Inmenso Bastardo N°3: «Los siete samuráis» (1954), de Akira Kurosawa

Bienvenidos a Inmenso Bastardo, la sección semanal en la que nos encargamos de explorar la historia del cine, pero con un detalle: Todas las películas que hablaremos en la sección duran 3 horas o más. Esta semana, después del inmenso doble programa racista que nos antecede, tomaremos un poco de distancia. Distancia temática, cronológica, y, sobre todo, geográfica. Viajaremos a la tierra del sol naciente, también conocida como Japón, para hablar de Los siete samuráis, la obra maestra de Akira Kurosawa. Acompáñennos.

Por @nicobarak

Quizás por la naturaleza de la sección, la palabra obra maestra a veces quede un poco banalizada, ya que, al fin y al cabo, estamos hablando de las películas más grandes de la historia. Pero en este caso, y a diferencia de los dos primeros episodios donde hablábamos de películas enormes e imponentes visualmente por sus decorados inmensos y sus altísimos presupuestos, no tenemos específicamente eso. A pesar de ser una película increíblemente ambiciosa desde la producción, con una ambientación en el Japón feudal y unos decorados igual de enormes a sus expectativas, el presupuesto de Los siete samuráis es un paso atrás en relación a las propuestas estadounidenses. Pero claramente, esto no afecta en lo absoluto a la atención y el detalle que la película tendrá en su puesta en escena, igual de enorme e icónica.

Vamos a hablar de la historia. Y para hablar de la historia, vamos a tener que hablar de el legado que le dejó al cine esta historia. La premisa es simple:

Japón, año 1586. Un grupo numeroso de bandidos se dedican a asaltar ciudades y pueblos enteros, robándoles la cosecha y dejando a su población sin comida alguna. Cuando los campesinos de un pueblo se enteran de que serán atacados muy pronto por estos bandidos, se deciden a contratar a siete samuráis (que es con suerte lo que podían permitirse) para que frenen a los malhechores y defiendan su cosecha.

Esta premisa, que hoy parece simple y directa, fue en su momento la piedra fundamental que terminó estructurando miles de películas a futuro. Desde el obvio ejemplo de los remakes que tuvo, como Los siete magníficos (1960) de John Sturges (el cual a su vez tuvo un remake en 2016 a cargo de Antoine Fuqua), que en forma de Western repetía la estructura de buscar 7 salvadores que defiendan a un pueblo, hasta películas como Los vengadores (2012) o La liga de la justicia (2017), con una estructura igual de parecida. Pero reducir Los siete samuráis a la estructura sería definitivamente achatar una obra llena de detalles y mimos del cineasta, que crearía su propio estilo visual y desarrollaría una influencia cinematográfica brutal.

Para entender este estilo de Akira Kurosawa, primero debemos comprender de dónde venía el cine japonés en su totalidad. Japón, para el año 1954, recién estaba recuperándose de las catástrofes producidas al estar en el bando del Eje durante la Segunda Guerra Mundial. Sus películas durante esa época fueron, obviamente, propagandísticas, pero con el final de la guerra y luego de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, el pueblo y sus cineastas quedaron afectados con un sentimiento de desesperanza.  Películas como El ángel ebrio (1948) de Kurosawa son una clara muestra de este sentimiento, el cual a pesar de no ser directamente catalogado como “película de posguerra”, sí demuestra este tono depresivo de aquella sociedad. Otros países como Italia hablarían de forma más directa sobre el efecto de la guerra en su pueblo, pero en Japón esto está mucho más oculto en el exterior, siendo a su vez, mucho más presentes en su interior.

La lista de cineastas que salieron de ese sentimiento de posguerra fue muy importante. Directores como Kenji Mizoguchi o Yasujirō Ozu fueron marcados por este estilo, ya sea porque lanzó sus carreras o porque afectó a las mismas con un tono de madurez mucho más claro y desarrollado. Dentro de este tipo de realizadores, Akira Kurosawa será probablemente el más prestigioso a niveles internacionales, con premios en festivales de cine y una llegada mucho más masiva. Pero, a pesar de ser obviamente un director japonés, no es difícil encontrar las influencias de las que toma Kurosawa para su propio estilo.

Está claro que el Western de figuras como John Ford (el estadounidense por antonomasia) sirvieron para la iconografía visual que iba a generar Kurosawa. Películas como La diligencia (1939) son claras antecesoras del estilo del japonés, quien miraba a los estadounidenses con el mismo cariño que luego Quentin Tarantino mirará a los japoneses.  Los planos generales, la fluidez de la cámara, y hasta la personalidad de algunos de sus héroes, todo es tomado por el director y reconfigurado. A su vez, el estilo propio de Kurosawa luego iba a ser retratado en los westerns estadounidenses de los ’60, también llamados “Western crepusculares” por esta misma sensación de desesperanza y de final de tramo.

