[REVIEW] Alguien tiene que morir

[REVIEW] Alguien tiene que morir

Al contrario de lo que esperábamos, la nueva producción de Manolo Caro para Netflix no es una comedia gamberra sobre culebrones televisivos, sin desmerecer ningún género, como lo había sido la disfrutable «La casa de las flores».

Por @mauvais1

La parodia con ritmo y mucha autocomplacencia que emulaba a las telenovelas y retrataba a una disfuncional familia de clase media alta da paso aquí a un melodrama de época que no deja de ser interesante en sus conceptos, aunque sí algo bastante visto en las formas. El director y guionista Manolo Caro lo escribió junto a Fernando Pérez y Monika Revilla, revisitando varios de los tópicos de su anterior producción, pero esta vez  estableciéndose en la España franquista; y si el mismo título, Alguien tiene que morir,  insinuaba  lo ominoso de manera poco sutil, la historia se encarga de acrecentar esa idea con un elenco formidable.

El regreso del hijo al hogar paterno, desde México a la España de mediados de la década de 1950, es una reformulación de la parábola del hijo pródigo en todos sus matices. Aquí, el retorno que desencadena el drama, siempre a punto de manifestarse, no es un concepto positivo, sino más bien la intromisión de la verdad que fue expulsada hipócritamente por sus moradores. Gabino, el joven interpretado por Alejandro Speitzer, regresa a España luego de diez años de estar viviendo en México y no lo hace solo, lo acompaña Lázaro (Isaac Hernández), un amigo bailarín que pretende recorrer las capitales europeas junto a él, en un viaje acostumbrado en la clase alta de entonces. Una suerte de «Grand Tour», periplo entre educativo y turístico que les dará la oportunidad de conocer los grandes teatros y ballets del viejo continente.  Las elecciones que Gabino parece haber hecho sobre su vida desatará una guerra en el mismo seno de la familia. Sus convicciones son el resorte de la granada, cosa irónica, siendo que es el único capaz de rechazar la afectada beatería de los otros.

Manolo Caro y los guionistas no caen en ciertos estereotipos esperables en la construcción de los protagonistas, pero sí describen de grueso modo al resto, que resultan bastante redundantes en sus acciones y omisiones. Que la homosexualidad era prescrita legalmente, se sabe; así como también que la sociedad en su conjunto era el sensor más radical ante las desviaciones del status quo. Todo esto es crucial en el relato, pero la brocha gorda con que trazan los diferentes conflictos estriñe a los personajes, sin permitirles un desarrollo más realista en sus acciones. Aquí, el «solo contra el mundo» es ciertamente una exageración, que junto a los estereotipados personajes hace de la historia casi una parodia triste y esquemática.

[REVIEW] Alguien tiene que morir

La reconstrucción de la historia vivida por las minorías disidentes es alentadora como registro de una historia actual que tiene sus archivos, muy válida al cuestionar el pasado que forjó muchos de los prejuicios que aún hoy están vigentes, pero falla justamente porque el mismo relato cae en ellos. Belén, la prometida despechada de Gabino, es una criatura pobre que pasa del encanto al odio sin mediar más que un par de escarceos con los protagonistas, limitándose a ser solo una bruja más del extenso elenco femenino. “Las hadas tienen que ser una cosa o la otra, porque al ser tan pequeñas desgraciadamente sólo tienen sitio para un sentimiento a la vez”, supo escribir J. M. Barrie en su celebérrimo Peter Pan, concepto que de alguna manera regresa a nuestra memoria cuando observamos a los personajes femeninos que pueblan Alguien tiene que morir, donde solo se les ve deprimirse, aborrecer o manipular, pero siempre de a un sentimiento a la vez, como si realmente no pudieran manejar dos al mismo tiempo, de modo que unas se parecen a las otras sin un resquicio para una mirada distinta y compensadora del drama.

Carmen Maura, Isaac Hernández, Cecilia Suárez, Ernesto Alterio, todos ellos han probado más de una vez sus dotes actorales en tan disímiles géneros como escenarios, pero aquí simplemente rondan los dramas constreñidos, limitados por un conflicto en que los guionistas abusan al darle protagonismo. El ser un homosexual en tales circunstancias debe de haber sido un problema singularmente peliagudo, pero por momentos parece más el capricho de un adolescente frente a los adultos. Y nos repetimos, no es problema del elenco, pero sí de la exacerbada y continua, casi machacona, cantinela del hijo pródigo, del rompimiento de los cánones establecidos y de la búsqueda del sitio de pertenencia, que siembran la sensación de que no todo se dice o se contempla en el relato.

Los años duros del franquismo en España son más, mucho más, que un niño bien contraviniendo el status quo; son más que la persecución de la homosexualidad y la vanidad de una clase social. Así lo hemos entendido por los libros de historia y solo (como dicta el refrán) tocamos de oído, pero es claro que el melodrama casi teatral que intentan rescatar no encuentra un marco realista a su desarrollo. Sí, el joven que debía ser quien todos esperan, no lo es. Quienes odian cargan con más frustraciones que el odiado, algo tan mentado como el rosario y que hace de la historia un compendio de sitios vistos, sabidos y esperados. No existe tensión, excepto quizás en saber quién será el o la que muera, porque nada parece realmente importar en tan poco tiempo sobre cualquier otro tema.

Alguien tiene que morir recordará inmediatamente a las historias que Ryan Murphy ha estado escribiendo para Netflix últimamente, y un poco a esas series como Las chicas del cable, pero solo superficialmente, tanto como la historia que sin mucho éxito intenta narrar.

Esta reseña fue elaborada habiendo visto dos de los tres episodios que comprenden la miniserie.


[REVIEW] Alguien tiene que morir

Título: Alguien tiene que morir

Dirección: Manolo Caro

Guion: Manolo Caro, Fernando Pérez, Monika Revilla

Reparto: Carmen Maura, Isaac Hernández, Cecilia Suárez, Ernesto Alterio, Alejandro Speitzer, Ester Expósito, Pilar Castro, Mariola Fuentes, Eduardo Casanova, Manuel Morón, Juan Carlos Vellido, Carlos Cuevas.

Miniserie:  3 episodios.

España, años 50. La historia comienza con un joven al que sus padres le piden que vuelva a México para que puedan conocer a su prometida. Él regresa acompañado de Lázaro, un misterioso bailarín de ballet.

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Acerca de Marco Guillén 2827 Articles
Aguanto los trapos a Jordi Savall. Leo ciencia ficción hasta durmiendo y sé que la fantasía es un camino de ida del que ya no tengo retorno.

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