Inmenso Bastardo N°7: «Lawrence de Arabia» (1962), de David Lean

Lawrence of Arabia

Bienvenidos a Inmenso Bastardo, la sección semanal en la que nos encargamos de explorar la historia del cine, pero con un detalle: Todas las películas que hablaremos en la sección duran 3 horas o más. Toca en este caso tomar un breve receso de las épicas históricas de Hollywood, para hablar de una obra que no puede ser evadida de la sección. Es el momento de hablar de “Lawrence de Arabia” (1962), dirigida por David Lean. Continúen leyendo y acompáñenme en este viaje.

Por @nicobarak

Vamos a poner las cosas claras. El breve receso que nombraba al inicio de esta nota tiene un asterisco importante. Esta producción, a pesar de no ser enteramente Hollywoodense, fue distribuida por Columbia Pictures, una gran productora estadounidense que aún no había propuesto su competidora a gran escala en esta maratón de hacer la película más grande de toda la historia. Aún así, la productora que tuvo la idea y ejecutó el rodaje del film fue de origen británico. Esta coproducción entre dos industrias establecidas dio forma a un producto único en su tiempo, y es totalmente rastreable en la identidad del film.

No es que en Gran Bretaña estuvieran haciendo un cine radicalmente distinto al estadounidense, como sí lo era en el caso de Italia o Francia, pero tenemos un estilo muy distinto al de películas como Los diez mandamientos (1956) o Ben-Hur (1959). La historia no es excepción alguna a esta diferenciación que comenzaría a surgir en el mundo del cine. Desde su premisa, seguimos con historias no muy complejas. Durante la primera guerra mundial, un coronel británico llamado T.E Lawrence es enviado a Arabia con el fin de recopilar información sobre las tribus de por allí, ya que la zona estaba comenzando a tener una alta relevancia política. Principalmente, sobre el país de Turquía, aliado de Alemania. Una vez allí, Lawrence irá conociendo distintas tribus árabes para finalmente liderarlas con la intención de formar una revolución que busque derrocar del poder al gobierno turco.

Inicialmente ya nos encontramos con un rastro diferenciador en relación a aquellas grandes historias que sucedían en el antiguo Egipto o en el imperio romano. La película habla sin metáfora o simbolismo alguno de una política relativamente actual para la época. No es que hubiera sucedido hace 5 o 10 años, pero que un largometraje de presupuestos tan elevados como Lawrence de Arabia tenga una postura y una ideología tan visible es un punto totalmente a destacar y tener en cuenta. Ya habíamos visto pequeños rastros de comunismo en Espartaco (1960), pero lo que en la película de Stanley Kubrick podía estar escondido con la esperanza de ser interpretado, acá está en el frente de todo el film. Sin ánimos de spoilear el final, esta película británica tiene una opinión muy clara sobre el accionar colonial de Gran Bretaña.

Con todo lo descrito anteriormente parecería que estamos hablando de un “talkie” (eufemismo de película basada únicamente en el dialogo), donde distintos políticos se la pasan hablando sobre ideologías irrelevantes. Por suerte, la cinta es totalmente lo contrario. La mayor parte del film está realmente situada en el viaje de Lawrence hacia Arabia, y su transformación como protagonista. Esta transformación, justamente, es simplemente exquisita.

Todos los distintos matices por los que irá atravesando el protagonista de la historia demuestran un talento en la escritura de guiones no visto aún en las superproducciones de Hollywood, con su tono clásico y estandarizado. Los personajes del film están impregnados de una oscuridad y una ambivalencia excelentemente lograda. No es que no haya buenos y malos. Es que realmente no se salva nadie. Son todos malos.

Pero volviendo al tema de los diálogos, una de las cosas que más impresiona de Lawrence de Arabia en la actualidad es la gran cantidad de secuencias donde justamente el film decide callarse y narrar todo lo que sucede desde la imagen. Casi pidiéndole prestado al cine mudo, la imagen cumple un rol fundamental para contar el relato, y en todo lo que sucede durante el viaje de Lawrence en los desiertos de Arabia, las mejores secuencias son las que menos hablan. Las imágenes quedan grabadas en el imaginario del espectador, y no resulta necesario decir palabra alguna. Nada más ni nada menos que cine de calidad.

