Procesando tragedias en la gran pantalla: Godzilla (1954) y House (1977)

Procesando tragedias en la gran pantalla: Godzilla (1954) y House (1977)

Desde «La Dimensión Desconocida», pasando por «Godzilla» y hasta la reciente «Contagio«, repasamos algunas obras audiovisuales que le sirvieron a autores y audiencias para procesar las ansiedades de todos los días.

Por @RockaOnTheGo

El impacto del COVID-19 destapó muchas ollas. Una de las tantas verdades que se han ido revelando, y con los números de Netflix como prueba, es lo natural que resulta para todos procesar frente a una pantalla lo que nos va pasando en la vida. Sea descubriendo el ya poco ficcional estudio de una pandemia mundial que realizó Soderbergh hace unos pocos años, o dándole click a cualquier título relacionado que la internet nos revolee por la cabeza.

No es algo extraño para el cine o la TV servir para que artistas y audiencias por igual puedan procesar eventos importantes. Uno de los ejemplos más emblemáticos de esto en la caja boba es «La Dimensión Desconocida», que utilizaba elementos surrealistas y de ciencia ficción para explorar las ansiedades ocasionadas por la guerra fría o el movimiento de derechos civiles. Pero unos pocos años antes, ocurría del otro lado del planeta el ejemplo más conocido en la gran pantalla, y la primera de las películas de esta nota.

Procesando tragedias en la gran pantalla: Godzilla (1954) y House (1977)

Ni una década luego de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, Japón encontraba la forma de agruparse bajo una misma bandera de escapismo que le servirá para transitar sus turbulencias maquinaciones sociales. No hay alegoría más clara de las consecuencias de la guerra nuclear que el kaiju favorito de todos. Godzilla se estrenaba en 1954 como un espectáculo pochoclero con los mejores efectos especiales, pero energizado con el combustible artístico de una de las grandes tragedias de la humanidad moderna.

A casi 70 años de su estreno, puede sorprender a más de un desprevenido. Lamentablemente no sobran hoy en día los que se aventuran a revolver entre el cine en blanco y negro, menos que menos los que tengan la suerte de poder ver con ojos libres de vicios contemporáneos. Aunque los efectos especiales se mantienen simpáticos en su mayoría, todavía quedan algunos planos o maquetas capaces de engañar al espectador que se encuentre realmente inmerso en sus emociones. Mantiene el buen ritmo a pesar de sus años, y sin dudas agarra desprevenidos a aquellos que no esperen una visión tan solemne de los hechos, cuando estamos tan acostumbrados ya al cinismo posmoderno. Es uno de los ejemplos más claros del término de reliquia, pero no por la antigüedad de sus recursos sino más que nada por el gigantesco valor que todavía mantiene.

Curioso resulta de paso que la última godzilla japonesa, dirigida en 2016 por Hideaki Anno (Evangelion) resulte una recomendación perfecta para estos tiempos de pandemia. Con un mal inmanejable siendo empeorado por un sistema y burocracia agarrados completamente desprevenidos. No tiene una carga emocional tan inmensa como la original, pero definitivamente es otro producto digno de sus tiempos. Manteniendo a la bestia constantemente relevante, con todos los cambios que necesite para serlo.

Procesando tragedias en la gran pantalla: Godzilla (1954) y House (1977)

Pero no vamos a hablar solamente de un ícono conocido por todos. Porque la respuesta casi inmediata a un evento de la magnitud de lo que tuvo lugar en 1945 jamás podría soñar con encapsular la complejidad de emociones que evolucionaron décadas después. Afortunadamente suele haber siempre artistas con la visión, y ambición, para explorar temáticas tan pesadas con comedias de terror infantil. En 1977 se estrenó «House» (o Hausu, en su nomenclatura directa japonesa), producto de una producción que sólo fue posible porque un gran estudio de cine se encontraba desesperado tras varios fracasos y sin idea alguna de porqué alguien querría realmente producir una cinta como esta. El resultado sería un éxito gigantesco, que tardaría sus años en llegar a occidente gracias a reediciones de culto en blu-ray hacia finales de los 00s.

Un grupo de amigas deciden irse juntas de vacaciones a la mansión de una extraña viuda, tía de una de ellas. La que toca el piano se llama Melody y la que suele perderse en su propia imaginación Melody. Otra vez, el cínismo brilla por su ausencia. Su guion y diseño de producción fueron posibles gracias a la colaboración de su autor con su hija pequeña, así como sugerencias de las mismas actrices. Insistiendo después de todo que «sólo los niños tienen la capacidad de asustarse con algo falto de lógica, mientras que los adultos suelen temerle a cosas aburridas«. Cualquiera que haya tenido la suerte de Hausu puede declarar sin dudas, que lo que menos va a hacer uno viéndola es aburrirse.

Pero lo especial no es que una película de culto mezcle gore para chicos con un simpático humor surrealista que trasciende el tiempo. De esas hay varias. Lo que destaca a «Hausu» es la obra de una víctima indirecta de Hiroshima. Ahí nació el guionista y director Nobuhiko Obayashi, perdiendo a todos sus conocidos y amigos de la infancia a causa de la bomba. Es fácil perderse en la superficialidad de un trabajo, especialmente cuando resulta tan extravagante y bombástico como este. Pero la historia de un grupo de jóvenes que pierden su camino porque la generación previa todavía no logra superar las cicatrices imborrables de la guerra resulta muy difícil de ignorar. Es un sentimiento que, en mayor o menor medida, todavía es palpable en la cinta. Especialmente cuando su resolución está repleta de caos y dolor.

Procesando tragedias en la gran pantalla: Godzilla (1954) y House (1977)

Obayashi se mantuvo activo con proyectos de variado perfil, entre lo extraño y corriente como suele suceder con el rango de los directores japoneses. Aunque últimamente logró un segundo aire con el que recordar ese gran éxito setentero que supo realizar. Entre 2012 y 2017 realizó una trilogía de trabajos explorando «las dificultades de la juventud pura contrastados con las desgracias de la guerra«, con tres producciones laureadas en su Japón natal así como en el exterior. Incluso superó un cáncer terminal durante uno de esos rodajes.

En 2019, con más de 80 años de edad, estrenó su último trabajo: «Labyrinth of Cinema«. Esta vez un poco más literal que de costumbre, tratándose de un grupo de estudiantes que son transportados desde una sala de cine al interior de varias películas bélicas japonesas. Es evidente que Obayashi cree en el potencial en educación emocional que tiene el cine, dedicando toda su vida a la juventud y el séptimo arte.

Sea como escapismo superficial o con la valentía de afrontar las temáticas de fondo a la hora de sentarse a ver una película o serie, nunca está de más recordar esa creencia que comparten tantos otros cineastas. Porque no importa sus créditos en IMDB, todos son más audiencia que autores. Y sin ninguna excepción, todos eligen a la gran pantalla para procesar, sea de manera pasiva o activa, sus más profundas tensiones y ansiedades.

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