[OPINIÓN] Equinox: El salto de fe hacia la locura

Hace 20 años, Astrid presenció la desaparición de un autobús lleno de estudiantes. Ahora, acaba de encontrarse con una de las víctimas y decide investigar qué es lo que pasó.

Por @mauvais1

«La vieja noción de que el salvaje es el más libre de la humanidad no es verdad. Es un esclavo, no de un amo visible, sino del pasado, de los espíritus de sus antepasados ​​muertos, que acechan sus pasos desde el nacimiento hasta la muerte y lo gobiernan con vara de hierro».

Si comenzamos con una frase de James Frazer, el creador de la monumental obra «La Rama Dorada», verá el lector para qué lado va nuestra opinión sobre «Equinox», la miniserie danesa creada por Tea Lindeburg para Netflix. La reflexión, más allá de sus controversias, puede claramente identificarse con la trama, a veces oculta o disimulada, que corre en paralelo con la investigación de Astrid.

La historia es, desde el inicio, un nuboso noir nórdico, en que una joven resuelve investigar la desaparición de su hermana y sus compañeros de secundaria mientras festejaban su egreso, veinte años atrás; hecho que solo cuenta con tres sobrevivientes. Las posibilidades policiales son muchas, tantas como puede presentar el misterio del cuarto cerrado, tan recurrente en la literatura policial; ¿recuerdan “El misterio del cuarto amarillo” de Gastón Leroux o “Los crímenes de la calle Morgue” de Edgar Allan Poe?, pero aquí no habrá un elaborado plan lógico y racional. La serie opta por una explicación que, para nosotros, dista mucho de ser mágica. Más bien es producto de mentes desequilibradas, de almas perseguidas por sus propios miedos y sombras.

Son criaturas que sufren el peso de sus creencias, tanto heredadas como asumidas y re-elaboradas. Ciertamente, el gran número de guionistas no es precisamente un acierto, porque por momentos parece atesorar más el espectáculo mágico que su capacidad de crítica con respecto a la visión moderna sobre la superstición y los cultos paganos y por sobre todo el desequilibrio mental. Aunque desde el comienzo la trama gira en torno a la razón versus la fe, el Folk Horror surge como manifestación del inconsciente colectivo, como la herencia que se manifiesta en tiempos de desesperación y desesperanza. Así lo vemos en la madre de las hermanas que terminará siendo una acumuladora depresiva, o en los adolescente frustrados con sus vidas pueblerinas que salen en busca de nuevas emociones. La manipulación de la duda existencial o el codiciar nuevas fronteras que explorar, todo es parte de un vasto plan que solo unos pocos ejecutan y termina convirtiéndose en un drama social.

Ayuda en la fantasía el planteo mágico del asunto. El padre, el hombre sujeto racional y pragmático; la mujer la depositaria de un saber anterior y superior a la mediocre realidad; la niña soñadora otros mundos. La cueva y la diosa de la primavera, Ostara o Eostre. El hombre liebre y otras yerbas. Cada paso que dan y que los adentra en los intersticios de la cultura neopagana o Wicca, es un derrotero obsesionado con responder preguntas existenciales, porque también entra en juego, y con fuerza, el elaborar un duelo por una desaparición. ¿Como se puede llorar a una persona y superar su ausencia cuando no hay un cuerpo, una tumba? ¿Qué tipo de luto se asume ante lo que no es definitivo?

Astrid y su madre, así como los sobrevivientes, intentan en sus desesperación por hallar equilibrio, transitar la lista de las consabidas «etapas principales del duelo». Se rehúsan a creer que aquellos simplemente ya no están porque no hay cuerpos que lo confirmen. Se enojan con la imposibilidad de evitar tal suceso. Niegan constantemente, como Astrid internada en el psiquiátrico y su padre abandonando el hogar, y se deprimen cuando nada consiguen con esto. Pero al llegar a la fase de aceptación es cuando realmente se tuerce todo y se descalabran los procesos, lo tornan en un drama que profundiza la oscuridad en la que se hallan.

