Sylvester Stallone: Un artista resignado a ser un héroe de acción

Sylvester Stallone

No sólo lanza golpes o dispara rondas sin parar, Sylvester Stallone es un artista versátil que tiene mucho para ofrecernos si lo dejamos.

Por @Jihad_g26

La espalda de Atlas, platinada con sudor hasta igualar a la del más alfa de los gorilas, abdominales listos para pulir diamantes y un apodo como “El Semental Italiano” que rebosa testosterona en cada letra. Con todas estas cualidades se creería que Sylvester Stallone no tiene nada que desear, pero más allá de la admiración — o envidia — que genere su carrera, hay una injusticia hacia su genio: la de un artista resignado a ser un héroe de acción cuyo talento como escritor, director y actor se ve opacado por golpes, disparos y explosiones como sólo un hombre con cromosomas YY puede provocar.

Sylvester Stallone

Antes de escribir y protagonizar la célebre Rocky (1976), Sylvester Stallone trabajó como actor porno, algo que de por sí ya es un logro para alguien con una parálisis facial en el lado izquierdo de su cara. Entiéndase esta observación desde el punto de vista de la industria pornográfica, donde se supone que la gente con esa clase de desperfectos no tiene muchas oportunidades, pero aun así, Stallone logró compensar este defecto con el resto de su físico, en una muestra de la voluntad por su carrera que se vería puesta a prueba cuando se dispuso a materializar Rocky.

El estereotipo de Stallone como “tipo duro” se forjó luego de actuar como delincuente o detective en sus primeros papeles, dos roles opuestos pero con el lugar común de ser un sujeto fuerte que enfrenta todo con los puños cerrados. Esta etiqueta bien pudo contribuir al rechazo de varios productores cuando les presentó el guion de Rocky, pues es difícil creer que esas manos destructoras de dentaduras también eran creadoras de Rocky Balboa, un personaje profundo, multidimensional y tan humano como cualquier persona real. Bien pudo ser la etiqueta sobre su frente o quizás su falta de trayectoria lo que provocó el rechazo de los productores hacia él como actor protagónico, aun así, contra lo que cualquiera supondría, Stallone superó este obstáculo y se puso frente a las cámaras para hacer de Rocky Balboa.

Arte en el cuadrilátero

Su consagración como actor y guionista duraría poco en esta saga debido al deterioro paulatino que ésta sufrió, cuyas próximas entregas tuvieron a Stallone frente a las cámaras pero detrás de la máquina de escribir estaban él y unas influencias etéreas. Éstas lo llevaron a convertir a Rocky Balboa en el protagonista de una cruzada por complacer al público en lugar de buscar conmoverlo hasta el desaliento como lo hizo en la primera entrega. Con lo anterior no se pretende desprestigiar al resto de las secuelas, todas son excelentes películas para ver una y otra vez, pero la virtud del primer filme hace que el  fanservice del cuarto sea más que evidente.

La primera cinta muestra la vida de Rocky Balboa, un sujeto de pocas luces intelectuales pero muchos músculos, se gana el pan haciendo de matón para la mafia, tiene el sueño de ser boxeador profesional pero ningún camino para lograrlo, además de ello, vemos en él su resignación y el sufrimiento que le trajeron sus decisiones. La escena donde habla con Marie (Jodi Leticia) es una muestra que retrata bien lo anterior, pues nos hace saber que aquel matón puede sentir, reflexionar y aconsejar, de igual forma, su esfuerzo al coquetear con Adrian (Talia Shire) lo aleja de ser el típico “chico malo” que cualquiera esperaría, es más, lo acerca al perfil de alguien inseguro empeñado en usar el sentido del humor como camuflaje de sus intenciones.

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En la escena donde discute con Mickey (Burgess Meredith) exhibe sus debilidades internas, entendemos que a pesar de su físico es alguien acomplejado con rencores acarreados, a lo largo de la trama, exhibe sus altas y sus bajas en un contraste emocional que va desde la euforia de la secuencia de entrenamiento hasta el miedo melancólico de la noche previa a su pelea contra Apollo Creed (Carl Weathers).

En fin, después de todo el esfuerzo de Rocky  se espera que triunfe al final de la película, pero no, Rocky pierde la pelea. Sin embargo, Stallone y el director John G. Avildsen lo hacen ver como una victoria, la de un don nadie sin esperanzas que demostró estar a la altura del campeón de peso pesado más grande del mundo, esto revela la esencia de este primer film: la lucha de alguien contra sí mismo y sus circunstancias.

