[Halloween 4B] Nosferatu: Sangra sin parar

Hollywood sigue mirando hacia el pasado a la hora de revitalizar un género ultra transitado como el terror. En este caso se trata de resucitar el legado de Nosferatu, basada en la obra original de Bram Stoker. Repasemos su historia en esta nota.

Por @Maxi_CDC83

La mitología de lo vampírico atraviesa toda la historia del cine, habiendo generado notables influencias e intertextualidades. Un hito del cine de terror en tiempos donde el sonido aún no había llegado, la película alemana “Nosferatu” fue la primera incursión cinematográfica que adapta al vampiro clásico de “Drácula” de Bram Stoker, también de profusa historia en el teatro y la televisión.

Puede considerarse a Frederich W. Murnau como un experto del género, el primer artesano del terror -un género que por entonces daba sus primeros pasos- generando un público que recepcionaba con gusto este tipo de propuestas de la mano de la ‘novedad’ cinematográfica. Bajo esta premisa, “Nosferatu” adapta la creación de Bram Stoker, la célebre obra de la cual ésta será la primera de sus múltiples transposiciones posteriores. En 1897 el autor irlandés publicó su novela “Drácula”, inspirada en las leyendas de vampiros y en las atrocidades que se atribuían al célebre gobernador de Valaquia, en el siglo XV. La novela epistolar narra la extraña experiencia vivida por un abogado, que ha sido enviado hasta Transilvania para entablar un negocio inmobiliario con el Conde Drácula en su castillo. Murnau optó por cambiar el título a “Nosferatu, una sinfonía del horror” y ambientada en 1838, la película nos presenta al Conde Orlok, un misterioso personaje que es visitado en Transilvania por un agente inmobiliario.

Basándose en la mencionada obra literaria, el guionista Henrik Galeen modificó los protagonistas de la obra para poder llevar a cabo su adaptación. Bien cabe destacar que como Murnau no contaba con los fondos suficientes para pagarle a la viuda de Stoker los derechos de la novela, motivo por el cual los personajes y locaciones de la misma habían sido rebautizados con otros nombres. Luego del estreno de la película, los herederos del afamado escritor demandaron a Murnau, la viuda del autor le ganaría un juicio millonario y el tribunal dictaría que todas las copias de la película deberían ser destruidas, ya que omitía los derechos de autor.  Algo que afortunadamente no sucedió y que -si bien cubrió de polémica al film- alimentó su leyenda, acrecentando aún más el mito de una película estandarte dentro del género de vampiros. La novela dentro de la novela sumaría un capítulo extra cimentando el aura trágica que rodeó el film desde su concepción.

Dentro de su clasificación, “Nosferatu” pertenece al expresionismo, una escuela artística de lo más heterogénea (basta comparar “Caligari” con “Metrópolis” para darnos cuenta), que había llegado al cine de la mano de una prolífica camada de realizadores. Sin embargo la obra cumple con algunos parámetros estéticos claves de la vanguardia, surgida en las artes plásticas: el expresionismo databa de 1905, nacida como una intención de oponer a la realidad la expresión personal del artista, vista como una interpretación subjetiva, enrarecida y deformada de lo percibido. Esta escuela artística, fruto de un período de eclosión de vanguardias por toda Europa durante los últimos años de la belle epoque, respondía a la amargura  que transitaba el ambiente cultural e intelectual de Alemania y que se acentuaría en toda la población con el clima de derrota después de la Primera Guerra Mundial. Por tales motivos, lo irracional de lo manifestado alude a lo fantástico y lo terrorífico, inclusive según diversas teorías formuladas por Siegfred Kracauer y Lotte Eisner, augurando el apocalipsis de peores años por venir.

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En el clásico de Murnau observamos claramente su narrativa visual, provista de pocos intercambios entre personajes y muchas descripciones, los cuales favorecieron el impacto de este imprescindible en la historia del cine. El director consigue su cometido sin concesiones; atrapa, asusta y asombra. Bajo la clásica premisa, adapta una historia que se replantea el eterno conflicto entre la luz y la oscuridad, el debate entre las fuerzas del bien y el mal, confrontando la luminosidad y las tinieblas, antagonismos plasmados a manera de metáfora, con sumo vuelo poético. El film se convertiría en referencia de culto para los amantes de la obra de Bram Stoker, así como también para los seguidores de este subgénero de vampiros, dado que introdujo varios de los más reconocidos mitos que hacen mención al mismo.

La narrativa está planteada de forma de sugestionar al espectador a medida que el conde Orlok libera sus instintos mortales atormentando y persiguiendo a sus víctimas, en medio de un paisaje y un entorno aterrador. Una atmósfera fantástica y fantasmagórica a la que el actor Max Schreck brindó una espeluznante composición. Murnau contrasta las locaciones abiertas del entorno natural con los espacios asfixiantes de los castillos, haciendo uso del juego de sombras para generar la sensación de angustia en el espectador. Hábil, adapta su propuesta con el fin de amalgamar las formas líricas y románticas de su cine con las búsquedas estéticas de la vanguardia. Como es sabido, la caracterización al estilo expresionista exagera las emociones, y las actuaciones crispadas son el sello de fábrica de estos personajes, presos del miedo, la opresión y la desesperación.