Desde el comienzo, el misterio se apuntala en dos personajes: el joven que intenta dar sentido a su vida espiritual y a su incierto futuro, una vez terminada la secundaria, y en la madre de las niñas, depositaria de la raíz de todo mal o causa fundacional de lo fantástico. Ella cree, lo que es primordial para dar cuerpo a la magia, ya que tiene que haber un crédulo para generar asombro ante el misterio y así esparcirlo en su entorno, dándole identidad, fuerza y, por lo tanto, capacidad de acción.

Es realmente fascinante cómo, en concreto, no es una fantasía imbuida en el Folk Horror sobre verdad espiritual versus razón. Es solo una mente enferma intentado dar sentido a lo que no puede aprehender. El final, ese extraordinario momento de constatación que hace Astrid, surge como una lectura poética del suicidio. Romantizan no solo la locura, sino también los finales trágicos de quienes no contaron con las herramientas para superarla. Queda claro que el desenlace no es lo que esperábamos y,  secretamente, ansiabamos. Hasta el último instante la historia corre con los conflictos mentales de sus protagonistas y solo somos testigos de su percepción de la realidad; y así, la subjetividad, el ver a través de ellos, nos condiciona a creer en lo que ellos creen, aunque no quiere decir que sea la verdad.

Un diosecillo del bosque se lleva todo por delante sin problemas, con paciencia, porque confía en lo terco del ser humano y su visión fatalista de la existencia, la desesperanza e impaciencia con que enfrenta los problemas más graves. Y volvemos a Frazer, porque somos esclavos de lo que heredamos en la casa y en la calle, porque somos incapaces de romper y re-escribir. Mueren porque están atrapados en un desconsuelo que con el tiempo les place y los convierte en diferentes al resto, en esa oscuridad medran hasta decir basta y mueren anónimamente.

Astrid corre hacia la verdad, a esa que cree que es, y también hacia al final sin importar lo que este depare. Necesita detener la molestia, cerrar un círculo que se inició cuando su hermana no volvió, pero lo hace tímidamente, desapareciendo ella también, sin dejar rastro. Que es lo que comúnmente cualquiera fantasea al contemplarlo.

A lo largo de los seis episodios se deja un rastro inequívoco de todo esto, apuntalado por un elenco que lo entiende y lo incorpora a una ficción de mitos y thriller noir. Se planta en medio de un jardín de fantasía una realidad cruel y presente como la depresión, el abuso, la manipulación, la ignorancia comprometida, el suicidio.

Decían que era la heredera de «Dark», pero positivamente es más pedestre y actual. Es trágica y, a pesar de que el final no nos termina de cerrar, una interesante metáfora sobre la crueldad del desequilibrio mental.


Título: Equinox 

Dirección:  Søren Balle, Mads Matthiesen

Guion: Mette Kruse, Tea Lindeburg, Tue Walin Storm, Andreas Garfield, Jacob Katz, Bo Mikkelsen, Mie Skjoldemose

Música: Kristian Leth, Fridolin T.S. Nordso

Fotografía: Laust Trier-Mørk , Mattias Troelstrup

Reparto: Danica Curcic, Lars Brygmann, Karoline Hamm, Hanne Hedelund, Viola Martinsen, Fanny Bornedal, August Carter, Ask Truelsen, Alexandre Willaume, Peder Holm Johansen, Rasmus Hammerich, Zaki Nobel Mehabil, Tina Gylling Mortensen, Susanne Storm, Joen Højerslev, Eskil Tonnesen, Andrea Engelsmann Persson, Marie Hammer Boda, Petrine Agger, Kirsten Lehfeldt

6 episodios.

Hace 20 años, Astrid presenció la desaparición de un autobús lleno de estudiantes. Ahora, acaba de encontrarse con una de las víctimas y decide investigar qué pasó.

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Aguanto los trapos a Jordi Savall. Leo ciencia ficción hasta durmiendo y sé que la fantasía es un camino de ida del que ya no tengo retorno.

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