Retrospectiva Bastarda: «El caldero mágico» (1985), de Ted Berman y Richard Rich

Un repaso en nuestra sección «Retrospectiva Bastarda» de otro de los clásicos fantásticos de los ochenta. La adaptación animada de Disney de la saga literaria de Lloyd Alexander.

Por @mauvais1

Es sin lugar a dudas una etapa oscura, en varios aspectos, la que ahondamos al revisionar las películas animadas de Disney de la década de 1980; algo no muy diferente de lo que sucedía con otras productoras y sus proyectos fantásticos, de los que ya hemos hablado. Porque ciertamente hubo un quiebre o reinicio en la percepción que los estudios y sus productores, así como los guionistas y directores en general, tuvieron con respecto al género de «espadas y brujerías» y «alta fantasía», que claramente mezclaron con un interesante resultado. Ganó en el combate y desde el comienzo un acercamiento más adulto y por lo tanto una sombría concepción de la aventura tradicional del héroe. Se vislumbraba lo macabro del cuento como parte indispensable de la epopeya.

La década de 1980 fue una prolifera era de fantasías que entendía que para que el espectador deseara un final feliz debía pasar primero por ese turbio y malsano camino.

"El caldero mágico" (1985), de Ted Berman y Richard Rich

The Black Cauldron o El caldero mágico tiene una larga e intensa historia, desde la adquisición de los derechos de la saga, ocurrida en 1971, hasta su estreno en 1985. El tiempo transcurrido entre estas fechas es conocido como «development hell» o infierno de producción, y duró más de 15 años en los cuales los guionistas, directores y productores entraron y salieron del proyecto. El inconveniente venía, principalmente, de una trama compleja con muchos personajes como protagonistas, además del hecho de no encontrar el tono adecuado para contarla. Nada menos que Ollie Johnston y Frank Thomas, dos de los célebres «Disney’s Nine Old Men», convencieron al estudio de producir el film, y estuvieron involucrados el artista conceptual Mel Shaw (Bambi), Vance Gerry (Robin Hood), Rosemary Anne Sisson, John Musker, Ron Clements, Burny Mattinson, todos ellos parte fundamental de las animaciones clásicas como El Zorro y el sabueso, Policías y ratones, La Sirenita, Aladdin, etc. Pero esto no fue suficiente, la historia seguía escapando, aún con la dirección de Ted Berman y Richard Rich. No solo el guion presentaba un inconveniente,  también la oscuridad que la historia, enmarcada en la alta fantasía, conllevaba y a la cual no podían encontrarle un equilibrio.

Resulta sorprendente que la compañía del ratoncito entrara en estas lides, siendo conocida no solo por ser uno de las mejores adaptadoras de cuentos de hadas, sino  también por lo amigable que eran para con toda la familia. Atrás habían quedado los villanos de la talla de Maléfica de La Bella Durmiente o Grimhilde de Blancanieves y los siete enanos, y se habían dedicado hasta entonces a recrear esos hitos de la literatura infantil enfocados en otros asuntos. Personalmente creo que Disney tuvo en su revisión de los tan mentados cuentos de hadas, una visión en todo momento esperanzadora y positivista de sus protagonistas; edulcorada y edificante, donde al final había una moraleja, contrario a la alta fantasía que se concentraba en la aventura y el desarrollo de los personajes; en un universo complejo, mapeado, donde las sombras habitaban los mismos sitios que los héroes y, en muchos casos estas los poseían, narraciones frecuentemente asociadas a la mitología nórdica, griega y claro Galesa/Irlandesa.

"El caldero mágico" (1985), de Ted Berman y Richard Rich

La construcción de estos universos fueron mucho más explorados en los detalles, donde la antropología y la sociología de los pueblos eran cruciales para construir la narración. El acervo cultural era indispensable para el héroe de la historia. Esto venía ocurriendo en la literatura del género y The Chronicles of Prydain de Lloyd Alexander no era indiferente a esto.

Ciertamente, la versión animada de Disney cumple con los cánones establecidos de su producción, y para ello no sólo reescribe la historia de las primeras dos entregas literarias, The Book of Three (1964) y The Black Cauldron (1965), sino también a sus personajes.