Murnau se vale de su oficio en el género para construir climas exasperantes y absorbentes que encuentran su clímax de terror en los momentos más trascendentales, donde el montaje y los planos utilizados hicieron pasar a la eternidad famosas escenas. Mientras la muerte y la desolación sacudían a Europa luego de la Primera Guerra, el malvado Nosferatu pareciera ser el símbolo perfecto producto de esta putrefacción: es un ser monstruoso, portador de un aspecto desagradable. La historia del cine guardará entre sus icónicas imágenes la proyección de la sombras durante la persecución en el castillo y, finalmente, al conde emergiendo temerario e inmortal de su ataúd.

Varios años después, la primera “Nosferatu” sería recordada como el primer acercamiento -y fundación- del subgénero vampírico, que luego haría largo camino en Hollywood, donde el star system convertiría a sus monstruos en auténticas leyendas. Pese a su acotado presupuesto y cierta alteración argumental, “Nosferatu” es una joya del cine mudo, poseedora de una virtud muy especial: una indagación psicológica incontrastable a casi un centenar de años de su estreno. Al igual que el mismísimo Drácula, se ha mostrado inmortal al paso del tiempo.

En los tiempos venideros, aparecería la figura de Bela Lugosi, paradigma del Drácula convencional en el imaginario colectivo de varias generaciones. Una leyenda del cine de terror, el húngaro Lugosi interpretó al conde en la película de Tod Browning, estrenada en 1931. Se dice que el actor fue fagocitado por su personaje y varias leyendas se tejen alrededor de tal compenetración. La fábula fue tal que el mundo del cine ha ofrecido diversos guiños a la historia, como puede verse en el film de Tim Burton, “Ed Wood” de 1994.

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Basada en la obra de teatro estrenada en Broadway, que adaptaba a su modo la novela, poco queda allí de la obra original, sin embargo logra una gran identificación con el público, que consumía masivamente este tipo de espectáculos. Posteriormente, en 1958, Terence Fisher, otra figura de culto, dirigió “Horror of Drácula”, ofreciendo el rol de protagonista nada menos que al inefable Christopher Lee.

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En 1979, Werner Herzog, estandarte del movimiento Nuevo Cine Alemán, acudió a su ‘enemigo íntimo’ Klaus Kinski para interpretar al antológico personaje en “Nosferatu, vampiro de la noche”, primera remake del clásico mudo. Despojada de todos los convencionalismos del cine de terror que harían pensar en una adaptación ‘más comercial’, el Nosferatu creado por Herzog eleva su puesta a la categoría de un poema visual. Su precisa puesta en escena es de ritmo lento, atmósferas hipnóticas y silencios prolongados. Allí, el conde interpretado por el enorme Kinski es un malvado que inspira absoluto terror y comparte protagonismo con el personaje de Lucy, que interpreta una jovencísima y bella Isabelle Adjani.

1979

Luego llegaría “Nosferatu, príncipe de las tinieblas” (1988), una olvidable secuela del film de Herzog, con el propio Kinski repitiendo en el mentado papel, y Christopher Plummer en el rol de su adversario. Por culpa de un guión bastante flojo, el film no logra estar a la altura del mito, sin embargo su visionado provoca cierta curiosidad y es infaltable para los incondicionales de la saga.

1988

Entrados los años ’90, conocimos “Bram Stoker’s Drácula”, dirigida por Francis Ford Coppola. Este ejemplar resulta, hasta el momento, la adaptación más innovadora desde los cánones del género; algo que no sorprende si se trata de uno de los directores más ambiciosos de la historia moderna de Hollywood. El guión a cargo de James V. Hart introduce variaciones modernas a la historia, una decisión en absoluto azarosa; quizás el principal motivo se encuentra en el impacto generado por las ‘Crónicas Vampíricas’ de Anne Rice, publicadas en 1975. Las mismas habían reformulado el mito del vampiro, de manera que este nuevo Drácula es pensado como un ser falible que puede experimentar emociones humanas. Atormentado por un amor no validado, vaga perdido en el tiempo y uno percibe esa vulnerabilidad.

Como homenaje a Bram Stoker, Coppola decidió situar la narración en el año en que fue escrita la novela, en 1897. Haciendo gala de la notable belleza gótica de sus imágenes que dan rienda suelta a la creatividad visual del autor, el film acrecienta su condición de neo-clásico gracias a la notable labor de un elenco estelar encabezado por Gary Oldman, inolvidable en la piel de Drácula y por la exquisita musicalización del compositor polaco Wojciech Kilar, responsable de una grandísima banda sonora que contribuyó al legado de la película, el último gran peldaño dentro de la mitología cinematográfica del eterno vampiro.

1992

La sombra del vampiro” (estrenada en el año 2000) es una curiosidad digna de mencionar, por varios motivos. Elías Merhige realiza una singular película sobre el supuesto que investiga la leyenda acontecida durante el rodaje del film de Murnau. Willem Dafoe interpretó con solvencia a Max Schreck, bajo suposiciones acerca de la condición de auténtico vampiro del recordado intérprete. John Malkovich, por su parte, asume el rol del propio Murnau de manera admirable, en una película que simula el registro documental para jugar con las a menudo difusas fronteras de la ficción y la realidad.

2000

La novedad de que Robert Eggers -director de “La Bruja” (2015)- dirigirá una remake del clásico de Murnau próxima a estrenarse, vuelve a colocar dentro del radar cinematográfico contemporáneo a una obra esencial para todos los amantes del cine de vampiros, y una grata ocasión para repasar su abundante historia en la fecha conmemorativa de Halloween.


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