Volvamos entonces a Los siete samuráis. Decíamos que este estilo desesperanzador de posguerra está muy presente en Kurosawa. Una de las maneras más claras de entender, de una forma simplista y bastante básica, el poderío dramático de esta película es en las motivaciones de los samuráis. Tal como uno de los samuráis le dice a otro para traerlo a la tarea: “Esta misión no nos dará ni fama ni dinero”. No había mayor motivación que la justicia. El honor. Vaya uno a saber que le puede disparar esta frase al espectador. Lo que si se puede tangibilizar, sin ánimos de spoilear, es que el final de la película deja claro un espejismo con esta frase dicha casualmente durante el film. Está claro quiénes ganan y quiénes no ganan la batalla.

La potencia narrativa de la historia posibilita a su vez estas 3 horas y 27 minutos de metraje. Pero no dura todo ese tiempo porque tenemos un viaje extremadamente costoso con centenas de decorados y presupuestos millonarios. Dura esto porque esa es la sensación que Kurosawa quiere dejar en el espectador. Un viaje que haremos junto a estos samuráis, y donde la historia y lo que cuenta es mucho más grande que su presupuesto o su decorado grandilocuente. Eso sí, algunas escenas demuestran el talento que tuvo el director para filmar esta inmensidad, siendo muy recordada entre la cinefilia una secuencia entera donde la lluvia no para de caer, un efecto visual bellísimo y que potencia aún más lo que sucede dramáticamente en pantalla.

También, desde el punto de vista visual (¡Oh, dios mío! ¡Que redundante!) hay muchas más herramientas del director para generar su estilo. Elementos que ya habían sido probados por el director en películas anteriores como Rashomon (1950), también ambientada en el Japón feudal, vuelven y son replicados con aún mayor efectividad. Tenemos, por ejemplo, otro de los legados cinematográficos ya grabados en la cultura estilística de cualquier director “de los de ahora”, que es el uso de los lentes teleobjetivos para los duelos y las batallas de samuráis. Estos lentes de cámara están caracterizados por desenfocar gran parte de la imagen, a su vez generando una mayor sensación de velocidad al mover la cámara, logrando de esta forma un dinamismo y un ritmo mucho más ágil, hoy replicado por prácticamente cualquier película de acción.

Pero aunque el estilo visual de Kurosawa sea uno de sus mayores legados, insistimos con que, al menos con Los siete samuráis, lo visual está en un segundo plano. Los personajes principales, sus motivaciones, sus decisiones, sus maneras de ser. Todo esto es lo realmente importante de la película. La potencia dramática de sus personajes es la que finalmente posibilita que cuando la acción llegue a la pantalla, cuando estos samuráis finalmente se confronten a los malvados bandidos, podamos sentir algo por ellos. Que realmente nos importe lo que les pasa es eventualmente lo que diferencia una película aburrida de una entretenida. Y que realmente lo que pasa signifique algo es lo que, finalmente, diferencia una gran película de una obra maestra.

Es obviamente imposible poder escribir con certeza todo el legado que Los siete samuráis y Akira Kurosawa dejaron para el mundo del cine. Lo que sí se puede entender es que este legado no es simplemente un movimiento cinematográfico al pasar o algo que solo le interesó a los “cinéfilos intelectuales”. Desde directores como Sergio Leone con Por un puñado de dólares hasta George Lucas con Star Wars, todos han sido influenciados directamente por el cineasta japonés y sus intenciones. Por eso es quizás aún más importante que se recuerde como se debe a este tipo de obras, que no solo fueron piezas elementales de la construcción de un arte cinematográfico, sino que, si son vistas hoy en día, son igual de excelentes que hace 70 años. Cine atemporal.


  • Título original: Shichinin no Samurai (七人の侍)
  • Año: 1954.
  • Duración: 205 minutos.
  • País: Japón.
  • Dirección: Akira Kurosawa.
  • Guion: Akira Kurosawa, Shinobu Hashimoto, Hideo Oguni.
  • Música: Fumio Hayasaka.
  • Fotografía: Asakazu Nakai.
  • Reparto: Toshirô Mifune, Takashi Shimura, Yoshio Inaba, Seiji Miyaguchi, Minoru Chiaki, Daisuke Kato, Isao Kimura, Kamatari Fujiwara, Keiko Tsushima, Yoshio Tsuchiya, Kokuten Kôdô.
  • Productora: Toho.

Japón, Siglo XVI. Una aldea de campesinos indefensos es repetidamente atacada y saqueada por una banda de forajidos. Aconsejados por el anciano de la aldea, unos aldeanos acuden a la ciudad con el objetivo de contratar a un grupo de samuráis para protegerlos. A pesar de que el único salario es comida y techo, varios samuráis se van incorporando uno a uno al singular grupo que finalmente se dirige a la aldea.

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