Luego, en los tramos políticos donde la conversación se hace más visible y los diálogos están más a la luz, estos aún siguen resultando interesantes. Esta ambivalencia del relato donde no todo lo que vemos está bien provoca que nada de lo que se hable en las conversaciones políticas sea realmente lo que se está hablando. Lo oculto dentro del dialogo, eso que se evita o se desmiente, pero que realmente es la verdad, resulta imprescindible para entender la trama y explicar la cadena de situaciones que suceden a posterior. Es y no es, usted me entiende.

Toda esta excelencia en el guion, coescrito entre Robert Bolt y Michael Wilson, hubiera quedado en nada si no hubiera sido por el talento inconmensurable de sus intérpretes. A pesar de ser una película carísima por su dificultosa producción y su extenso metraje (dura 3 horas y 48 minutos), no nos encontramos en su elenco a increíbles superestrellas. Por ejemplo, en el rol protagónico tenemos a un muy habilidoso Peter O’Toole, pero su talento no había sido comprobado aún en la gran pantalla. Si, tenía un poco de experiencia teatral y ya había aparecido en un par de largometrajes previos, pero siempre en roles menores y nunca en algo tan grande como esta superproducción.

Ya en los secundarios sí encontramos algún nombre más pesado como Alec Guiness (quien muchos años después haría de Obi-Wan Kenobi en Star Wars: Una nueva esperanza), que ya había trabajado con el director David Lean, pero que no era específicamente una superestrella. Similar caso para Anthony Quinn, actor mexicano que había tenido roles menores en películas anteriores, pero nunca en algo tan grande e inmenso. Quizás el único caso de gran talento era Jack Hawkins, que había ganado un premio Óscar como actor de reparto en Ben-Hur, pero en Lawrence de Arabia tampoco es que cumpla un rol extremadamente principal. Queda también excluido Omar Sharif, que para la época era una superestrella en Egipto, pero aún no había aparecido en occidente. Lawrence de Arabia terminará globalizando su talento.

Esta falta de grandes nombres era una apuesta muy peligrosa para un film que invertía 15 millones de dólares. Solo adaptándole la inflación, el presupuesto sería unos 125 millones de dólares de ahora, pero si escuchamos a Steven Spielberg (que alguna idea tiene sobre hacer películas caras y buenas) en unos halagos que declaraba sobre el film, este número aumentaría a unos 285 millones. Sin embargo, quizás te estás preguntando… Si no lo gastaron en los actores, ¿dónde gastaron toda esa plata? ¿Se fue todo en cafés y medialunas? Excelente pregunta. No, no se fue en los desayunos.

El rodaje que inició en mayo de 1961 finalizó en septiembre, pero de 1962. Su rodaje duró más de 15 meses, pero no fue solo la extensa duración del mismo lo que hizo que el presupuesto fuera tan abultado. Lo que sucedía es que gran parte de la película sucede en el desierto. Y cómo eran los 60, adivinen dónde filmaron… Así es, en el desierto. El rodaje en un terreno tan adverso, con temperaturas tan extremas y con condiciones tan dificultosas, resultó en miles de pequeños problemas que dejaban en consecuencia un trabajo muy laborioso.

Por ejemplo, sucedía en algunos planos que directamente podían hacer una sola toma por día debido a las marcas que dejaban los actores en la locación, es decir, en la arena. En el mejor de los casos, podían limpiar las huellas, pero eso demoraba un largo tiempo entre toma y toma, siendo todo bajo el arduo sol del desierto, o el eterno frio de la noche desértica. Aún así, si uno ve el metraje final, se da cuenta que no es que simplemente querían que no se vean las huellas o que al director le gustaba pedir tomas de más.

