[REVIEW] Avatar: El Camino del Agua

James Cameron vuelve tras trece años para demostrar que el tiempo pasa, pero que su manera de entender y hacer cine se mantiene tan fresca como siempre. Un espectáculo visual para algunos, una epopeya narrativa para otros, pero en todos los aspectos Avatar: El Camino del Agua es el manifiesto de un autor.

Por @nahuutwm

Luego de trece años sin que una de sus películas llegará a la gran pantalla, existían dudas acerca de que nos presentaría James Cameron con una secuela que escépticos e ignorantes alegaban como “innecesaria”. Otros se aventuraban un poco más y se animaban a sugerir que la primera entrega de Avatar simplemente había tenido éxito por su apartado técnico, apartando la mirada consciente o inconscientemente de lo que verdaderamente Pandora nos proponía como posibilidad. Lejos de querer hacer futurología, pasará algo similar con esta secuela, las comparaciones con Pocahontas serán reemplazadas por Tarzán y lo superfluo dominará las discusiones acerca de un aparente virtuosismo visual carente de sustancia. Nada más ajeno y errado de lo que realmente es la película.

James Cameron, desde los comienzos de su carrera, se presentaba como un director de secuelas con aquella tan divertida «Piranha 2″, que sumaba una nueva particularidad a aquellos animales despiadados que había trabajado Joe Dante, les agregó alas. Algo simple y hasta infantil, pero que conociendo la obra de este director no parece ser algo casual que aquellos demonios pudieran sobrevivir fuera del agua. El agua en el cine de Cameron es aquel elemento que saca a relucir las verdaderas emociones de sus personajes, aquello que purifica y suele traer resurrección o una nueva vida a sus protagonistas, el mal suele ser expulsado al igual que estos demonios alados. En esta misma obra se presentaba otra de las preocupaciones del autor, la corrupción de lo sagrado y la avaricia humana por controlarlo todo. Algo que estaría presente en toda su filmografía, incluso que muchos podrán reconocer en la primera película de Avatar con los marines y Parker Selfridge, benefactor de la expedición a Pandora en busca del unobtainium que obtenían del Árbol Madre de los Omaticaya. Al igual que Carter Burke y la Corporación Weyland-Yutani en «Aliens» o Skynet en «Terminator 2», la codicia humana estará siempre en conflicto con lo sagrado en el cine de Cameron.

Desde un comienzo, Cameron tenía claro que contar y lo fue desarrollando a lo largo de los años en distintas películas. En este caso, Avatar: El Camino del Agua ocurre tras aproximadamente 13 años desde los eventos de la primera, esto se puede deducir debido a que Jake Sully (Sam Worthington) se ha quedado a vivir con los Na’vi y ha formado una familia con Neytiri (Zoe Saldaña), con quien ahora tienen cinco hijos, dos varones adolescentes: Neteyam (Jamie Flatters) y Lo’ak (Britain Dalton); una niña adoptiva: Kiri (Sigourney Weaver) y un niño pequeño: Tuktirey (Trinity Bliss), además de «Spider» o Javier Socorro (Jack Champion) un misterioso joven humano que siempre está con los hermanos Na’vi y se considera prácticamente de la familia. De esta manera, se conforman los miembros que Jake Sully deberá proteger a cualquier costo.

Hablamos de familia y, al igual que la relación entre Ellen Ripley y Newt en Aliens, que el T-800 y John Connor en «Terminator 2» y Harry Tasker con su mujer e hija en «True Lies», la relación de las figuras paternas/maternas será fundamental en El Camino del Agua. La relación de Jake Sully con sus hijos tomará un drástico cambio cuando, en uno de los nuevos ataques de las «personas del cielo» (como los Na´vi nombran a los humanos) casi hieran a uno de sus hijos, en los primeros minutos de la película. Por lo que Jake toma una postura mucho más conservadora y rigurosa con sus pequeños. De esta manera, Toruk Makto deberá enfrentar duras decisiones mientras lidia con algunos problemas de su pasado, en una lucha tanto externa como interna.

Hablamos de las «personas del cielo» y lo cierto es que la ferviente obsesión de un personaje del pasado llevará a que perviertan algo tan sagrado como la vida humana. Los enemigos de esta entrega jugando a ser dioses mientras vuelven por los recursos naturales y tierras de los Na´vi. Como suelen ser habitual en el cine de Cameron, estos serán presentados rodeados de un fuego que arrasa todo a su paso, en contraposición al agua que purifica. Por este motivo, también por razones que no develaremos, los protagonistas terminarán junto a un nuevo clan Na´vi: los Metkayina. Al igual que los Omaticaya, estos tienen una fuerte conexión con los elementos de la naturaleza. Si el clan protagónico de la primera entrega eran seres del bosque, estos lo son del agua. De esta manera, tendremos un nuevo mundo que conocer, nuevas costumbres y fauna que permitirá que salga a relucir la nueva tecnología en la que Cameron y su equipo vienen trabajando durante tantos años y que, puedo asegurar, valió cada segundo de espera. No se trata solo de un CGI que bordea el hiperrealismo con movimientos tan fluidos que, sumados al 3D, generan esa experiencia tan inmersiva que ya había conseguido la primera Avatar en 2009, en este caso incluso diría que es aún mayor. Pandora realmente existe frente a los ojos del espectador y será común perderse entre sus imágenes, amén del trabajo de iluminación que sobre todo en las escenas bajo el agua deslumbra por lo perfecto que se ve todo, al punto que las más de 3 horas de duración se quedan incluso cortas.

