La era dorada de las series VS. La supremacía de los superhéroes

Tenemos series como Morgan Freeman tiene pecas, historias de WhatsApp llenas de «Netflix and chill» pero sólo nos acordamos del cine cuando sale un tipo usando capa, ¿qué te pasó pantalla de plata?

Por @Jihad_g26

El cine pasó por múltiples etapas a lo largo de su historia, y la televisión, a pesar de ser un invento más joven, también las tuvo. Entre un medio y otro hay una diferencia: para la segunda década del siglo XXI, se vio por vez primera un declive casi del todo absoluto —por no decir totalmente absoluto— en la producción de obras memorables netamente cinematográficas en contraposición a fenómenos televisivos que inundaron la cultura pop como Breaking Bad o Game of Thrones.

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Desde la era dorada de los musicales, hasta el autorismo fílmico posterior a la caída del Muro de Berlín, todas estas etapas arrojaron un puñado de obras memorables. Se hicieron películas cuyo valor en taquilla fue gracias a la obra cinematográfica en sí y no a un evento planificado donde la película es sólo la culminación de éste. Taxi Driver, por ejemplo, ha sido parodiada en Los Simpson y gozado de varios guiños en producciones tanto para adultos como para niños, no necesitó merchandising para prosperar, todo le vino solo, gracias a que el objeto de fascinación era la película y no un evento, tanto cultural como comercial, planeado para venderla.

Por otro lado, están los éxitos taquilleros posteriores al 2010; siendo Marvel la principal atracción y la madre de los filmes más esperados, desde The Avengers (2012) hasta Avengers: End Game (2019), se denota una expectativa creada por medios de difusión tanto tradicionales como de nuevas tecnologías. Disney XD comienza a pasar dibujos animados de superhéroes creados por Marvel, las redes sociales, ya sea gracias a los influencers o a los memes, se inundan con fotos, infografías, videos y/o artículos sobre la próxima megaproducción de Marvel. En fin, todo un jugueteo previo en el sentido más sexual de la expresión, que estimula al espectador a asistir al estreno de la cinta sólo para tener “de qué hablar”.

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Desde otro punto de vista, está el visionado estrictamente secuencial, necesario para entender una saga de superhéroes, cada película es como el capítulo de una serie cuyo contenido es vital para entender el desenlace. Esta es una de las cualidades que vuelve al género de superhéroes el más exitoso del mercado actual: el formato de sus sagas copia al de una serie televisiva, cuya trama estirada y enriquecida por varios episodios ofrece más posibilidades de aumentar la calentura del espectador, uno que demanda entretenimiento constante y a largo plazo.

La historia de The Avengers (la saga) se compone de varias películas que van desde filmes específicos para la mayoría de los personajes principales, hasta otros sobre sucesos que influyen o se relacionan con Avengers: End Game. Si esto fue gracias a un proceso de adaptación de los productores de cine hacia el nuevo auge de las series  que se volvió su década de oro, ni todos los aplausos del mundo serían suficientes para ovacionar su inventiva que, por desgracia, quizás signifique más un deterioro del séptimo arte que una evolución.

A todas éstas, ¿por qué las series superaron al cine con pasos tan agigantados en tan poco tiempo? Netflix, sin duda, tuvo mucho que ver. Una plataforma que te brinda todo tipo de series al alcance de tu mano, con una alta gama de opciones de resolución, doblajes, subtítulos, entre otros… es algo muy tentador. Más allá de estas cualidades,  existe el factor de comodidad que deja sin trabajo a los vendedores piratas, al mismo tiempo, descarta la necesidad de convertirte en un bucanero de Internet para obtener las series y películas que deseas aunque sean  gratis, beneficio asegurado si es que decides izar las velas y decantarte por esta opción.

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Dejando de lado la variedad, el entretenimiento a largo plazo y la flojera de aprender a usar torrents, Netflix cuenta con un tercer gancho: la moda, así es, un lema viralizado como: “Netflix and chill”, hace que cualquiera desee ser “parte del grupo” suponiendo que esta afición es tomada como de “gente cool”. Si alguien tomara un DeLorean y viajase al pasado para venderle estas ideas a los dueños de Blockbuster, les aseguramos que ese ícono rojo con letras blancas en sus pantallas se volvería uno azul con letras amarillas.

No hay dudas de que Netflix se vendió bien, pero no por ello todo la gloria es suya, también hay que destacar a los creadores de dichas series (no necesariamente producidas por Netflix) que cuentan con un formato más amplio para relatar historias más largas y complejas con capítulos que en muchas ocasiones sobrepasan los 45 minutos de duración. Además de ello jugaron con la ventaja de la libertad creativa, pues, al gozar de un público segmentado y/o heterogéneo, pudieron hacer desde comedias de situación al estilo de The Big Bang Theory hasta péplums llenos de sangre y sexo como Spartacus, sin preocuparse por cuál “vendería más el primer fin de semana” según la moda de turno. La ventaja de la pantalla chica por sobre la grande a la hora de “burlar” (hasta cierto punto) los dogmas y/o la corrección política radica en su proyección, ¿cuánta gente cabe en un cine y cuánta gente está viendo series en la sala de sus casas?, una “mega” película tiene que pensarse para un público masivo si se quiere generar buenos dividendos, dado que se necesita de un cine —como recinto— para exhibirla. Por otra parte, con Netflix, se puede emprender cualquier proyecto, ya que su capacidad de almacenamiento y transmisión es prácticamente infinita.

En cuanto a las ventajas del cine, se puede decir que descansan todas sobre el pilar que representa a su potencial tecnológico, cosa que decayó gracias al entretenimiento casero que cuenta desde hace tiempo con la capacidad de sonido envolvente y de video en  tercera dimensión. Con esto claro, al cine sólo le queda su ventaja como sitio de reunión social, aspecto explotado con el ya mencionado “evento” como finalidad en lugar de la película, por lo que entonces tenemos un antiguo sol convertido en estrella moribunda.

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Por si fuera poco, el cine está estancado. Anterior a las entregas de Marvel, se tuvo a Avatar (2009) de James Cameron como la película mejor ofertada y una de las pocas que no necesitó de una artillería cultural/publicitaria tan pesada como la que se usa con los filmes de superhéroes; no obstante, lo más triste de todo esto es que Avatar es un Pocahontas futurista. Lo último deja en evidencia la debilidad más grande de Hollywood hasta ahora: una carencia de ideas y de sangre nueva, vitales para crear los clásicos del mañana, un mal que de seguro tiene algo que ver con una corrección política cada vez más omnipresente y unos “peces gordos” con raíces de hierro en altos tronos creativos, cuya predilección por —entre otras tendencias— el fanservice les vale material casi siempre rentable pero siempre fugaz.

A todas estas, Hollywood sobrevive, sí, no se han dejado de construir piscinas en Beverly Hills, pero si quiere volver a su antigua gloria con más productos en su exhibidor deberá aplicar algunos cambios, dolorosos, si se quiere, para unos, pero esperanzadores para otros. Lo primero sería reducir la corrección política en la medida de lo posible, debido a que filtra en exceso las ideas; junto a esto, un cese a la represión de una posible nueva ola del cine de autor, actualmente estigmatizado (quizás no en un cien por ciento) como “no comercial”. De esto último se deriva el posible regreso de la “serie ‘B” en doble función para exhibir ideas frescas sin tanto riesgo para el bolsillo. Lo anterior puede resumirse en: “Dejar entrar a la sangre nueva”, si no se quiere perder otro round contra la pantalla chica, pues, basándome en aquella canción de Ataque 77, si el junco se dobla siempre seguirá en pie.


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