“El discreto encanto de la burguesía”: Todos nos quedamos con hambre

La película francesa ganadora de un Oscar y una de las más aclamadas del director Luis Buñuel que tenemos el placer de disfrutar en Qubit.tv

Por @GiuCappiello

“El discreto encanto de la burguesía” (“Le charme discret de la bourgeoisie”, 1972) dirigida por el español Luis Buñuel, pero filmada en territorio francés, es uno de los films más representativos del sello propio del mencionado director, además de contar con todos los elementos característicos del género surrealista dentro del mundo cinematográfico.

“Don Rafael Costa, embajador de Miranda, y el matrimonio Thévenot están invitados a cenar en casa del matrimonio Sénechal, pero a causa de un malentendido tienen que ir a un restaurante, cuando llegan, no pueden cenar en dicho sitio porque el dueño del lugar ha muerto…”

Ésta es la secuencia que inaugura el film y plantea la dinámica de la que seremos espectadores la próxima hora y media: un grupo de seis amigos de clase alta que, por razones ajenas a ellos, siempre les resultan frustrados sus planes de sentarse a la mesa. Errores de fechas, velorios inesperados y restaurantes donde ya no queda nada para beber, son algunos de los inesperados eventos que interrumpen una y otra vez los deseos de este grupo.

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Luis Buñuel, al ser uno de los directores más representativos del mundo surrealista dentro del séptimo arte, utiliza todos los recursos técnicos y estéticos para recorrer cómodamente este terreno onírico tan característico del género.  

En cuanto al aspecto técnico, “El discreto encanto de la burguesía” presenta movimientos de cámara, cortes de escenas y repetición de cuadros que resultan por lo menos llamativos para quienes no tienen “el ojo acostumbrado” a la filmografía de este director o por qué no al género en su totalidad. Por ejemplo, aquella escena que da inicio a la película, donde el grupo de amigos llega a la casa de los Thévenot, seguros de que esa era la fecha indicada para la cena, mientras que la dueña de casa nada sabía sobre este compromiso, se encuentra filmada siempre desde un mismo lugar y los diálogos se reducen a comentarios negativos. En cambio, cuando la comida se reprograma para el día siguiente, y los invitados llegan exactamente de la misma manera –repitiendo de forma sugerente aquella escena trascurrida la noche anterior– ahora no sólo la cámara se encuentra precisamente del lado contrario, sino que las frases dichas por los personajes manifiestan una excesiva predisposición positiva.

Pero no es sólo el extremo desde donde se realiza la filmación aquello llamativo que se roba nuestro interés, sino que la velocidad de transición con que la cámara pasa de un personaje al otro, así como los travelling utilizados –cuando el plano trascurre siguiendo a un personaje– convierten al cuadro en un continuo “sketch” teatral con escasos cortes; donde los personajes se cruzan por delante del lente y, a diferencia de lo que pasa en un escenario, las escenas se despliegan en 360º grados, es decir, opuesto a aquello a lo que estamos acostumbrados. En este film, esa “cuarta pared” que siempre se encuentra oculta para nosotros, acá no se rompe, sino que se nos revela.

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Y a propósito de los cortes, la manera en que el director une las escenas genera que como espectadores comencemos a sentir una leve incomodad: los planos se funden con desenfoques que rozan lo extravagante y, la lógica narrativa de esa unión entre escenas, nada tiene de lógica. Y si a ésto le sumamos que el guión tampoco cumple con una linealidad cronológica y racional, entonces no suena extraña aquella incomodidad mencionada, que sólo cobra sentido cuando analizamos fríamente el film, pero en el mientras tanto, esa molestia generada tiene la extraña virtud de mantenernos alerta.

Si enumeramos casi con fascinación estas transgresiones de Buñuel a la hora de filmar una película, es porque cuando nos disponemos a ver un film surrealista, inmediatamente aceptamos un trato implícito: la ausencia de reglas, lo cual no significa libertinaje de escritura y dirección, sino que plantea un fino límite a la hora de plasmar en la pantalla una realidad absolutamente subjetiva. Por esto último, es que el género siempre es asociado al mundo onírico, al plano de los sueños, y por supuesto al responsable de ellos: el inconsciente, que casualmente tiene la única regla de no tener reglas.

Claro que al relacionarse con el mundo inconsciente, el psicoanálisis marca su presencia silenciosa a lo largo de todo el film, a través de la muerte y la sexualidad; siendo éstos dos de los conceptos pilares de la disciplina. Pero lo interesante de este largometraje no es tanto eso, sino la forma en la que Buñuel se sirve de la teoría de los sueños para hacer una crítica social, que excede aquella que podemos presumir de antemano con tan solo reparar en la ironía presente en el título.