Ahora bien, esta esencia se mantiene en Rocky II (1979) con la diferencia de que al final Balboa resulta vencedor e igualmente sucede en Rocky III (1982), con la salvedad de que enfrenta a un antagonista unidimensional como Clubber Lang (Mr. T) en comparación con Apollo Creed. Aquí la saga de Rocky comienza su declive artístico, pues antes, el boxeador favorito de Filadelfia enfrentó a un atleta como Creed, cuya personalidad dentro y fuera del ring era fidedigna a la de un boxeador de carrera, tenía su faceta familiar, pública y profesional que lo retrataban como un ser humano consagrado al boxeo pero con una vida en el fondo. Con Clubber Lang no sucede lo mismo, es dibujado como un villano violento de caricatura con un odio desmesurado hacia Balboa como si se tratase de una venganza personal por motivos desconocidos, sale prácticamente de la nada al no exhibir en pantalla rasgos de su vida como sí se hizo con Apollo.

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Además de lo anterior, Lang tiene actitudes trilladas propias del cliché de un “bravucón de pueblo”, aparece en público para provocar a Rocky metiéndose con su esposa cuando la herida causada por la muerte de Mickey seguía abierta. Cosa que de mirarse en retrospectiva, es un ingrediente más en el guiso emocional servido al espectador para que odie a Clubber Lang y así satisfacer la fantasía de ver perder a un boxeador de color, en una época donde el sudor de atletas como Muhammad Ali y George Foreman lavaba la sangre que otros como Chuck Wepner derramaron sobre el cuadrilátero tratando de vencerlos. Que no se entienda esto como una acusación de racismo, es sólo una explicación de lo que pudieron ser las fantasías de cierto público en una época distinta a la nuestra y el afán de Hollywood por satisfacerlas.

Finalmente llegamos a Rocky IV (1985), una película tan buena que oculta el hecho de ser propaganda. Fuera de toda burla, Stallone, en sus roles como director y guionista diluyó, junto a los montajistas, John W. Wheeler y Don Zimmerman, las influencias de Hollywood en la cinta gracias a las inolvidables secuencias de montaje rítmico-musical al son de temas como Hearts on Fire de John Cafferty & The Beaver Brown Band al igual que No Easy Way Out de Robert Tepper.

En Rocky IV, Apollo Creed se enfrenta a un boxeador soviético llamado Iván Drago (Dolph Lundgren), en una pelea de exhibición donde los golpes del ruso son tan fuertes que terminan con la vida de Creed, lo que lleva a Rocky a pelear contra Drago, esta vez en Rusia. En este primer encuentro rebosan las banderas y la parafernalia estadounidense que, si parece poco, hay que esperar a ver la secuencia de entrenamiento de Drago donde todo está cubierto con la bandera del martillo y la hoz. Esto es sólo una antesala vistosa para la pelea en Moscú donde todo el recinto tiene carteles enormes de los ídolos comunistas y sí: una gigantografía de Iván Drago frente a la bandera de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas).

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Si el personaje de Clubber Lang fue construido “a las carreras” adrede, el caso de Iván Drago fue aún peor, se hizo como burla dado que apenas si habla, cuando lo hace se le nota lo atolondrado y en vista de que su esposa habla por él resulta imposible conocer otros aspectos sobre su persona. Por otro lado, su tamaño y rostro pétreo lo muestran como un rival invencible, tanto que hasta la misma Adrian le dice a Rocky que no podrá vencerlo. Si a esto se le añade el hecho de que Iván usa esteroides, tenemos entonces a un villano asesino, bruto, descomunalmente fuerte, entrenado en un gimnasio de alta tecnología que además es un tramposo por usar esteroides administradas por sus propios entrenadores, mensaje: Iván Drago juega sucio y los que están con él también.

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Por su parte, Rocky Balboa emprende una venganza por Apollo, se deja un tanto de lado la búsqueda de autosuperación y se le reemplaza por una lucha justiciera como si se tratase de otra película de acción más en el montón, esto no tiene nada de malo mientras la historia continúe recordando la primera Rocky por encima de la cuarta. Cuando vemos el paralelismo de las secuencias de entrenamiento de Drago y Rocky, el Semental Italiano entrena en un cabaña en medio de la tundra soviética de forma muy rudimentaria, mientras que Drago cuenta con especialistas que asesoran su entrenamiento en un gimnasio equipado con tecnología de punta, el mensaje de la película  es claro: Estados Unidos ganará a pesar de tener todo en contra y la URSS perderá por más ventaja que tenga.

