La adolescencia de la TV: Complejidad post-2000 y simplicidad por Streaming

La adolescencia de la TV

Repasamos como en los 00s se dio la adolescencia de la pantalla chica, ahora madurando a los tumbos entre el streaming y la nostalgia por las simples antologías del ayer.

Por @RockaOnTheGo

Ah, los 2000. Que tierra mágica de caos positivo tan alejada de lo que nos rodea en estos tiempos. En algún momento la televisión servía como simple escapismo diario, dejándole al cine sufrir en su intento por reflejar las problemáticas de la realidad. Hoy en día el escenario es muy distinto, en ese rol escapista ya está la internet hace rato, mientras que la TV tiene las mangas arremangadas compartiendo intenciones con su hermano mayor. Los comienzos de estos cambios vinieron a fin del milenio, pero las dolencias que definitivamente marcarán la madurez de la televisión tuvieron lugar durante esos malditos 00s.

La adolescencia de la TV

Empezar por el principio suena algo aburrido por lo que arrancaremos con un saltito a la gran serie que inauguró la siguiente década: Game of Thrones. GoT es una serie en la que el número de personajes, las diferentes relaciones entre ellos y el entramado narrativo que los involucra no podía distar más de ser algo negativo. Ciertamente alejó a más de uno de verla en un principio pero esa complejidad que ostentaba alentó a una gran mayoría a hincarle los dientes a un contenido que prometía un ejercicio algo intelectual acompañando esos aspectos más primitivos que HBO sabe sirven para llamar la atención del televidente. Esa brecha que visibilizó entre las audiencias desalentadas por su aparente complejidad y los millones que se vieron sedientos de ella, marcan uno de los grandes cambios que trajo esa adolescencia televisiva.

Pero volviendo un poco, hablemos de quién tenía la corona a principios del milenio. Aunque no faltan candidatos a ese trono, es imposible tener una discusión de las grandes series de televisión sin soltar la obviedad de The Sopranos. Aunque si volvemos a esos años en los que estaba terminando aquella serie emblema de HBO, había una que se encontraba robándose las miradas de la gran mayoría de los televidentes que no pagaban para traer la mafia a su living semana a semana. Lost capturó la imaginación de millones de pobres inocentes, creando un modelo que otros continúan imitando al día de hoy. La base del mismo es la filosofía del director y productor JJ Abrams, denominado por él como la Caja Misteriosa. El buen hombre argumenta que en todo momento, el interés de la audiencia está ligada a sus expectativas acerca de lo desconocido que promete una serie o película, por lo que cada una de sus producciones (sea en la gran pantalla o nuestra querida caja boba) tienen argumentos que priorizan oscurecer el conocimiento de los espectadores para así exprimir lo más posible toda esa expectativa.

No es raro que la estrategia termine saliendo por la culata. Incluso Lost, por lo popular y amada que es, terminó despertando la ira de más de uno cuando concluyó sin satisfacer muchos de los misterios que semana a semana improvisaba solo para dejar a sus fieles en vela. Pero la exitosa carrera de Abrams, además de la infinidad de producciones (principalmente en TV) que imitan esas prácticas de Lost, indica que algo de verdad se esconde en su locura.

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Si bien sobran las series que intentan copiar completamente la receta de Lost (isla incluida), la mayoría de las producciones contemporáneas de calidad terminaron aprendiendo y aplicando a cuentagotas ese misterio que proponía JJ y compañía. De hecho, las series actuales se destacan (en su mayoría) por haber dado un paso más allá de los ejecutivos de traje poniendo los proyectos a imitar en un powerpoint, colocando en su lugar a creativos con ganas de deconstruir el éxito pasado en pos de nuevos tipos de experiencias que mantengan algún gusto familiar. Por ejemplo, una de las reinas de la TV en los últimos años siguió los pasos de Los Sopranos con una pizca de Lost en los momentos finales de casi todos sus capítulos.

Breaking Bad le volvió a ofrecer a la audiencia un antihéroe en el que perderse, aunque lo hizo esta vez mostrando cómo una persona común termina tentada por la senda poco moral. Ciertamente hubo antihéroes protagónicos en la televisión antes de Tony Soprano o Walter White, pero el éxito de ambas series en este recién arrancado milenio confirmaron que muy atrás quedaron esos tiempos en que la TV solo ofrecía la comodidad de figuras de imposible moral haciendo siempre lo que deben. Ahora las garantías eran que Walter iba a verse en las dificultades de una sucia realidad igual a la de la mayoría (con problemas económicos, de salud y golpes al orgullo que vienen de la mano con la vida de clase media), pero encontrando una salida airosa de la mano de los impulsos inmorales que satisface la ficción. Aunque lo que si uno desconocía era la resolución de sus decisiones, o más puntualmente, como iba a concluir un capítulo para dar inicio al siguiente.

