[OPINIÓN] Historia del cine de terror y el valor del horror cuando la realidad asusta

[OPINIÓN] Historia del cine de terror y el valor del horror cuando la realidad asusta

Hacemos un repaso express por el terror en el cine y la TV para convencerte de que incluso (o sobre todo) los tiempos de barbijo son más que compatibles con la temporada de Halloween.

Por @RockaOnTheGo

En tiempos de pandemia puede sonar raro tener que sentarse delante de una pantalla para asustarse, pero distraernos de la realidad con metáforas no es nada raro para el terror. O para el cine de género en general, e incluso para el cine como medio en su totalidad. La diferencia más grande es que hay más películas de Jason que dirigidas por Christopher Nolan.

Pero dejando un rato el elitismo de lado, durante la infancia del cine el género de terror, o los famosos «trucos ópticos» que hacían latir los corazones de blanco y negro de ese entonces, tuvo un rol fundacional en el séptimo arte. Principalmente llevando la batuta de los efectos especiales y de la imaginación en general. Fue el primer género (cuando no interesaba tanto esa distinción) que se preocupaba más sobre cómo mover esqueletos o superponer imágenes para obtener un efecto trascendental, que por poner una cámara frente a un tren u obra de teatro. Esos primeros innovadores de sensaciones iban a obtener más miradas que aplausos en su momento, pero los que cosecharon el mérito sembrado por ellos serian los cineastas de movimientos más respetables. El expresionismo alemán por ejemplo (ooh la la) le inyectó a algunas de las obras más importantes del cine esa estética y elementos que antes se encontraban en cintas juzgadas como modas o curiosidades más que otra cosa. De ahí sólo quedaba que el pochoclo hollywoodense haga lo suyo: defenestre y popularice influencias muy superiores a sus propias producciones.

En su afán por triunfar en la taquilla, catar con todo. Probaron redoblando la teatralidad europea, y luego bajaron el terror a cuestiones tan terrenales como enmascarados con un cuchillos. Para ese primer caso tomaron el camino corto y trajeron directores europeos a inyectarle adrenalina al cine yankee, pero para cuando pasaron a la fase de lo terrenal ya tenían generaciones listas para rebelarse contra esos canosos.

Pero tampoco hace falta mirar a terrores sobrenaturales de antaño para verlo, con abrir Netflix es suficiente para ver un claro ejemplo de todo esto en la sección de True Crime. Sean documentales o dramatizaciones, son producciones que atraer millones de espectadores desde hace muchísimo tiempo. Hoy se verá claro tras el boom del streaming y los podcasts, pero es algo que ya tenían muy claro los productores de TV. Particularmente el buen Dick Wolf y sus infinitas variaciones de «La Ley y el Orden». Pero el verdadero True Crime no empodera falsamente a su audiencia con cínicos atributos de plástico, sino reflejando las circunstancias más extremas. Llevando por un camino de adrenalina que termina en milagros para agradecer o casos para estudiar.

El terror y todos sus descendientes tienen el mismo valor que cualquier tipo de escapismo. Aunque si la historia es indicio de algo, es que además suele despertar la imaginación y pasiones. Le sirvió a tantos países en incontables ocasiones para metaforizar esas tensiones a las que no podían ver de frente de otra manera. Sea el terror asiático de la posguerra o la ansiedad nuclear y de la guerra fría en los Estados Unidos.

Hasta el romance se beneficia de algo de terror, sino pregunten a los millones de fanáticos (y no tanto) de la saga de «Twilight», o su vástago «50 Sombras de Grey». Atrás quedaron las épocas donde alcanzaba que Harry conoce a Sally. Hoy en día es casi ley condimentar todo con un poco de género o referencias a alguna década pasada. Es natural que de a poco las lenguas pidan más y más de ese tipo de especias. Total, una vez que el auge llega a su punto máximo siempre habrá naturalmente un regreso a la llanura natural. Hollywood no busca aplanar la curva, sino que todo acelere tan rápido para que nadie se de cuenta en qué momento de la montaña rusa estamos. Un día le damos máscaras y cuchillos, para cuando se den cuenta ya pasamos a burlarnos satiricamente de eso que le estábamos vendiendo con Wes Craven o Quentin Tarantino, y antes de que puedan reaccionar les vendemos cámaras de seguridad en la que una puerta se abre un poco titulada «Actividad Paranormal 7».

Hoy hablar de cine de terror fuera de los círculos especializados es hablar de aburrimiento. Películas que semanalmente caen en cartelera para repasar lo que ya funcionó de forma rápida y barata, repetir con un mínimo de actualizaciones símbolos como zombies o vampiros, e incluso alabar películas de horror excelentes con la excusa de que «¡son más que una peli de terror!». Porque el diálogo es puramente negativo a pesar de que haya año tras año excelentes exponentes. Lamentablemente es un género que aún al celebrarlo se siente la necesidad de meter un golpe bajo o dos. Cómo por ejemplo nosotros recordando a «Twilight» o «Actividad Paranormal» hace un par de oraciones.

Lo que a tantos snobs que hay dando vueltas no les gusta ver es que perderse en «Star Wars» o en «El Padrino» realmente no tiene mucha diferencia. ¿Qué tiene de diferente entonces hacerlo en «Hellraiser»? Lo único que realmente separa al horror es que tiene su temporada, su propia fiesta destinada a recordarles hasta a los que no quieren lo que es bueno. Esas semanas entre Octubre y, porque no, Noviembre donde se encuentra más fácil la excusa para darle play a algo que de miedo. No hay porque esperar a que el mundo real deje de darnos esa cuota extra de ansiedad o negatividad, justamente ese es el momento perfecto para recordar que la sangre falsa o Scooby-Doo siempre van a mejorar una tarde o noche cualquiera.


 

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