“Perfectos desconocidos”: Una crítica a la sociedad ¿moderna?

“No te empeñes en ser moderno; por desgracia, hagas lo que hagas es la única cosa que no podrás evitar ser.”
Salvador Dalí

Por @GiuCappiello

“En una cena entre cuatro parejas que se conocen de toda la vida, se propone un juego que pondrá sobre la mesa sus peores secretos: leer en voz alta los mensajes, y atender públicamente las llamadas que reciban en sus móviles durante la cena.” Remake del exitoso film italiano “Perfetti sconosciuti” (2016), de Paolo Genovese”.

Esta película española dirigida por el reconocido Alex de la Iglesia plantea un tema recurrente en la sociedad actual: el problema de la tecnología. Ya al momento de su estreno analizamos “La amistad en tiempos de whatsapp”, pero a propósito de su ingreso reciente al catálogo de Netflix, aprovechamos para darle una mirada más allá de aquello que en superficie puede apreciarse con tan sólo leer su sinopsis.

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Una crítica a la sociedad

No es novedad que aquello que llegó para facilitarnos las cosas, trajo consigo un sinfín de cuestiones que exceden lo meramente tecnológico. En este caso, el dispositivo estrella que nos plantea el film es el celular, que acorta distancias e inmediatiza la información; al mismo tiempo que entorpece las relaciones, volviéndolas distantes y ajenas, a pesar de estar éstas sumergidas en un mundo de comunicación constante. ¿Irónico no?

“Perfectos desconocidos” plantea un mundo compuesto por dos dimensiones distintas: la primera y más amplia es la amistadque une al grupo– y por otro lado, tenemos las 3 parejas formadas dentro de esa banda de siete. Poner los celulares en el centro de la mesa y leer los mensajes, así como contestar las llamadas en voz alta, esa es la “inocente” propuesta de la noche. ¿Tienen algo que ocultar? Se preguntan entre ellos de manera desafiante, empujándose mutuamente a participar en el juego, pese a que detrás de esta postura provocativa, en sus individualidades, se los ve incómodos por acceder a la proposición.

Celulares –o no– de por medio, ya la pregunta inaugural resulta un tanto ingenua e irreal… todos tenemos algo que ocultar. Más allá de la gravedad de nuestros secretos, más allá de a quién se los ocultamos, la vida íntima es necesaria. Pero resulta aún más necio pensar que la tecnología es la responsable de dichas reservas.

El mundo actual donde todo es público, donde todos somos nuestro “Gran hermano” mutuo, que todo lo vemos, que todo contamos, que todo exhibimos; hace que aquel costado “oculto” de nuestras vidas adquiera un carácter de sospechoso e innecesario. Teniendo el medio –tecnológico– para mostrarlo todo, en el marco de una sociedad que encima te lo exige, entonces si ocultas algo tiene que ser lo suficientemente “grave” o moralmente incorrecto, como para que ocupe ese lugar penumbroso.

Por esta razón es que en el film, Antonio (Ernesto Alterio) prefiere asumirse como homosexual antes que develar el contenido de su celular. No importa “qué es más grave” –porque claramente no se abre un debate moral acerca de las elecciones sexuales– sino que, lo que realmente importa es el peso que uno le otorga a aquello propio que oculta en un aparato tan “inofensivo” que cabe en un bolsillo, y que tiene la capacidad de desnudarnos de forma íntegra frente al ojo ajeno.

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¿Sociedad moderna?

Las omisiones entre amigos y la infidelidad por decir algunos ejemplos existieron desde que hay lenguaje, desde que el humano es humano y aprendió a vivir en sociedad. La tecnología lo único que hace es facilitar el medio para llevar a cabo dichas acciones, pero con un efecto doble y hasta paradójico: en un mundo de exposición constante, el material de aquello que se oculta parece que debería ser realmente penoso, pero a la vez, la “virtualidad” envuelve al asunto con un velo ingrávido y ominoso. Dicho de forma concreta: mantener conversaciones de índole sexual con otra persona vía chat por ejemplo, no es considerado infidelidad –para algunos– porque la cercanía que brinda la tecnología sólo es en el campo emocional pero no físico, por lo tanto si no se tocan los cuerpos, entonces no hay engaño consumado hacia la pareja.

La tecnología no crea, sólo facilita. Y en medio del idilio que genera este despliegue de posibilidades, de la comodidad que sugiere el tener toda la vida –propia y ajena– reducida y reposando en un aparato tan accesible como un celular, nos olvidamos la desventaja… la de justamente tener toda la vida –propia y ajena- al alcance de la mano.

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“Perfectos desconocidos” lo plantea de forma clara: no seamos tan narcisistas de pensar que los riesgos reposan solamente en el hecho de dejar al descubierto los secretos que nosotros mismos decidimos callar. Cuando develar lo oculto en otra persona resulta trabajoso, por lo menos podemos resguardarnos en el falso consuelo se ese esfuerzo y abandonar la búsqueda… pero cuando el acceso es fácil: ¿Realmente estamos dispuestos a enterarnos de todo a una notificación de distancia? Ésta parecería ser la versión moderna de aquel viejo dilema, puesto en juego dentro de la popular frase: “Ojos que no ven, corazón que no siente”.

¿No tener secretos, o no tener celular que los devele?
Esa es la cuestión.


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Título original: “Perfectos desconocidos”

Reparto: Belén Rueda, Eduard Fernández, Ernesto Alterio, Juana Acosta, Eduardo Noriega, Dafne Fernández, Pepón Nieto, Beatriz Olivares.

Director: Alex de la Iglesia.

Guión: Alex de la Iglesia.

Música: Víctor Reyes.

Género: Remake, Comedia .

Origen: España.

Duración: 96 Minutos.

Sinopsis: “En una cena entre cuatro parejas que se conocen de toda la vida, se propone un juego que pondrá sobre la mesa sus peores secretos: leer en voz alta los mensajes, y atender públicamente las llamadas que reciban en sus móviles durante la cena.” Remake del exitoso film italiano “Perfetti sconosciuti” (2016), de Paolo Genovese”.


 

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