El trabajo de fotografía en Lawrence de Arabia es muy probablemente uno de los mayores picos en toda la historia del cine. No de esta sección, no de este género, sino que de toda la historia. El color, los atardeceres, el desierto y todos estos escenarios naturales forman unas imágenes que, así como están, pueden ir directamente a un cuadro de museo. Tenemos en el film una combinación entre la culminación de un proceso tecnológico que venía desarrollándose como era el de las cámaras Panavision y su excelente profundidad de campo, junto a una mano artística para fotografiar y narrar visualmente que nunca se había visto. El talento conjunto entre David Lean y su director de fotografía F.A Young se ganan un puesto importantísimo en la historia del séptimo arte tan solo por su cinematografía.

Súmese a uno de los mejores trabajos fotográficos de toda la historia, una de las bandas sonoras más icónicas del cine. Tenemos en el soundtrack de este film un trabajo sonoro impecable, que va transformándose a la par del personaje. Al comienzo, su música transmite aventura, esperanza y una clara sensación del comienzo de un viaje. Pero, mientras va avanzando la trama y se va oscureciendo temáticamente todo lo que sucede, lo que antes era esperanza se transforma en desesperanza. El mismo tema sonoro va acumulando una emoción tan fuerte al sentir lo mismo que siente el personaje que se convierte en una herramienta más de transmisión de información. Nuevamente, el dialogo es dejado de lado y por momentos solo las conmovedoras imágenes y la banda sonora tan simbólica son más que suficientes para transmitir emociones.

Todo esto, combinado con un guion que usa el dialogo como herramienta cinematográfica y no abusa de escenas sobre explicativas, forma una imagen tan bien lograda que hasta da pena tener que verla en un televisor, sea del tamaño y la calidad que sea. Por suerte, en su momento, mucha gente fue a verla. El enorme riesgo que invirtieron al producir una película por 15 millones de dólares con un tema tan político y sin el apoyo de enormes superestrellas en roles protagónicos podría haber terminado la carrera de algún productor, pero el éxito que tuvo entre la gente fue claramente positivo. Ganando más de 70 millones de dólares, Lawrence de Arabia se convirtió en una de las películas más exitosas comercialmente hablando y quedó a su vez en la historia cinematográfica como una de las mejores películas jamás creadas. También, hay que decirlo, una de las más costosas.

Y es este último premio, el de una de las más costosas, el que más rápido se le quitará, lamentablemente. Mientras que en otros países el cine avanzaba y evolucionaba con temas más profundos y sociales, en Hollywood seguían empecinados con filmar historias lo más grande posible, y lo menos reflexivas. Este fenómeno, que posteriormente será llamado como “el viejo Hollywood”, verá sus últimos días tan solo un año después de esta obra maestra. En 1963, estrenará en Estados Unidos la inmensa Cleopatra. Esperen a la semana que viene y queden pendientes a lo que se nos viene. No es tan positivo.


  • Título original: Lawrence of Arabia
  • Año: 1962.
  • Duración: 222 minutos.
  • País: Reino Unido.
  • Dirección: David Lean.
  • Guion: Robert Bolt y Michael Wilson.
  • Música: Maurice Jarre.
  • Fotografía: Freddie Young.
  • Reparto: Peter O’Toole, Omar Sharif, Alec Guinness, Jack Hawkins, Anthony Quinn, Anthony Quayle, Claude Rains, Arthur Kennedy, José Ferrer, Donald Wolfit, I.S. Johar, Gamil Ratib, Michel Ray, John Dimech, Zia Mohyeddin, Howard Marion-Crawford, Jack Gwillim, Fernando Sancho, Hugh Miller y Jack Hedley.
  • Productora: Columbia Pictures y Horizon PicturesProductor: Sam Spiegel.

El Cairo, 1917. Durante la Gran Guerra (1914-1918), T.E. Lawrence, un conflictivo y enigmático oficial británico, es enviado al desierto para participar en una campaña de apoyo a los árabes contra Turquía. Él y su amigo Sherif Alí pondrán en esta misión toda su alma. Los nativos adoran a Lawrence porque ha demostrado sobradamente ser un amante del desierto y del pueblo árabe. En cambio, sus superiores británicos creen que se ha vuelto loco.

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