[OPINIÓN] Hellbound: Rumbo al infierno

Una historia sobre seres de otro mundo que aparecen de pronto y dan un aviso que condena a la gente al averno. Y el mundo se convierte en un verdadero infierno en vida.

Por @mauvais1

Ya había ocurrido un poco en Psychokinesis (2018) y otro tanto más acentuado en Peninsula (2020), que lo ocurrido en su obra más conocida y celebrada, Train to Busan (2016). Y era el planteo de manera quizás más sutil, tal vez no tan aparatosamente revelador, de las miserias humanas.

En Yeon Sang-ho y su obra se encuentran dos temas por descontados, las relaciones familiares, con la paternidad liderando y lo real maravilloso que irrumpe ese contexto que se da por descontado no es el más atractivo. El padre ausente en lo afectivo, que lidia con sus propios horrores y limitaciones y que encuentra redención solo cuando el fin es inevitable, siempre uno catastrófico, último. Todos recordarán seguramente a Seok-woo de Train to Busan (2016) y la reconstrucción que hace de sí mismo y la relación con su pequeña. O el patético Seok-heon de Psychokinesis (2018) que aún con poderes extraordinarios no era capaz de comprender por qué su vida era esa derrota ineludible a cada paso que daba, y lo alejaba constantemente de su hija, una que por cierto había abandonado hacía años e intentaba recuperar.

Sus criaturas, sombrías y decadentes, se estrellaban contra lo maravilloso solo para exponerlos aún más en su miseria. No solo eso, el resto, quienes los rodean y a pesar de unos pocos, tampoco eran capaces de proyectar un modelo al cual imitar o siquiera compararse. Pero aún así se las arreglaba para presentar esas historias, sumergidas en la desgracia de ser humanos, de manera gradual, reflexiva, instando al espectador a comprender que no existen los héroes perfectos, que estos provenían de la necesidad, y se llaman temerarios, desesperados.

Sigamos un poco más, paciente lector, que esta introducción tiene un porqué.

Jiok (지옥), que aquí fue traducido como Rumbo al infierno, se transcribe simplemente como «Infierno», y se ajusta mejor a lo expuesto en los seis episodios de esta temporada. Porque no hay sitio geográfico (metafísico) especifico para el inframundo en la historia. Puede que uno vaya a él cuando el ángel lo anuncia o simplemente esté viviendo en uno. Porque cada personaje que puebla la narración parece hacerlo. Y entonces surge la pregunta; ¿Cuál resulta más temible? ¿El que construimos diariamente con nuestras miserias y sinsabores o el que pregonan inundado de rayos y fuego liquido?

Tal vez se tenga menos miedo al propio por la inequívoca razón de que somos sus arquitectos y creamos en justa medida. Tal vez ese misterioso al que los demonios pasados de anabólicos los arrastran solo tengan eso, sea lo mismo, pero entonces entra lo «eterno» y cambia las cosas. El sufrimiento eterno se hace realidad, y no hay escapatoria, aún muerto vendrán por vos y arrastrarán tu alma a eso que es para siempre. El pavor, ciertamente será demencial y es aprovechado por una secta, «La Nueva Verdad» para trazar un nuevo curso en la historia de la humanidad.

Jung Jinsu es el profeta loco en un mundo que se hunde en su ignominia, su sed de experimentar sea como sea, aún en detrimento de los otros. El mundo que plantea Rumbo al infierno es una suerte de carnaval del patetismo, un aquelarre de miserias que se amontonan sobre los cuerpos de los justos, retratados aquí como la mente inquisitoria y empática. Viudos honestos que no logran conectar con sus hijas porque está perdido en el dolor de la perdida violenta. Abogadas que no necesitan creer que hay algo más allá porque es aquí y ahora que muchos transitan el infierno. Que aún con pérdidas por vivir, con ese cáncer que mata lento pero sin prisa a su madre, se puede dejar una huella perdurable en el aquí y ahora.

