“Requiem”: ¿Por qué nos parece ya haberla visto?

“Los invisibles están cerca, están sufriendo y cuando lo hacen son salvajes”

Por @GiuCappiello

En 1994, un bebé desaparece misteriosamente en un pequeño pueblo de Gales. 23 años después, la joven y talentosa chelista Matilda Gray ve cómo su vida se tambalea tras el inexplicable suicidio de su madre. Descubre pruebas que conectan a su madre con el caso del bebé desaparecido. Afligida, Matilda empieza a hacerse todo tipo de preguntas, lo que le lleva a embarcarse en un viaje a Gales en busca de respuestas.

Esa es la premisa de “Requiem”, creada por Kris Mrksa y estrenada en Netflix el pasado mes de marzo. Ya le hemos dedicado un análisis minucioso a los aspectos paranormales sobre los cuales se posa y trascurre la trama que –al inicio– se anuncia como principal, dentro de las múltiples aristas que luego se terminarán desplegando: sub-historias, desarrollo de personajes y las bases del pueblo donde se desarrolla la serie.

Pero el tema que ahora nos ocupa, no es el gusto esotérico que nos queda en la boca –o en los ojos– al concluir cada episodio, sino esa sensación de familiaridad con la que somos testigos de la historia; la apertura ante lo “ya conocido” con la que recibimos los pormenores de ese pueblo, que mantiene ocultos sus secretos y veladas sus miserias. Si “Requiem” es una serie cuyo estreno fue reciente en la plataforma… ¿Por qué nos parece ya haberla visto?

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Reflejos

Pasando por alto el cliché que ya de por sí significa la utilización de espejos, que engloban lo siniestro y funcionan como responsables de la aparición de la muerte, “Requiem” apenas promediando el primer capítulo ya recae en otra redundancia conceptual: si no había sido suficiente lo manifiesto de los espejos –como elementos concretos– en la escena de suicidio que abre el episodio; la excesiva presencia de éstos en cada uno de los cuadros restantes termina siendo un detalle menor cuando reparamos en que su función –la de “reflejar”- se repite a lo largo de todo el episodio mediante cualquier objeto que lo permita: abusivos charcos de agua sobre los que se posa la cámara, así como el alusivo traje plateado con el que Matilda (Lydia Wilson) asiste a su gran show.

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Está bien, los espejos tomarán cierto protagonismo una vez que la serie comience a desplegarse, y por otro lado –al margen de la magia negra y las prácticas ritualistasenuncian implícitamente otro de los temas en juego: la identidad. Es mediante la imagen que nos devuelven estos objetos –en la vida real– que nosotros construimos de manera más o menos ideal nuestro cuerpo y nuestra singularidad, aquello que nos hace reconocernos a nosotros mismos, y justamente es eso lo que se pone en juego en la vida de Matilda, cuando los hechos inesperados desencadenan dudas, y terminan convulsionando la verdad más concreta a la que todo ser humano necesita aferrarse: nuestra historia, nuestra identidad .

Pero resulta un poco insultante, que como espectador, se nos subestime a tal punto que el director y guionista crean necesario abusar estos elementos, tanto a través de su presencia física como de su representación simbólica, para así garantizar que el mensaje llegue y se incorpore de la manera esperada. Ya sea desde el costado paranormal o en su sentido más analítico, en decir, en cuanto a la imagen y al ser, la utilización de los espejos resultada tan abusiva, que el efecto producido termina siendo justamente el opuesto al buscado: nuestro foco de atención deja de dirigirse hacia ellos, porque abundan.

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Un pueblo sombrío y una desaparición

“Twin peaks” (1990), “Stranger Things” (2016) y “Dark” (2017) son sólo tres ejemplos dentro de la infinita cantidad de títulos ya estrenados, cuya trama expone la desaparición de un niño/joven dentro de un pueblo que ha funcionado de manera tranquila hasta ese momento, pero que a su vez contiene un pasado sombrío y un secreto a voces que perdura a lo largo del tiempo. Esto es así hasta que por supuesto aparece un personaje ajeno a la comunidad, que llega para perturbar ese encubrimiento en masa. O  si esto no sucede de dicha forma, entonces la tarea revolucionaria será llevada a cabo por un habitante del pueblo mismo, que por determinado motivo ha tenido un despertar -similar a una epifanía- que lo hará salir de la sumisión para investigar aquel misterio en cuestión.

