[OPINIÓN] WandaVision – Temporada 1 (Ep.01 y Ep.02)

Una lectura sobre los dos primeros episodios de la serie que inicia la 4ta fase del Marvel Cinematic Universe (MCU). No, no hablaremos de easter eggs.

Por @mauvais1

Todos los que tienen a disposición la aplicación de Disney Plus han podido ver los dos primeros episodios de la serie que da inicio a la fase 4 de Marvel, cuyas anteriores concluyeron en Avengers: Endgame (2019), donde la vasta construcción del universo llegaba a su apoteósico momento después de 23 películas. El villano más grande y mejor construido de las entregas en general (por lo menos en Avengers: Infinity War) desaparecía en un chasquido de dedos de Tony Stark, llevándose con él a varios miembros del equipo Vengador. Uno de estos fue Visión, creación de Stark y Ultron (no dejemos afuera a Bruce Banner) que fue construida a partir de la conciencia de J.A.R.V.I.S. y que resulta, tras varias aventuras, ser el interés amoroso de Scarlet Witch, la joven experimento del Barón Von Strucker e Hydra que vemos por última vez en el memorial de Tony, intentando sobrellevar la desaparición de la única criatura que supo comprender su complejidad.

Ahora, de la mano de Jac Schaeffer, creador de la serie, retomamos su historia, que entendemos es posterior a todos los sucesos antes narrados. Y es, por comenzar, realmente intrigante el sitio desde donde han elegido narrarlo. Sitcom clásica de un Estados Unidos que por mucho tiempo resultó ser el paradigma e iniciador del concepto «American way of life». Esa explosión o explotación cultural que se llevó a cabo en los años posteriores a la Segunda Guerra mundial y que atesoraba ese concepto acuñado en su declaración de independencia «life, liberty and the pursuit of happiness».

Tiempos en que también se dio una etapa de prosperidad económica para la clase media, que pudo disfrutar del ocio vacacional y del dinero para consumir hasta el hartazgo lo que producían en las pujantes y nuevas tecnologías de sus fábricas. Alentada por la publicidad en la naciente televisión. Dentro de los aspectos más representativos del formato estaban el optimismo – casi infantil -, el bien común y la dignidad humana, que eran obra de una sólida y blanca familia de los suburbios; conformada por un padre proveedor, una madre ama de casa y niños siempre respetuosos de sus mayores a los que oían como oráculos.

¿Cómo es posible que Wanda Maximoff, nacida en Sokovia, un país ficticio de europa central – ciertamente basado en los ya existentes como los países Bálticos, arriesgamos nosotros – elabore como zona de confort, en lo que parece un trastorno por estrés postraumático o TEPT por los eventos vividos, un universo que jamás vivió o vió? Lo mismo que, podríamos decir, sucede con los jóvenes televidentes de hoy al ver los episodios. Lo que se dio a conocer como la primera edad de oro de la televisión estadounidense. «Father Knows Best», «I Married Joan», «I Love Lucy», «Leave It to Beaver», «The Danny Thomas Show». ¿Alguien tiene idea de que estoy hablando? Pues yo, quizás quitando a «Yo amo a Lucy», acabo de conocerlas.

Ciertamente un dejo irónico, y por qué no sarcástico, se oculta en estos dos episodios, o eso tiendo a creer. La hipocresía que se cultivaba en ese universo perfecto que mostraban los suburbios estadounidenses era desopilante, así que encerrarse en una mentira tan bien construida y probada/aprobada por toda la sociedad durante décadas no parece un mal plan.

¿Pero como ella dio con estos conceptos? ¿Supondremos que alguien la manipuló para vivirlos y creerlos?

Ciertamente alguien ha creído que el universo televisivo de los años dorados de la tv estadounidense es el mejor receptáculo para mantener a Wanda aislada de quién sabe qué o quién. Recuerdo perfectamente en Labyrinth (1986), de Jim Henson, esa escena en que Sarah, encerrada por Jareth, vive un soñado universo de princesas y mascaradas, y baila olvidando su propósito. Un mundo dentro de la bola de nieve tan inmaculado y fantasioso que hasta la misma niña comprende que es imposible que sea real. Como ocurrió en aquellos años con el trabajo de Robert Frank, un fotógrafo y cineasta suizo que supo retratar otro EE.UU. El contraste entre el optimismo reinante en los años 1950 y las diferencias raciales y de clases en la sociedad americana que daba por tierra tal ideal construcción. Pero la publicidad de ese estilo de vida prevaleció con fuerza, convirtiéndose en el sueño de muchos.