El constante y excelente uso de los cliffhangers en Breaking Bad fue una de las grandes razones por las que triunfó de la manera que lo hizo, alcanzando su popularidad alrededor de la segunda y tercera temporada gracias a su exposición en Netflix. Esos momentos finales en cada capítulo dónde dejaba abierta la conclusión para ver en el siguiente no sólo le plantaban un lagrimón a JJ, sino que la hacían una perfecta serie para bingear en la era naciente del streaming. Al igual que su protagonista, la serie no le hacía asco a ensuciarse las manos con recursos poco elegantes como podrían categorizar al a veces burdo cliffhanger. Sabia que bien utilizado iba a terminar condenando a tantos adictos que buscaban explotar en conversaciones anonadados por lo que ocurrió en el último capítulo, o para predecir que se podía venir después. Predicciones que definitivamente podrían terminar en un mal trago, como pasó con Lost o GoT, aunque ese es el precio que se paga cuando uno tienta a una audiencia con sed de complejidad narrativa. O al menos la ilusión de la misma.

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A su vez toda esta voracidad por la complejidad también sirvió para sembrar las semillas de la contracultura de lo simple, generando una suerte de nicho en la TV actual: el regreso de las antologías. Lideradas por la mente creativa de Ryan Murphy, productor y guionista que lleva ya 12 series desde las explosiones continuas de sus Glee y American Horror Story. El éxito de esta última sirvió como base para el revival en cuestión, que además de contar con varias de Murphy, también ha sumado proyectos nacidos de grandes nombres como David Fincher, Steven Spielberg o Jordan Peele.

Casi ninguna ha obtenido una continuidad en su relevancia o éxito como las de Murphy, aunque no por eso dejan de producirse con la esperanza de que alguna acabe convirtiéndose en un zeitgeist cultural como Black Mirror. El éxito de la misma es inconmensurable, impregnandose por completo en la cultura popular, y en el mismo tiene varios factores: preocuparse más en lo propio que en sus influencias, saber combinar sus libertades y ambiciones o quizás la más importante; envolver en un paquete de fácil consumo complejidades que se mantienen en un misterio capítulo a capítulo hasta el momento en que se le da play. Un verdadero tesoro para las generaciones que no vieron La Dimensión Desconocida en su smartphone.

Es en ese smartphone donde mucho del consumo televisivo acaba teniendo lugar; y no nos referimos al consumo directo. Se ha abierto hace mucho el juego a que una serie de TV no termine con los créditos. Ya es usual que las series populares tengan a continuación un programa en el que se discuta lo ocurrido en el episodio que acaba de terminar y en vistas a lo que se viene. La movida tomó fuerza en series de ficción por la movida del canal AMC con sus dos gigantes de popularidad: Breaking Bad y The Walking Dead (Talking Bad y Talking Dead respectivamente), aunque fueron tomadas claramente de los realities que hace rato lo establecieron en su formato. Porque cómo la ficción televisiva no va a tomar nota también de la popularidad de los Reality Shows y sus varios recursos estéticos, como en su momento el mockumentary hizo con los documentales. Ah claro, como olvidarnos también del boom de la versión yankee de The Office.

Qué mejor ejemplo de que la TV estaba en plena rebeldía adolescente que el hecho de que después de que Friends haya sido la sitcom más sitcom de la historia de las sitcoms, la atención y el amor de los televidentes pase casi inmediatamente a unos empleados de oficina sin glamour alguno, grabados con cámara en mano. Hoy ya es tan normal como usar barbijo, pero en un principio pocos discutirán que explicar porque The Office era diferente a otras comedias no agregaba un poco bastante al encanto de mirarla y compartirla.

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Esas de mirar televisión y comentar lo que viste suena bastante bien pero en algun punto se decidió que no era suficiente. Por eso en el espíritu de esos after-shows de AMC y realities, actualmente se ha dado un paso más en la misma costumbre con la incorporación de los podcasts. Ahora prácticamente cualquier serie de televisión tiene acompañándola un podcast oficial en el que invitados de la producción hablan de la misma tras cada episodio. Cómo si de un video de Réactions en YouTube se tratase, pero con la ilusión de glamour de Hollywood o Los Ángeles.

Un ejemplo reciente es el podcast oficial de The Plot Against America, en el que el creador y productor ejecutivo de la serie David Simon (conocido por crear trabajos excepcionales como la seminal The Wire) puede comentar particularidades del guión, la adaptación de la novela, la producción de la serie e incluso el casting entre tantas otras cosas. Tener la posibilidad de, en el segundo en que terminamos de ver algo, encontrar comentarios complementarios de la persona (genio en este caso) que produjo esa misma obra es una maravilla de estos tiempos que le pianta un lagrimón a cada uno de los dueños de cadenas que por un segundo temían que la gente (consumidores en este caso) interrumpa por un segundo el consumo de sus productos.

Al igual que el cine, ahora la TV también evoluciona a eventos como los deportivos. Si no viste la última de Avengers el finde de su estreno o no bingeaste The Witcher la semana en que salió seguramente te encontraste bastante desconectado de todos tus pares y amistades en la conversación de esa semana. Conectarse sin pensarlo al flujo de contenido constante en lo que se convirtió la experiencia humana en 2020 es siempre tentador, y en algún punto inevitable, pero no está de más recordar que si uno se toma unos segundos actualmente hay disponible una variedad de producciones para satisfacer a cualquiera más allá de lo que sugieren en recomendados. Gracias a la simbiosis entre la TV, el streaming y los podcast, podés revivir lo simple de antes, o algún contenido que sirva para profundizar estas series actuales que en algún punto quizás se pasaron un poquito de ser simplemente complejas.

Después de todo, ¿Quién peor que un adolescente para decidir por vos?


 

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