Citando de manera acotada: para la corriente psicoanalítica los sueños están formados –entre otros elementos– por deseos reprimidos. Claramente el director español se sujeta de esta teoría para exponer la contradicción existente dentro de las tres grandes instituciones que se plantean en el film: Iglesia, burguesía (economía) y ejército. Entonces, valiéndose de los sueños, de su condición de involuntarios y de los significados velados en ellos, Buñuel propone sacerdotes asesinos y aristócratas corruptos y egoístas que desean ver muerto a un amigo. En otras palabras, expone la hipocresía de una imagen pública bien consolidada, debajo de la cual subsiste una moral más que cuestionable.

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“El discreto encanto de la burguesía” desde la premisa cuenta con la característica de tener como personaje principal a un grupo de 6 personas, que vivencian una sucesión de hechos autónomos, unidos entre sí pura y exclusivamente por el sólo hecho de querer sentarse a comer y no poder hacerlo. Pero mientras la película trascurre con esta trama en apariencia sencilla, Buñuel en realidad nos está sumergiendo de manera progresiva en este mundo surrealista que tanto lo caracteriza.

Si pudiésemos dividir la película en cuatro partesaunque tal vez sean más– podemos notar cómo el primer cuarto pertenece a la realidad objetiva, a lo que en verdad le está sucediendo a los personajes. Promediando la primer mitad del film, los límites entre lo real y lo inverosímil ya no se presentan tan nítidos como al comienzo, lo cual hace que para las ¾ partes de la película, las escenas sean sueños y pesadillas de las cuales los personajes despiertan agitados y relatan con naturalidad. Finalmente, cuando nos encontramos en el último tramo del film, ya no existe el corte “soñar-despertar”: como espectadores ya no nos sentimos tan seguros a la hora de diferenciar qué ocurrió efectivamente y qué fue tan solo un sueño. Ya no hay niveles progresivos, sino que nos encontramos absolutamente sumergidos en ese mundo surrealista, al cual entramos tan gradualmente que no notamos en qué momento quedamos tan lejos de la orilla de la realidad.

De hecho, en el final, el director juega con esta nebulosa de incertidumbre en la que nos introdujo, generando una vez más esa contradictoria incomodidad placentera. Este film de 1972, a través de sus saltos ilógicos, diálogos incongruentes y eventos interrumpidos, provoca una y otra vez la frustración en el espectador, producto de esa constante expectativa que pretendemos colmar cada vez que vemos cualquier película y que, sin embargo, aquí no se cumple. Porque ninguna escena alcanza del todo esa sensación de satisfacción. Pero ¿Cómo puede ser ésto algo malo? Si Buñuel de esta forma logró en nosotros ni más ni menos que lo mismo que le sucede a este grupo de amigos…que nunca pueden sentarse a comer, que nunca pueden sentirse llenos, que siempre permanecen a la espera de poder satisfacer su hambre.

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Si como dijimos al principio, el mundo surrealista y el mundo onírico resultan casi sinónimos, comprobamos la precisión y excelencia de Luis Buñuel dentro del género, cuando advertimos que “El discreto encanto de la burguesía” se desplegó ante nuestros ojos con la misma aceptación con la que nos despertamos de un sueño, y pese a la incoherencia y excentricidad del mismo, decimos: “Fue tan real”.


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Título original: Le charme discret de la bourgeoisie

Año: 1972

Duración: 100 min.

Dirección: Luis Buñuel

Reparto: Fernando Rey, Paul Frankeur, Delphine Seyrig, Jean-Pierre Cassel, Stéphane Audran, Michel Piccoli, Bulle Ogier, Julien Bertheau, Milena Vukotic,Maria Gabriella Maione, Claude Piéplu, Muni, François Maistre, Pierre Maguelon,Maxence Mailfort

Género: Comedia, surrealismo, sátira

Sinopsis: Don Rafael Costa, embajador de Miranda, y el matrimonio Thévenot están invitados a cenar en casa del matrimonio Sénechal, pero a causa de un malentendido tienen que ir a un restaurante. Cuando llegan, no pueden cenar porque el dueño del lugar ha muerto. A partir de ese momento, las reuniones de este selecto grupo de burgueses se verán siempre interrumpidas por las circunstancias más extrañas, algunas reales y otras fruto de su imaginación.


 

 

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