“Annie Hall”: Una neurosis de película

Existen grandes directores que han dejado su marca inamovible a lo largo de la historia del cine y Qubit nos regala una sección exclusiva para ellos. En este caso, de la mano del inconfundible Woody Allen, nos sumergimos en la paradigmática: “Annie Hall”.

Por @GiuCappiello

Nos situamos en 1977 y Woody Allen aún no era lo que es hoy en día, de hecho, es gracias a la película de la que hoy hablamos, que el director norteamericano consigue instalarse de forma cómoda en el mundo cinematográfico. Si bien para ese entonces ya había dirigido otros títulos como “Todo lo que usted siempre quiso saber sobre sexo y nunca se atrevió a preguntar” (1972) que actualmente es uno de los films más destacados dentro de su filmografía, es en aquella época “Annie Hall” quien instala el sello que luego se transformó en característico.

Alvy Singer (Woody Allen) es un neoyorquino de 40 años, neurótico y desilusionado por la vida, que producto de la reciente ruptura con su última pareja Annie (Diane Keaton) comienza a recordar y analizar los por menores de aquella relación, para así poder entender cuál fue el motivo que llevó al fracaso amoroso.

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“El sello Allen”

“Annie Hall” instala una serie de tópicas que luego se volverán las bases fundamentales para casi todos los films del director: Una historia de pareja que se despliega en New york, como si se tratara de una sucesión de postales y la intromisión de un personaje que llega para romper con la armonía entre los protagonistas. Claro que en las películas de Allen, este papel casi nunca está interpretado por una persona de carne y hueso, sino que es la inconformidad, la insatisfacción de alguno de los protagonistas la que actúa de manera pasiva, complicando y diluyendo el vínculo entre ambos. Y finalmente, si pensamos las tramas como si se trataran de naves, podemos distinguir que el capitán de las mismas siempre es uno: La neurosis, junto con sus dos acompañantes, sexualidad y la muerte.

Sexualidad y muerte

Esta película de 1977 derrocha psicoanálisis en cada minuto de extensión, y más allá de que tanto Woody Allen, como su personaje Alvy Singer, se declaren simpatizantes de la disciplina y se autoproclamen neuróticos, son aquellas escenas en las que no se plantea este tema de forma manifiesta, las que resultan más ricas para representar las características de la perspectiva psicoanalítica.

Atreviéndonos a parafrasear de manera reducida una de las concepciones claves dentro de la corriente freudiana, podemos decir que existen dos grandes elementos que atraviesan y dirigen la vida del ser humano: Sexualidad y muerte. Son los dos conceptos que a través de sus muchas manifestaciones interrogan a la vez que conmueven al hombre, y el psicoanálisis dirá que la razón de ésto, reposa en que se trata de dos conceptos que nunca podemos terminar de comprender, que no podemos poner en palabras.

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La sexualidad, entendiendo a esta como algo que va más allá de lo físico, implica unos procesos mentales y emocionales que nos suceden a todos aunque no estemos pensando en ello, aunque no estemos dispuestos a hacerlo. La sexualidad no se reduce al contacto genital, sino que interroga al ser humano constantemente y toca fibras intimas relacionadas a la historia familiar y la identidad del sujeto, así como también pone en relieve los deseos más o menos determinados, que a su vez son puestos en juego a través de las emociones y las conductas que realizamos cuando nos relacionamos, tanto fuera como dentro de la cama.

“Siento que la vida está dividida entre lo horrible y lo miserable: lo horrible serían los casos incurables, los ciegos, los lisiados… y lo miserable somos todos los demás”

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Escena en la que Alvy le regala dos libros a Annie, titulados “La muerte y el pensamiento” y “La negación de la muerte”

La muerte por su lado, es la estrella, es condición del hombre creer que su paso por la tierra es trascendental, por lo tanto todo aquello que ponga en juego su permanencia en ella –la muerte misma, una enfermedad, un accidente, hasta una frustración cualquiera– puede hacer que surjan aquellos interrogantes relacionados a su existencia. Retomando lo dicho anteriormente, la muerte es aquello que sólo puede poner en palabras quien murió, entonces el afán del hombre por entenderlo todo, se funde con la necesidad de garantizar permanencia. Y así es como obtenemos a la gran estrella de nuestras vidas.

Todo este pequeño repaso teórico para analizar con otros ojos la frase que da inicio a la película, un chiste que Alvy cuenta para representar su visión de la vida (muerte) y su relación con las mujeres (sexualidad):

“Hay un viejo chiste, dos mujeres están en un balneario, una de ellas dice: “La comida aquí es horrible” y la otra dice “Si, y las porciones son tan pequeñas”. Bueno así es como me siento en cuanto a la vida. Lleno de soledad, miseria, sufrimiento e infelicidad… y todo termina demasiado pronto”

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El deseo insatisfecho

Lo maravilloso de este inicio, no son sólo los dos conceptos recién mencionados, absolutamente visibles, sino un tercero que es tanto protagonista de todo “Annie Hall” como característica de la neurosis como tal: el deseo insatisfecho. Alvy es un hombre que ya se ha divorciado dos veces y en cada matrimonio le ha pasado lo mismo, al comienzo posee un apetito sexual incontrolable por la mujer en cuestión, para luego ir perdiendo el interés paulatinamente hasta separarse.

