para Simón sus libros eran todo, eran parte incluso de él. No podía dejarlos atrás de la misma forma que no podría dejar un brazo o una pierna.

Su mente viajó dos semanas al pasado, cuando las lunas chocaron. El impacto pudo sentirse como un leve sismo en la Tierra. Simón subió corriendo a la terraza para observar mejor, y con horror contempló como el satélite original del planeta se convertía en millones de pedazos.

Los que hasta ese momento no se habían convencido de huir, comenzaron a cargar sus vehículos apresuradamente. Simón fue testigo cuando, de la nada, las calles comenzaron a llenarse de agua. La cantidad de líquido continuó incrementando a un paso acelerado. Era tan rápida la crecida que la mayoría quedó atrapada en medio del escape. Los más rápidos lograron irse a tiempo, la mayoría abortó la huida y regresó a su departamento. Sólo unos pocos obstinados continuaron haciendo caso omiso y pagaron con su vida la tozudez. En poco más de cinco horas el agua había llegando al primer piso. Seis horas más tarde, alcanzó su punto máximo pocos centímetros arriba del segundo piso. Simón no se sintió seguro, ni siquiera porque vivía en un departamento en el séptimo piso (arriba suyo solo estaba la terraza).

Doce horas después, las aguas se retiraron nuevamente. Muchos aprovecharon para salir corriendo. Pronto se dio cuenta que la huida era a pie porque ya no quedaban vehículos que pudieran funcionar.

Hoy, a dos semanas de esos hechos, no quedaba nadie a cuadras de distancia de Simón. Sinceramente a él no le importaba mucho. Pasaba su tiempo leyendo y buscando en los departamentos abandonados de sus vecinos comida no perecedera. Por el momento le iba bien.

Una noche notó que los remanentes de nuestro satélite original se estaban acomodando, poco a poco, en un anillo alrededor del planeta. Probablemente tardaría años en terminar de formarse, pero era un espectáculo que jamás imaginó que contemplaría.

El deterioro de la ciudad se hizo presente con el correr de los días. Las estructuras no estaban preparadas para estar sumergidas la mitad del día. Las calles se agrietaron y los árboles se resecaron tornándose poco a poco a un color blanco. Probablemente debido al salitre que iba dejando a su paso el mar.

Simón se dio cuenta que incluso los animales huyeron. Probablemente no por la falta de alimento, ya que no era raro ver pasar con la marea cadáveres de mascotas (en el mejor de los casos). Pero el sedimento sódico que se iba acumulando les lastimaba las patas. Incluso las aves evitaban posarse en cualquier cosa que este bajo el nivel del segundo piso.

Varios días más tarde (Simón no tenía idea de cuantos) volvió a escuchar indicios de vida a su alrededor. Motos de agua pasaban por las calles a gran velocidad, paraban en algunos edificios y sus conductores entraban por las ventanas. Varios minutos después desaparecían de la misma manera.

Una tarde, mientras Simón estaba intentando concentrarse en la lectura a pesar del ruido de esas endemoniadas motos, escuchó un sonido en el pasillo afuera de su departamento. Eso era nuevo, y sin pensarlo cerró el libro y abrió la puerta. Saliendo de la unidad opuesta había un adolescente que se petrificó al verlo.

—¡Por favor señor, no dispare! Sólo soy un carroñero.

Simón miró su mano. La supuesta arma era tan sólo el canto del libro que la mente del niño había transformado en un arma ¿Tan loco se había vuelto el mundo?

—¿Un carroñero? ¿Qué sería eso? —aprovechó que el muchacho tenía la guardia baja para indagar.

—Recolectamos artículos abandonados para venderlos en las ferias.

—¿Ferias? ¿Dónde se arman…

Pero no terminó la pregunta, el joven salió corriendo tan rápido que Simón a penas lo vio desaparecer escaleras abajo.

Al parecer la gente estaba rehaciendo su vida en el oeste. Alejados de las ciudades costeras. Tenía sentido si se lo pensaba.

Simón volvió a su departamento y contempló la situación: la comida iba a terminarse tarde o temprano. Antes si estos carroñeros saqueaban… competían con él.

Buscó en el ropero la mochila de trekking que se había comprado casi una década atrás. La sacó de la funda y la desplegó por primera vez. Observó con satisfacción que podría llevarse una buena cantidad de libros ahí.

Seleccionó aquellos que tenían un valor especial para él, algunas primeras ediciones. Finalmente seleccionó los que consideraba los mejores libros de física y química. Esos serían de utilidad si la civilización había retrocedido demasiado ante esta situación. Se acercó a la puerta y tomó de la mesa las llaves y el celular en un gesto automático. El celular ¿Hace cuanto que no funcionaban? Probablemente desde que los satélites no estaban en operación. El mismo tiempo en que la televisión dejó de funcionar.

Poco se sabía lo que pasaba en el resto del mundo ¿Estarían igual? ¿Mejor? ¿Peor? ¿La humanidad se abría unido o cada uno tendría que valerse por si mismo?

Pronto lo descubriría.

Abrió la puerta de su departamento para finalmente abandonarlo, cuando el celular en su bolsillo comenzó a vibrar impacientemente.

Simón ni sabía que el aparato tenía batería suficiente para hacer eso. Sacó el dispositivo del bolsillo y vio que mostraba la pantalla en estática.

En el departamento de enfrente, donde aquel muchacho había entrado, el televisor en el piso mostraba la misma imagen. Lo increíble era que el cable de corriente ni siquiera estaba enchufado a la pared.

La imagen de estática finalmente desapareció, y en pantalla apareció una cara: Un rostro que le resultó familiar.

CONTINUARÁ…

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Cinefilo, comiquero, coleccionista, comic addict. Whovian de tiempo completo.

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