Lovecraft: «La muerte del autor» y la Cancel Culture

Lovecraft: "La muerte del autor" y la Cancel Culture

Trabajos recientes traen nueva relevancia al autor que influenció gran parte de la cultura moderna, estando a la vez unido como pocos a conceptos de antiguos ensayos franceses y Twitter.

Por @RockaOnTheGo

No se si sabian pero Howard Phillip Lovecraft era bastante basura. El autor de historias cortas de terror conocido principalmente por los «Mythos de Cthulhu» y creador del subgénero de “Horror Cósmico” no sólo era una persona (un pecado desagradable) sino todavía peor: un hombre blanco de principios del siglo 20. Para mayor información puede googlear el nombre de su gato, pero para tranquilidad de todos murió jóven, pobre e infeliz.

El trabajo literario de Lovecraft es tan imperfecto como su persona, y eso es justamente lo que lo convirtió en influencia de casi todo lo que uno puede consumir hoy en día. Incluso fuera de la literatura o de los trabajos de género. Y es que el arte que más inspira es el imperfecto.

Obviamente que lo más manufacturado para reducir imperfecciones es hiperpopular, sin dudas. Pero para inspirar otros artistas, a intentar hacer lo suyo, es casi excluyente tener elementos que tienten ser modificados. Hoy en día la gran mayoría de proyectos es “X pero con Y”, principalmente trayendo voces y perspectivas que hace años veían su participación artística limitada. Es natural y no es nada nuevo. Desde tiempos inmemoriales la gente de marketing viene vendiendo esos giros de tuerca, o creadores procesando sus favoritos de ayer a través de los lentes de su experiencia en el presente.

Lovecraft: "La muerte del autor" y la Cancel Culture
H. P. Lovecraft (1890-1937)

La literatura en general, y el estilo de Lovecraft en particular, invita a que uno se ensucie las manos en el proceso creativo que es el experimentar uno de sus trabajos. Las puntuales descripciones repletas de sugerencias e infinidades de elementos dejados a la imaginación hace que lo más aterrador de sus historias este lejos de las páginas ya escritas. Autores como Stephen King o Jorge Luis Borges encontraron su obra inmensamente inspiradora, como también lo hicieron cineastas como John Carpenter y Guillermo del Toro, al igual que artistas gráficos como Alan Moore o Junji Ito. El sinfín de creativos que usaron su obra como combustible para el trabajo propio también está acompañado por el hecho de que pocos resisten la tentación de meter pequeñas referencias a él en sus proyectos, sean musicales o en materia de videojuegos.

La gran mayoría vive su vida consumiendo obras de todo tipo influenciadas por su trabajo, aunque su nombre va a ganar algo más de relevancia propia gracias a la adaptación de HBO de Lovecraft County, novela del 2016 que encuadra su horror cósmico con el ferviente racismo estadounidense a fines del siglo XIX. Una llegada al mainstream con bombo, platillo y J.J. Abrams que no es más que un eslabón en el surgimiento reciente del «Racecraft«, trabajos inspirados por la obra de Lovecraft que inyectan en su estilo la perspectiva de color que tanto odio le despertaba.

Lovecraft: "La muerte del autor" y la Cancel Culture
Lovecraft Country de Jordan Peele para HBO

Este estilo muestra una nueva iteración de la «cancel culture». Más bien algo conocido antiguamente como “diálogo”, aunque sepan disculpar si estoy en lo correcto al respecto de un arte milenario ya en desuso. Lejos de ignorar tamaños trabajos artísticos que a su vez crearon consecuentemente tantos otros, los usan como base para crear algo nuevo más acorde con la realidad inobjetable actual. Algunos lo harán con bronca, otros seguramente disfrutando al imaginar lo mucho que le debería haber molestado al viejo H.(d.)P. Pero todos con los motivos propios nacidos de esa influencia, casi como hace cualquier otro artista en cualquier medio desde esas primeras cuevas con fanart de bisontes.

Hoy en día lo más evidente es el trabajo artístico de minorías que no se veían del todo reflejadas en lo que solía ser la norma totalitaria, pero antes venía en otras formas mucho menos conflictivas ante los ojos de tantos otros: música pero con distorsión, radio pero a través de la internet o teatro pero interpretado por un montón de personas muy chiquititas dentro de una caja mágica. La base de cualquier trabajo artístico es esa mezcla perfecta de inspiración y ego que logra engañar por breve momento y hacerte creer que vas a hacer algo con valor propio. La imperfección de Lovecraft es inspiración pura, y afortunadamente el mundo es una corriente incesante de necios que creen poder hacer algo mejor. Que tanta razón hayan tenido es francamente irrelevante.

Esta cultura de la cancelación tan modernosa y SEO-friendly es una bendición para la maquinaria del “periodismo” por su valor tanto en el clickbait como en las secciones de comentarios. Pero debajo de ese sombrero nuevo está la «Stacy Malibu» que todos ya tenemos. La eterna separación del autor y su obra tuvo un quiebre cuando hace medio siglo se publicó aquel ensayo francés “La muerte del autor”, dónde se criticaba contextualizar cualquier obra en el marco de quién la haya producido bajo el argumento de que una vez completada se vuelve un ente independiente. Algo bastante válido y contracultura, muy francés. Aunque más baguette todavía es el hecho de que sea un concepto tan débil, reaccionario y simplón. Hoy en día seguramente sirva más que nada para alertar al resto de tu esnobismo latente, pero como concepto ya se encuentra más aceptado e incorporado a la cultura popular. Aunque sin ser ley.

La realidad es que la obra y el autor son conceptos separados aunque no independientes. El contexto del autor y su tiempo es la base de una obra, cualquiera sea esta. Y aunque esté en cada uno hacer o pensar lo que quiere de la misma, nunca va a tener una perspectiva completa del significado imbuido en ella si no se tiene en cuenta su contexto. Qué Lovecraft haya tenido sentimientos tan negativos hacia sus pares considerados «inferiores» es realmente imposible de separar de un universo de su autoría basado completamente en lo inferiores, minúsculos e insignificantes que somos los humanos frente a otros seres. En este caso un «Dios durmiente» con cabeza de pulpo y alas de murciélago, pero bueno no hay que perder de vista el universo por ver un Cthulhu.

A casi un siglo de su fallecimiento, el horror lovecraftiano no sólo mantiene su relevancia sino que además suma nuevos significados. Ya no se entregan bustos de su imagen como premios, aunque su estilo y creaciones se mantienen como referencia directa o indirecta de innumerables artistas de varios medios. Se canceló a la persona pero a la obra se la revalorizó como es debido, procesando los cambios naturales que ocurren en la percepción de una obra artística cuando nueva información sobre el artista entra en juego. Suena quizás a un proceso demasiado complejo para redes sociales con caracteres limitados diseñadas como embudo de declaraciones reaccionarias, pero debería convertirse en algo relativamente común para todos.


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