Sin embargo, Avatar no solo reluce por su apartado técnico. Es en sus personajes donde habita la verdadera fuerza de esta historia, dejamos a un lado a un Jake Sully con muchas más preocupaciones y dudas para abrirnos paso a un vasto universo de nuevos personajes. Con los pequeños niños a la cabeza y centrándonos en el desarrollo de este quinteto, dando paso a una especie de coming-of-age dentro de la misma película. Esto no llama la atención porque si hay algo que James Cameron hace con todas sus secuelas es expandir y subvertir ciertos elementos de la narración. Expandir en el sentido de incorporar nuevos personajes, realizar escenas técnicamente más espectaculares o volcadas a generar mucha más acción y el desarrollo sostenido de todos elementos. Subvertir, por otro lado, en el sentido de tomar elementos ya conocidos y cambiar esos significantes que dábamos por hecho en sus primeras entregas. Personajes aparentemente que eran maldad pura, mostrando un costado más humano, personajes seguros de sí mismos mostrándose con dudas o con un trauma a superar y en el Camino del Agua será una síntesis perfecta de su carrera.

Subvierte, primero, el eje del relato centrándonos en el punto de vista de los Na´vi y dejando a los humanos como aquel elemento disruptor de este mundo. Subvierte a Jake Sully, con un claro rol activo en la primera entrega, a un rol más pasivo, y si bien no podemos revelar ciertos detalles, humaniza a cierto personaje contraponiéndolo con Jake, y haciéndolo recorrer el mismo camino que él, para espejarlo en un desarrollo magnífico que culmina en una de las secuencias más emotivas de la película. Por supuesto que los pequeños niños también jugarán un juego de espejos y dobles, buscando la aprobación de su padre en oposición unos con otros, en especial por parte de Spider y Lo’ak.

En definitiva, en Avatar: El Camino del Agua nos encontraremos con lo que superficialmente parece ser una repetición de la misma historia, al igual que otras secuelas de este director. Sin embargo, lejos está de serlo, ya que sus nuevos elementos funcionan de tal manera que, con elementos similares, se desarrollen relaciones y una concatenación de hechos bastante diferente al planteamiento de la primera entrega. Esto termina por brindarnos una épica emocional y cinematográfica, como pocas veces se ha visto últimamente. Si en otra gran obra de este mismo año como «Top Gun: Maverick» se nos hablaba de Pete Mitchell como el último héroe, uno de otro tiempo, capaz de lograr lo imposible. Ya sea sobre una misión militar en la que hay que pilotar aviones a grandes velocidades o llevar de vuelta la gente a los cines. En El Camino del Agua lo que hay es el manifiesto de un autor. En el sentido de contar una historia con preocupaciones e intereses reales, no para dejar un mensaje moral sobre la deforestación, la caza de animales o la colonización, aunque por supuesto eso también puede estar, sino para revalorizar un medio que últimamente grita agónicamente. Porque cuando vienen personas que no entienden de lo sagrado, de la tradición y solo piensan en el dinero, el único camino es luchar para proteger aquello que amas, con un arco y una flecha o con una cámara de cine.

PUNTAJE: 10/10


Título: Avatar: El Camino del Agua

Dirección: James Cameron

Guion: James Cameron, Rick Jaffa, Amanda Silver.

Reparto: Sam Worthington, Zoe Saldana, Sigourney Weaver, Kate Winslet, Stephen Lang, Cliff Curtis, Joel David Moore, Giovanni Ribisi, Edie Falco, CCH Pounder, Jemaine Clement, Brendan Cowell, Jamie Flatters, Britain Dalton, Trinity Jo-Li Bliss, Jack Champion, Bailey Bass, Filip Geljo, Duane Wichman-Evans, Dileep Rao, Matt Gerald, Robert Okumu, Jennifer Stafford, Keston John, Kevin Dorman, Alicia Vela-Bailey, Sean Anthony Moran, Andrew Arrabito, Johnny Alexander.

Ambientada más de una década después de los acontecimientos de la primera película, ‘Avatar: The Way of Water’ empieza contando la historia de la familia Sully (Jake, Neytiri y sus hijos), los problemas que los persiguen, lo que tienen que hacer para mantenerse a salvo, las batallas que libran para seguir con vida y las tragedias que sufren. Secuela del éxito de taquilla Avatar (2009).

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