La reducción de la cantidad sin conservar la calidad es una de sus falencias. Muchos de ellos desaparecieron sin más y otros fueron transformados en meros guiños simpáticos; como el hada Doli, que en realidad es un enano guerrero de temer. Adiós a Gwydion, príncipe de Don y a la conversión de Fflewddur Fflam, en un chiste de compinche, cuando es un rey bardo errante portador de un arpa encantada. Y ni que hablar del único personaje femenino de la historia, la princesa Eilonwy, restringida a un sitio que jamás terminaremos de entender; interés amoroso, heroína, princesa rescatada. El mismo Taran, protagonista del relato, es un frío y bidimensional adolescente, que al final de la historia parece que ha tropezado torpemente con la aventura y de la que salió indemne, sin ningún daño a pesar de haber estado en peligro de muerte.

Los personajes son planos, aunque simpáticos, cuyo desarrollo es nulo porque en todo momento chocan con la solución al conflicto, y esto tiene mucho que ver con el hecho de que el guion no plantea el aprieto a superar como un momento de evolución del ingenio de ellos, tan caro en la tradición irlandesa/galesa y sus historias, sino que se vuelve un hito para estimulación de los espectadores.

"El caldero mágico" (1985), de Ted Berman y Richard Rich

En cuanto a la animación, de calidad- al uso del estudio- no llega ni siquiera a lo visto hasta entonces en sus producciones. Si el espectador la compara con La bella durmiente (1959) o 101 Dálmatas (1961) por hablar de algunas cercanas a esta, porque ni hacerlo con Blancanieves y los siete enanos (1937) o Pinocho (1940); verá la pobreza compositiva del diseño de producción, la chatura de los fondos rígidos y el poco empate de estos con los personajes. No hay una búsqueda, tan mentada por el estudio, en el desarrollo de la acción, en la administración delicada de movimientos y construcción de los entornos. La solución es la concreción de estimulantes efectos especiales, de verdadera calidad, que no son sugeridos como parte de una escena, sino como fuerte de esta, en detrimento de los personajes, sus acciones y consecuencias.

Como suele suceder, la ingente cantidad de manos en los diseños, guiones y posteriores añadidos y exclusiones, convierte la aventura en una rocambolesca amalgama de situaciones. Confusa y estereotipada, la película erra entre lo adulto e infantil sin contención o progresión alguna. De hecho, la versión final sufrió varios cortes y reelaboraciones que despistaron aún más su sentido de aventura fantástica, alterando así su corazón, si me disculpa el lector el expresionista y romántico concepto, pero creo que es la mejor expresión para definirlo. El héroe, aquí no se redefine ni progresa, se estanca. La aventura es conducida por la acción, en la que no hay fricción alguna que revitalice o tenga alguna ascendencia en él. Solo discurre accidentada, llevándose por delante sus protagonistas y perdiéndolos en el camino hasta un final anticlimático y abrupto.


"El caldero mágico" (1985), de Ted Berman y Richard Rich

Título: El caldero mágico (The Black Cauldron – 1985)

Dirección: Ted Berman, Richard Rich (Libros: Lloyd Alexander).

Reparto: Grant Bardsley, Freddie Jones, Susan Sheridan, John Byner, Nigel Hawthorne, Eda Reiss Merin, Adele Malis-Morey, Billie Hayes.

Música: Elmer Bernstein.

Tarón es un valeroso joven que debe impedir que el malvado Rey Horned se apodere del Caldero Mágico, cuya fuerza misteriosa es capaz de crear un auténtico ejército de invencibles guerreros sobrenaturales. En su lucha contra el mal, Tarón cuenta con la ayuda de su maestro, Dallben, la princesa Eilonwy, un animal con aspecto de osito de peluche llamada Gurgi, un juglar que se hace llamar Fflewddur Fflam, un cerdito con dotes de clarividente y un trío de brujas excéntricas.

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Acerca de Marco Guillén 3159 Articles
Aguanto los trapos a Jordi Savall. Leo ciencia ficción hasta durmiendo y sé que la fantasía es un camino de ida del que ya no tengo retorno.

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