Fargo: La estética al servicio de la narración

La segunda temporada de Fargo se posiciona dentro de lo mejor del año. ¿Motivos? Le sobran.

Por @tatimonavalle

En un año con excelentes segundas temporadas, Fargo tenía un desafío casi imposible de cumplir: continuar el legado que iniciaron los hermanos Coen con su película de culto y, por otro lado, tratar de equiparar o superar la excelencia desplegada en la primera temporada. Sin embargo, Noah Hawley nos muestra que su decisión de seguir expandiendo este universo está más vigente que nunca, pues esta segunda entrega nos trae un producto bien concebido, bien escrito, bien dirigido y bien actuado.

Cada capítulo es una obra de arte. Los planos, las transiciones de escenas, la recreación de época, la fotografía y la musicalización forman parte de un todo que deslumbra. El trabajo de dirección deja un nivel artístico que se disfruta por sí solo. Para ello estuvieron a cargo Noah Hawley, Michael Uppendahl, Randall Einhorn, Jeffrey Reiner, Keith Gordon y Adam Arkin, y a pesar de ser un equipo grande, todos supieron tener una misma y maravillosa visión. Quizás lo más atrapante son esas escenas con pantalla dividida al mejor estilo de Brian De Palma y Quentin Tarantino que constituyen un verdadero espectáculo visual. Pero en lo que verdaderamente acierta esta temporada es en la inclusión de ese característico contraste entre la sangre y la blancura de la nieve que está presente tanto en el film como en la entrega anterior.

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Pero Fargo no es sólo una estética bonita. Su historia mezcla drama, humor, tragedia y crimen de una manera inquietante. Si bien no es necesario haber visto la primera temporada para entender esta última, ambas tienen una conexión más que interesante. Cuando Lou Solverson (anteriormente interpretado por Keith Carradine) menciona que la única vez que había visto el tipo de mal que irradiaba Lorne Malvo (Billy Bob Thornton) fue en un sangriento suceso en la década de 1970 y que preferiría no volver a recordarlo.

Pero en esta segunda temporada nos encontramos con ese suceso mientras nos presentan al joven Lou (Patrick Wilson) como un policía estatal casado con Betsy (Cristin Milioti), hija del Sheriff Hank Larsson (Ted Danson). Estos personajes nos hacen recordar el ambiente familiar de una pequeña ciudad que también fue tratado en la temporada anterior. Claro que en Fargo la tranquilidad nunca puede durar más que unos minutos. Es entonces cuando la historia es intervenida por tres tramas principales. La mafia de Kansas City quiere expandirse en Fargo y superar la operación local de la familia Gerhardt. Pero el más joven de ese clan, Rey (Kieran Culkin) hace algunos negocios sucios en Laverne, donde tiene un desafortunado encuentro con la dulce Peggy Blumquist (Kirsten Dunst) y su marido Ed (Jesse Plemons), el carnicero local.

En la mafia de Kansas City vemos a Mike Milligan (Bokeem Woodbine) como jefe del grupo. Lejos de representar a un villano tan singular como Lorne Malvo, es un personaje mucho más humano. Es sumamente pavoroso, sí. Pero tiene una cuota de seducción que lo vuelve simpático. De hecho, es quien tiene la mayoría de las mejores líneas de la serie.
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Jean Smart está a cargo de uno de los personajes femeninos más poderosos de la historia. Ella interpreta a la matriarca de la familia Gerhardt quien enfrenta la difícil tarea de encontrar un equilibrio entre los requerimientos de su familia y los de la mafia de Kansas City. Esa combinación entre los conflictos familiares y las negociaciones mafiosas que tanto nos hace acordar a The Sopranos es uno de los elementos más cautivantes de la serie. Porque la mafia no es el mayor enemigo de la familia, sino la familia misma. Las traiciones internas y la lucha entre los hermanos Dodd (Jeffrey Donovan) y Bear (Angus Sampson) representan las complicaciones que este tipo de familia encara. Otro de los personajes destacados es Hanzee Dent (Zahn McClarnoon), una especia de sicario de la familia que persigue a sus víctimas con la misma determinación y el mismo silencio que lo hace Arby en Utopia. Los Gerhardt son, sin lugar a dudas, una de las mejores familias vistas en la TV en los últimos años.

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La pareja de Peggy y Ed constituye una de las claves del éxito de esta serie. Kristen Dunst muestra un nivel de actuación digno de un Emmy. Interpretando a un mujer que lucha por alcanzar sus metas, su personaje oscila entre la inocencia y la locura de manera sorprendente. Plemons, igual de brillante, tiene un convincente papel de un hombre algo torpe pero bien intencionado que persigue el sueño norteamericano de tener su propio negocio. Juntos forman una pareja llena de complicidad y miedo a ser atrapada, algo parecido a lo que afrontaban Walter y Skyler en Breaking Bad. Con sucesos que los superan y acciones improvisadas, sus escenas conforman los momentos más tragicómicos de toda la serie.

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Pero lo mejor de estas tramas es la conexión entre ellas. Porque la narración nos lleva a pensar que en algún momento todo se ensambla. Y lo hace. Incluso con la intervención de un OVNI. Sí, Fargo también se mete con la vida extraterrestre.  No hay un porqué o una explicación para que esto suceda. Pero sucede. Y si bien trae un poco de confusión, lo cierto es que le aporta a la serie algo de misterio. Y qué mejor que eso, ¿no?

Lamentablemente el final no estuvo a la altura de la serie. Esa calidad que supo demostrar a lo largo de nueve capítulos no se vio reflejado en el episodio final, y es una pena porque Fargo debería tener un cierre que represente su nivel. Tal vez el formato de temporada auto-conclusiva le juegue una mala pasada en este sentido ya que si hubiera tenido una nueva entrega para desarrollar más profundamente los elementos que quedaron abiertos hubiera sido mucho mejor. De todas maneras, esto es sólo un pequeño desliz dentro de una serie de lujo. Una serie que demostró saber superarse a sí misma. Una serie de la cual muchas deberían aprender. Una serie capaz de perdurar en el tiempo.

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