Hitchcock en Qubit: “I confess”

Continuamos recorriendo la filmografía de Alfred Hitchcock que Qubit.tv nos brinda a través de su catálogo y esta vez nos adelantamos unos años en su carrera para analizar: “I confess”.

Por @GiuCappiello

Yo confieso”, también conocida como “Mi secreto me condena” en Argentina, es un film de 1953 basado en una obra teatral francesa de principios de siglo XX. La historia gira en torno al padre Michael Logan (Montgomery Clift) quien escucha la confesión de un asesinato cometido por un hombre muy cercano a él. A partir de este momento la vida del joven cura dará un giro inesperado cuando la policía lo crea responsable del crimen.

Se inicia entonces una batalla de orden moral: ¿Debe ser fiel a su fe y guardar el secreto que le fue confesado, o acaso debe anteponer su inocencia y señalar al asesino frente a la policía? Pero el padre Logan tiene muy en claro la respuesta a este planteo y en medio de esta incómoda situación es que conocemos a Ruth Grandfort (Anne Baxter) –una bella mujer rubia, muy “hitchckoniana”– cuya historia iremos conociendo de a poco a medida que el film avanza y se nos van revelando los detalles de la relación que la une con nuestro cura.

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Anne Baxter no es lo único “Hitchckoniano” del film, para empezar tenemos a un falso culpable, tema favorito y muy recurrente a lo largo de la filmografía del maestro del suspenso. En este caso, se trata de un juego de transferencia de culpabilidad, pero adornado por la idea de castigo y deber propios de todas las religiones. Así como también se plantea la imagen que los protagonistas mantienen ante Dios que los vigila y ante una sociedad, que como siempre, prejuzga, opina y condena.

Si bien “I confess” no es una de las películas más sobresalientes del director, ni mucho menos la favorita del mismo, no debemos dejar de destacar la precisión con la cual se manejan la tensión y el suspenso a lo largo del film. Una prueba de esto, es la escena en la que la señorita Grandfort cuenta bajo qué circunstancias conoció al padre Logan, se trata de una declaración frente al inspector Larrue (Karl Malden) que dura más de 10 minutos. Este lapso de tiempo en la vida real puede parecer corto, pero cuando se trata del mundo del cine, los minutos se alargan como horas y la capacidad de llenar ese intervalo y lograr que no se convierta en una escena tediosa, implica un trabajo y talento tanto de guión, como de dirección más que exhaustivos.

Otro sello “Hitchcockniano”, de esos que parecen no planearse, que son una extensión inconsciente de la esencia del director, es en este caso cómo Alfred plasma en la pantalla un protagonista que excede a los actores. A propósito de “Psycho” (1960) hablábamos del concepto “mirada” como la gran estrella detrás del film, y en “I confess” también encontramos algo de eso: la mirada invisible pero penetrante de Dios, que condiciona cada una de las decisiones de los personajes, así como la mirada pública que se trasforma en una condena social mucho más severa que la dictada por un juez. Llamadas por teléfono donde la cámara se ubica detrás de algún sillón, como si estuviésemos escuchando una conversación que no deberíamos, o tomas que se inician entrando por una ventana, ubicándonos en el papel de moscas que espían sin ser invitadas.

Sin título

Pero “I confess” tiene su propio protagonista implícito y en realidad son dos. Se trata de dos agentes mudos pero de gran impronta, sin los cuales la película acabada no sería la misma: Los planos y las luces. Se podrá pensar que éstos son dos factores esenciales en cualquier film y claro que es así, pero en el caso de esta obra de 1953 hay momentos en los que la cámara es Dios. Observa todo desde un lugar elevado, distante, como si se ubicara en una posición superior, lejos de todos aquellos errores que nos vuelven humanos. En otros momentos donde Dios no está mirando, la cámara ubica su posición dependiendo la estima existente entre los personajes: cuando hay pasión, el lente casi que puede rozar los rostros, haciéndonos parte de esa intimidad; en cambio cuando no hay cariño, la posición de la cámara es respetuosa y objetiva.

Lo mismo sucede con la luz: exquisitos momentos de tensión sólo están iluminados por el resplandor de una vela, que deja en penumbras una porción de la imagen para resaltar aquellos rasgos, aquellos gestos en los rostros de los protagonistas llenos de temor u hostilidad. Mientras que en aquellos momentos, como en los que Ruth recuerda aquellos años pasados, que atesora con gran afecto, no sólo el rostro de ella se ilumina, sino que las imágenes que aparecen como “flashbacks” se presentan con una estela que roza el ensueño.

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Y si tal vez éste análisis podría interpretarse como excesivo, el mismo Alfred Hitchcock confesó su intención detrás de algunas escenas que podrían parecen deliberadas: la primera vez que conocemos al personaje del procurador judicial Willy Robertson (Brian Aherne) éste se encuentra “jugando” a mantener en equilibrio un tenedor y un cuchillo encima de un vaso, la segunda vez lo vemos en un evento con amigos, siendo el centro de atención al intentar mantener posada sobre su frente una copa con agua. Se tratan de escenas cortas, que pasan desapercibidas porque parecen no sumar información relevante a la trama, pero el director reveló su idea detrás de esto: la justiciaen el mejor de los casos– implica equidad, ecuanimidad, como su imagen característica de la balanza lo sugiere, pero para este procurador, el equilibrio no es más que un juego.

Estos detalles, como muchos otros presentes en este film y en cada una de las obras del maestro del suspenso, demuestran que cada decisión, cada plano, cada imagen, están pensadas minuciosamente para expresar de manera concreta o de forma subliminal un mensaje, una idea o concepto que sobrepasa lo que nuestros ojos pueden percibir a simple vista.

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“I confess” es una parada obligada dentro del placentero viaje que significa la basta filmografía del célebre director: una bella mujer rubia, el peligro inminente, un planteo intrigante y el suspenso que agita y perturba la tranquilad, son los componentes de una ecuación “Hitchckoniana” que siempre garantiza excelencia.


Título original:I Confess”  v1.bTsxMTI5MzI1MTtqOzE3MDU2OzIwNDg7MTUzNjsyMDQ4

Año: 1953

Duración: 95 min.

Productora: Warner Bros. Pictures

Reparto: Montgomery Clift, Anne Baxter, Karl Malden, Brian Aherne, O.E. Hasse, Dolly Haas,Roger Dann, Charles André, Judson Pratt

Género: Intriga, policíaco, religión

Sinopsis: Un sacerdote escucha la confesión de un criminal. Cuando las circunstancias implican al cura, y las sospechas de la policía recaen sobre él, entonces tendrá que afrontar una espinosa situación: no puede contar lo que sabe; tiene, pues, que encubrir al culpable porque está obligado a respetar el secreto de confesión.


 

 

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