Así como en la década del 90 un joven agente del F.B.I llamado Dale Cooper (Kyle MacLachlan) llegaba al pueblo de Twin peaks para investigar la muerte de Laura palmer (Sheryl Lee) poniendo en evidencia a cada integrante de esa pequeña población y sus historias, en el caso de “Requiem” el personaje encargado de semejante desorden es el de Matilda Grey y su amigo Hal (Joel Fry) pero que a diferencia de Cooper, la motivación de ellos dos será de orden personal: ella quiere averiguar la conexión que existe entre el misterioso lugar y su difunta madre, mientras que su amigo –aparentemente enamorado de nuestra protagonista– no tiene otra motivación más que Matilda misma y su bienestar.

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Pero no sólo una desaparición es lo que tienen como suceso en común cada uno de estos pequeños pueblos, también en todos ellos salen a la luz una serie de eventos antiguos, sucedidos cuando los adultos de la trama presente eras niños, o en otros casos simplemente se trata de un hecho que –habiéndolo vivido o no– es más o menos conocido por los habitantes. Pero de todos ellos, siempre hay uno que sabe más, que tiene más información que el habitante común, aquel al que el protagonista no puede acceder o tiene prohibido acercarse, y también –da la casualidad– que siempre este sabio/a manifiesta una excentricidad algo perturbadora, razón por la cual los pueblerinos desestiman sus dichos o lo mantienen alejado del ojo público.

En “Twin peaks” teníamos a Margaret (Catherine Coulson) esta peculiar mujer que cargaba incansablemente un pedazo de leña de quien recibía información; en “Dark” está el senil Helge (Hermann Beyer) que aparece repentinamente para pronunciar una oración en apariencia sin sentido, y hasta en “Stranger things” podemos ubicar a dicho personaje en la madre de Eleven, cuyo estado psíquico no le permite manifestarse con claridad. Pero al margen de sus singularidades, en todos los casos se trata de sujetos que pese a su impedimento propio o apatía por parte de la sociedad, expresan información más o menos nítida, pero valiosa.

Y claro que a esta altura podrán imaginar que “Requiem” no escapa de este recurso y nos presenta a la anciana en silla de ruedas, con su cara de “pocos amigos” y una mudez que importunarán el encuentro entre Matilda y la verdad. Pero a no desesperarse, el cliché de este personaje incomprendido por el pueblo resiste y redobla la apuesta mediante la llegada de Laura -que nada tiene que ver con Palmer– y “Bessie” (una suerte de versión galesa del leño de Margaret).

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Arriba: Margaret de “Twin Peaks”. Abajo: Hegel en “Dark”.

Desapariciones en un pueblo chico, personajes estereotipados, secretos ocultos y leyendas “vox populi”. Espejos, murmullos intimidantes y pájaros que se estrellan contra las ventanas. Símbolos, sectas, eventos sobrenaturales y cuevas. Se trata de una gran cantidad de recursos, escenas y conceptos utilizados hasta el cansancio dentro del mundo cinematográfico y televisivo, una sucesión de clichés que “Requiem” no sólo emplea deliberadamente, sino que también se da el lujo de reunir a todos juntos y en sólo 6 capítulos. Dando como resultado una serie donde la fotografía y ambientación terminan siendo lo único nuevo e interesante que se presenta en la pantalla; a menos que como nosotros, juegues a responder la pregunta: ¿Donde vi ésto ya? y te diviertas poniendo a prueba tu memoria cinéfila.


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Título: “Requiem”

Dirección: Kris Mrksa (Creador), Mahalia Belo

Guion: Kris Mrksa, Blake Ayshford

Reparto: Lydia Wilson, Joel Fry, James Frecheville, Sian Reese-Williams, Brendan Coyle, Claire Rushbrook, Richard Harrington, Joanna Scanlan, Clare Calbraith, Tara Fitzgerald, Dyfan Dwyfor, Sam Hazeldine.

Sinopsis: En 1994, un bebé desaparece misteriosamente en un pequeño pueblo de Gales. 23 años después, la joven y talentosa chelista Matilda Gray ve cómo su vida se tambalea tras el inexplicable suicidio de su madre. Descubre pruebas que conectan a su madre con el caso del bebé desaparecido. Afligida, Matilda empieza a hacerse todo tipo de preguntas, lo que le lleva a embarcarse en un viaje a Gales en busca de respuestas.


 

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