[REVIEW] Private Life: Vivir nunca fue un cuento de hadas

Private Life

“En nuestros locos intentos, renunciamos a lo que somos por lo que esperamos ser”
William Shakespeare

Por @GiuCappiello

“Richard y Rachel, una pareja en medio de la infertilidad, tratan de mantener su matrimonio a medida que descienden cada vez más al mundo de la reproducción asistida y la adopción doméstica. Cuando su médico sugiere la reproducción con la ayuda de un tercero se alteran; pero cuando Sadie, una joven que abandonó la universidad recientemente, vuelve a entrar en sus vidas, lo reconsideran.”

Si nos apresuramos en juzgar este film, podríamos pensar que se trata de una historia –como tantas otras– que muestra a una pareja en crisis, en la búsqueda de una solución para sus problemas matrimoniales, siendo la llegada de un bebé el aparente suceso milagroso que salvará una relación que parece desgastada. Pero en realidad, si agudizamos la mirada y prestamos atención a los detalles, ya la primera escena nos edifica aquello que en verdad se despliega: una pantalla completamente negra permite que nuestros oídos se concentren en escuchar la respiración y los susurros de dos personas que podemos imaginar entre sábanas… una escena sexual –pensamos inmediatamente– pero no, lo primero que vemos es el plano de una cadera femenina, su silueta, el símbolo de la fertilidad.

Una cadera que no está siendo parte del placer, sino de un tratamiento, ya que se trata del muslo de Rachel (Kathryn Hahn) a la espera de una inyección. ¿Por qué decimos que esto es aquello que verdaderamente se despliega? Porque este film dirigido por Tamara Jenkins, plantea la confrontación entre los deseos personales y aquello que esperamos cumplir como personas. Rachel y Richard (Paul Giamatti) son una pareja de artistas –escritora y director teatral respectivamente– que no sólo se enfrentan a la imposibilidad de tener hijos, sino también al constante planteo de haber esperado demasiado: transitando los cuarenta y pico, y habiendo puesto siempre sus objetivos profesionales en primer lugar, ahora los proyectos cambian y sus posibilidades biológicas de concebir no coinciden con sus deseos actuales de ser padres.

La fertilidad es la estrella de la película, pero no por la ausencia de ella, sino por lo que significa. Porque inicialmente todos –o los que desean ser padres al menos– la entendemos como algo seguro; la idea de que nuestros cuerpos se opongan a nuestros proyectos no es una opción en ese momento en el que planeamos la cronología de los hechos para nuestra vida futura. De hecho es algo que hasta se opone a las expectativas sociales: de la mujer se espera –y exige– ser un ámbito próspero para la vida, mientras que al hombre se le demanda estar a la altura de semejantes hechos, que sea “suficientemente hombre” como para poder embarazar a una mujer. Entonces, cuando la vida sacude con su sorpresa, la frustración se duplica y aparece la idea de no poder cumplir ni para uno, ni para ambos, ni para el resto.

Sobre todo por esto último –el resto– es que el título mismo del film es una expresión clara de ironía: no hay nada de privado. Cientos de médicos, foros, testimonios y opiniones ajenas –especialmente– comienzan a inundar la vida de estos dos artistas que quieren formar una familia. Y por supuesto no podemos dejar de destacar esta idea misma de “familia”: afortunadamente en los tiempos que corren, ésta –como institución– ha cambiado de forma y ni los integrantes ni las maneras de construirla son lo que eran en tiempos pasados. De hecho “Private life” juega bastante con esto, no sólo por la intervención médica para facilitar la concepción, sino que también instala los avatares propios de optar por un vientre subrogado como herramienta para llegar al esperado fin. No es menor tampoco el hecho de que Sadie (kayli Carter) –sobrina política de Richard– idealice tanto a la pareja protagonista y hasta diga que en cierto punto los siente como padres, a la vez que mantiene una tensa relación con su madre Cynthia (Molly Shannon). Dos detalles que se plantean deslizando la falta de “carácter determinante” que significa el lazo sanguíneo, a la hora de sentir a un otro como familia.

En resumidas cuentas, nos topamos con una película que muestra sin titubear lo crudo de la vida en clave de comedia, pero no por pesimismo, sino apelando a lo inmanejable de la realidad objetiva. Un plano real que en este caso se ve reafirmado por el gran paisaje de cemento que es New York, haciendo que la historia no despegue fantasiosamente del suelo, a la vez que esto se compensa con escenas que terminan fundidas en negro a modo de actos teatrales de la vida misma. “Private life” expone ese choque que reiteradamente experimentamos entre lo que somos y lo que deseamos ser, a la vez que narra el reencuentro entre dos personas que ahora –inesperadamente– deben aprender a conocerse desde otro lado.

Pero es concretamente eso lo que nos hace empatizar, disfrutar –y recomendar– esta historia, porque no busca desplegarse como un film motivador repleto de falso positivismo, pero que aun así nos hace pensar en la importancia del anhelo como motor de esperanza y perseverancia cuando las cosas no salen inmediatamente de la manera que esperamos. A fin de cuentas, un film que excede a la singularidad de esta pareja y los ubica como sujetos que deben responder a la crudeza de las vicisitudes, tanto para el adentro como para el afuera… como simples seres humanos vulnerables, pero haciendo aquello que –como a nosotros– los mantiene vivos: desear.


Título original: “Private Life

Año: 2018

Duración: 127 min.

País: Estados Unidos

DirecciónTamara Jenkins

GuionTamara Jenkins

FotografíaChristos Voudouris

RepartoPaul Giamatti, Kathryn Hahn, Kayli Carter, Molly Shannon, Siobhan Fallon, Emily Robinson, Desmin Borges, Tracee Chimo, Amy Russ, Jessica VanOss, Marmee Regine Cosico, Samantha Buck, Alyssa Cheatham, Danny Deferrari, Lisa Lakatos, Francesca Root-Dodson, Abigail Friend, Fenton Lawless, David Cale

ProductoraLikely Story / Netflix. Distribuida por Netflix

Género: Drama

Sinopsis: Una autora llamada Rachel y su marido Richard buscan tener un hijo. La desesperación llega a sus vidas y hace peligrar su matrimonio cuando el doctor tras diversos métodos de fertilidad fallidos, les recomienda la reproducción con terceras personas.

 


 

 

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