Los detalles y desajustes que Wanda ve y escucha, son las grietas de un sistema que colapsa por su falta de profundidad y construcción eficiente de los verdaderos valores que, como sucedía entonces, son enmascarados por la obtención rápida de una necesidad ficticia, construida por otros para consumirse como panacea; satisfacción creada y resuelta en tres pasos. Y sigo preguntándome hacia dónde corre esta narrativa. Viendo década tras década como cambiaban la tecnología en sus shows televisivos (del blanco y negro al color en las imágenes, los vecinos afroamericanos), más no sus paradigmas.

«Más allá de la ficción de la realidad, está la realidad de la ficción», escribió Slavoj Žižek, y ese juego es el que realmente me tiene fascinado en este producto televisivo al que solo tienen acceso los que cuentan con el aval económico de hacerlo. Un círculo consumista que se retroalimenta y a la vez se toma un instante para criticarlo y mostrar sus hilos. Un teatro dentro de otro y así hasta el infinito, con nosotros, los espectadores, entre medio. ¿Es posible que WandaVision haga una metalectura a varias capas? ¿Es acaso un chiste sobre la situación en la que son puestos los consumidores de esta serie por parte de Disney?

Alguien engaña a Wanda para mantenerla pasiva y receptiva, como el espectador estadounidense que consume el producto, fantaseando con un país que ya no es y viviendo en constante tensión política y social en la realidad cotidiana. Suena, por lo menos, macabro, porque lo que ella vive es espejo de lo que la propuesta crea para el espectador.

Elizabeth Olsen y Paul Bettany, como el resto del elenco, entienden perfectamente el timing cómico que llevaron a estas producciones a convertirse en clásicos del humor blanco americano. La creciente sensación de irrealidad es mucho más vivida y extraña. Que comience directamente, sin un prólogo, dentro de ese universo es tan pesadillesco como exótico. Los dos primeros, más allá de algún que otro detalle, mantienen el ritmo y las reglas del formato, y el metamensaje es variado y, por lo pronto, incómodo en el mejor sentido del término.

La subversión de los valores tan mencionados a lo largo de su historia como el «American way of life» (que la nación estadounidense vive hoy en día, con asalto de su congreso de por medio) y los dos primeros episodios de esta serie son como opuestos irreconciliables, fantasías extremas de un sistema que tambalea. Jac Schaeffer, Gretchen Enders y Roy Thomas, los guionistas de la serie, parecen entender mucho más de lo que supuse lo que están construyendo aquí. Y si resulta aburrido, es por la distancia histórica y social que puede generarse con respecto al marco narrativo de las series a las que homenajean. Pero sí hay razones para sentir intriga en que por qué es construido el universo de estos personajes a medida de estos productos, escaparates de una realidad prefabricada y frívola que vendía un producto que jamás fue para todos.


Título: WandaVision

Dirección: Matt Shakman

Guion: Jac Schaeffer, Gretchen Enders, Roy Thomas

Reparto: Elizabeth Olsen, Paul Bettany, Debra Jo Rupp, Fred Melamed, Kathryn Hahn, Teyonah Parris, Kat Dennings, Randall Park, Jolene Purdy, Asif Ali, Emma Caulfield Ford, Shane Berengue, Shaun MacLean

Serie: 9 episodios.

Combinando el estilo clásico de las sitcoms con el MCU (Universo Cinematográfico de Marvel), cuenta la historia Wanda Maximoff y Visión, dos seres con superpoderes que viven una vida idílica en las afueras de una ciudad hasta que un día comienzan a sospechar que no todo es lo que parece.

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Aguanto los trapos a Jordi Savall. Leo ciencia ficción hasta durmiendo y sé que la fantasía es un camino de ida del que ya no tengo retorno.

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