Con este antecedente conoce a Annie –tan neurótica como él– y los dos van a emprender este juego en el que se desean intensamente hasta no soportarse más, y cuando deciden separarse, se turnarán para ver quién cede primero en reconocer que extraña al otro. Se trata de un movimiento que todos conocemos y que vulgarmente podemos enunciar de la siguiente manera “quiere lo que no tiene, hasta que lo tiene y entonces no lo quiere más”.

Alvy, Annie y la neurosis se manejan todo el tiempo bajo esta ecuación en la que el fin es mantener el deseo insatisfecho, es como si el objeto –o sujeto– de nuestro deseo, estuviese siempre una cuadra más adelante y el viaje es emocionante mientras corremos para alcanzarlo, pero cuando finalmente llegamos, eso ya no parece tan merecedor de nuestro interés. Entonces al levantar la vista, vemos que en la otra esquina hay un nuevo objeto –o sujeto– que ahora deseamos con fervor, porque siempre resulta mucho más atractivo aquello que se encuentra una cuadra más adelante.

Intimidad

Woddy Allen con “Annie Hall” transgrede toda regla sugerida a la hora de hacer cine y utiliza una vasta lista de recursos sólo en 90 min. como si se tratara de una competencia de “quién usa más gana” pero lo hace de manera tan inteligente, que a los ojos del espectador ésto no es percibido como un exceso: flashbacks, pantallas divididas en donde suceden dos escenas al mismo tiempo y no conforme con eso, los personajes de cada una de ellas dialogan con aquellos que se encuentran del lado contrario. La clásica escena en la que la mente de Annie se desprende de su cuerpo cual espectro, e interactúa con los restantes en la habitación; así como el lujo que se da el director de introducir a Alvy de forma animada dentro del cuento de Disney “Blancanieves” y hacerle una serie de chistes a la bruja malvada.

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Pero el recurso utilizado que fue quiebre para la época, que es uno de los motivos por los cuales hoy, a 41 años de su estreno, sigamos hablando de “Annie Hall” y es la razón –junto con el impecable guión– por la cual la película genera tanta empatía, es el haber roto con la cuarta pared.

La película inicia con un Woody Allen hablándonos directamente a nosotros, pero no sólo eso, sino que lo hace desde el personaje de Alvy, nosotros ponemos “play” y luego de los títulos somos convocados a ser amigos del personaje, a guardar sus secretos y escuchar sus opiniones más íntimas. Aunque no lo pensemos de forma consiente, esto cambia las reglas del juego de forma inmediata, el director logra meterse al público en el bolsillo desde el comienzo de la película: no sólo nos sentimos parte, como si estuviésemos ahí, sino que disfrutamos de un lugar privilegiado, a veces hasta por encima de Annie, ya que Alvy se aparta de la escena para hablarnos (¡A nosotros!) y nos dice cosas que ella no puede escuchar.

A su vez, la presentación de los personajes es en dirección regrediente, es decir, primero y principal la historia comienza con un spoiler: sabemos que Alvy y Annie se separaron. El hecho de que la trama se cuente de esta manera y que primero se nos presente lo penoso, antes que el apogeo de la relación, hace que empaticemos de manera mucho más rápida con los protagonistas. Y si a esto le sumamos la relación personal que ya establecimos con Alvy -gracias a la ruptura de ese límite mencionado- entonces tenemos todos los componentes de una ecuación exitosa.

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Son muchas las cosas para destacar dentro de esta película visagra de 1977, así como son muchos los aspectos analizables en materia de psicoanálisis. Pero por último, no podemos dejar de mencionar el brillante guiónganador de un Oscar– que inunda de ironía y suspicacia cada escena, que presenta una progresión de chistes con humor inteligente y construye personajes tan sólidos que “Annie Hall” y sus frases, son recordadas hoy en día y seguramente lo hagan por muchos años más.

“Me acorde de aquel viejo chiste, del tipo que va al psiquiatra y dice: “Doctor, mi hermano se ha vuelto loco, cree que es una gallina” entonces el médico le contesta: “¿Por qué no hace que lo encierren?” Y el tipo dice: “Lo haría, pero es que necesito los huevos”. Creo que eso expresa lo que siento acerca de las relaciones, son completamente irracionales, disparatadas y absurdas, pero creo que las seguimos manteniendo porque la mayoría de nosotros necesita los huevos.”


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Título original: “Annie Hall”

Año: 1977

Duración: 94 min.

País: Estados Unidos.

Reparto: Woody Allen, Diane Keaton, Tony Roberts, Carol Kane, Paul Simon, Janet Margolin,Shelley Duvall, Christopher Walken, Colleen Dewhurst, Jeff Goldblum,Sigourney Weaver.

Género: Romance, comedia

Sinopsis: Alvy Singer, un cuarentón bastante neurótico, trabaja como humorista en clubs nocturnos. Tras romper con Annie, reflexiona sobre su vida, rememorando sus amores, sus matrimonios, pero sobre todo su relación con Annie. Al final, llega a la conclusión de que son sus manías y obsesiones las que siempre acaban arruinando su relación con las mujeres.

 


 

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