Ninguno de ellos, en ese festival casi pornográfico de necedades y prejuicios, de terror y desesperación, obtendrá lo que busca. Kyu-Seok Choi y el mismo Yeon Sang-ho escriben sobre infiernos sin identificar cuáles ni donde, todo lo es y no se detiene por más resiliencia que se invoque. Uno como espectador parece estar pisando el limite de lo soportable constantemente en cada episodio donde el horror sobrenatural ni se asoma a la vastedad del que provoca el hombre. Puede que den miedo cuando aparecen, pero como toda figura cuasi religiosa, sucede en un puntual instante, epifanía. Lo otro se esparce y medra, una vez más como ese cáncer, sin pausa pero sin prisa.

Decía que en sus últimas producciones, el director y guionista caía en el subrayado obsecuente para el espectador perezoso, que comenzaba a servir sin ganas un misterio maravilloso en medio de un drama social, de crítica familiar. Lo cínico y pesimista se intensifican en sus personajes hasta parecer más arquetipos que criaturas reales. Y aunque siga creyéndolo, aquí funciona porque la historia de a poco toma el cariz de una revelación como las escritas en los textos religiosos. Se convierte al transitar los episodios en un patrón de lo mítico.

La lanza, La Nueva Verdad, el SODO; ese sitio sagrado que daba asilo a los perseguidos, el niño renacido de las cenizas de sus padres. Es un cuento moral, que transa con el espectáculo fantástico de manera equilibrada y cuando vuelve las tornas a partir del episodio tres, la narrativa toma impulso, se estandariza la acción.  Se activa una carrera contra reloj que no desentona y provoca la adicción. ¿Qué son esas criaturas? ¿Por qué hablan de un infierno, utilizando el termino judeo-cristiano? La elección aleatoria de los condenados, el regreso de algunos. La temporada cierra con una enorme acumulación de interrogantes.

No era de extrañar, ya que es muy común en la filmografía coreana la exploración de los vínculos, las desdichas de los mismos, la construcción de personajes que rozan la parodia del patetismo. Destruyen para luego reconstruir de la peor manera, la destrucción total del héroe arquetípico, y aventura al espectador en historias de atrevidas e irreflexivas criaturas que sobreviven el, a veces, sinsentido de la vida. Yeon Sang-ho es un artesano de estos personajes y aquí los alimenta hasta el hartazgo.

Es de mis favoritos este cuento, personalmente, su cinismo y hasta socarrón análisis de la imperfección humana, su brutalidad e ignorancia no es para todos los estómagos. Pero no por eso Rumbo al infierno deja de ser un entretenimiento adictivo e interesante.


Título: Rumbo al infierno

Título original: Jiok (지옥)

Dirección: Yeon Sang-ho.

Guion: Kyu-Seok Choi, Yeon Sang-ho.

Música: Kim Dong-uk.

Fotografía: Byeong Bong-seon.

Reparto: Yoo Ah-in, Lee Re, Kim Do-yoon, Park Jung-min, Jin-ah Won, Kim Hyun-joo, Yang Ik-june, Chase Maser, Yu Kyung-Soo, Shin-rok Kim.

Productora: Lezhin Studio.

Distribuidora: Netflix.

Las más inusitadas demostraciones del infierno tienen lugar en Seúl, ante la mirada atónita de las multitudes. Misteriosas criaturas condenan a las personas al averno, y seres sobrenaturales aparecen en el momento exacto que se les indicó para matar a los condenados en una quema brutal. En medio del caos, una voz preponderante consigue elevarse. Se trata de Jung Jinsu, el líder de la organización religiosa emergente La Nueva Verdad. Él afirma que solo los pecadores serán condenados y que estos eventos representan la voluntad divina para que los humanos sigan el camino justo. Un grupo de sus fieles seguidores, que se hace llamar La Lanza, decide tomar en sus propias manos la misión de castigar a quienes se oponen a la decisión divina. El mundo se convierte en un verdadero infierno en vida.

Acerca de Marco Guillén 3502 Articles
Aguanto los trapos a Jordi Savall. Leo ciencia ficción hasta durmiendo y sé que la fantasía es un camino de ida del que ya no tengo retorno.

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