De pronto, Sylvester Stallone recupera la esencia de Rocky Balboa en Rocky V (1990), la entrega que más se asemeja —en cuanto a personajes y sus relaciones— a su primera y extraordinaria predecesora, pues posee conflictos tanto externos como internos al igual que en la primera Rocky. Tenemos la relación que florece y luego se pudre entre Rocky Balboa y Tommy Gunn (Tommy Morrison) en contraposición a la de Rocky y su hijo Rocky Balboa Jr. (Sage Stallone), que renace como fénix donde además se toca el amargo tema de una vida a la sombra del pasado.

Sí, es verdad, la película fue un fracaso de taquilla, sí, también es cierto que la crítica la destruyó e incluso el mismo Stallone no ve con muy buenos ojos a esta cinta, dado que la mayor falla estuvo en mostrar derrotado al gran Semental Italiano luego de tanto esfuerzo en las precuelas. No obstante, es una píldora de realidad sobre el verdadero mundo del deporte, donde tu pupilo te apuñala por la espalda por un par de billetes metidos en los pechos doble “D” de una mujer alquilada. También es una radiografía sobre la distancia entre padres e hijos que puede acontecer a una familia tan funcional como los Balboa, asuntos difíciles de dibujar con la cámara pero más palpables que la rivalidad entre el Kremlin y el Pentágono.

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En fin, Rocky V tiene su encanto por recuperar los conflictos de los personajes para consigo mismos, gracias a casos como el de Rocky Jr y su inseguridad respecto a la atención que su padre le da a su nuevo discípulo o el del mismo Rocky al sentir su glorioso pasado a través de los guantes de Tommy Gunn. Se muestra al Semental como un ser humano real y no simplemente como el “bueno de la película”; no obstante, lo épico de las cintas anteriores merecía un desenlace más grandioso que las espectaculares subidas de escaleras en el Museo de Arte de Filadelfia, pero no por ello hay que dejar de buscar bajo los escombros de Rocky V aquel oro escondido como lo es el verdadero espíritu de Rocky Balboa.

La pérdida de un soldado

Con John Rambo se tiene una caída más vertiginosa de lo que fue una película trascendental hacia una película normal, dado que el personaje de Rambo pierde su profundidad conforme avanza la saga al mismo tiempo que Stallone sacrifica su potencial actoral en manos del fanservice. La saga de Rambo, pasa de mostrar a un veterano de Vietnam acosado por problemas sociales como la discriminación a un tipo duro que acaba con un batallón soviético él solo, si el orden de las películas se hubiera invertido, entonces estaríamos hablando de una evolución hasta la consagración de Sylvester Stallone como actor multifacético.

En First Blood “Rambo: Primera Sangre” (1982) Stallone interpreta al mejor de todos los John Rambo y no es sorpresa que tal victoria lo tenga a él como co-escritor del guion. La película empieza con un excombatiente viajero llamado John Rambo que busca a sus amigos soldados en los Estados Unidos,  un inicio amargo si se toma en cuenta que al comienzo se le notifica que uno de ellos ha muerto, más adelante es acosado por Will Teasle (Brian Dennehy), un sheriff que lo arresta por llevar un cuchillo de combate. En la comisaría sufre brutalidad policíaca hasta revivir recuerdos de sus días como prisionero de guerra, Rambo explota y emprende una cruzada de un solo hombre contra la policía y la Guardia Nacional. A pesar de los dotes combativos de Rambo, no sólo se trata de un tipo duro que vence a múltiples enemigos, sino de un sujeto atormentado por los traumas de Vietnam que sufre la ingratitud de sus propios paisanos, una crítica social disfrazada de un melodrama de acción.

El desenlace del filme tiene una escena donde Rambo habla con el coronel Samuel Trautman (Richard Crenna), su ex-comandante en Vietnam, ahí el guerrero de élite se desmorona  para mostrar ante la cámara el lado oculto de todo hombre adulto: uno de debilidad, demostrada por lágrimas que empapan las mejillas en cuyo pasado se habrían mantenido inmóviles mientras las manos degollaban a algún guerrillero del Vietcong. Rambo llora ante el coronel, en representación dramática de los veteranos traumatizados que quisieran hacer lo mismo, un papel que no se limitó a los disparos sino también a los sentimientos, en manos de un actor como Sylvester Stallone, el artista perfecto para representar a un personaje así de complejo.

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Quizás fuese porque First Blood está basada en el libro homónimo de David Morrell lo que volvió a la personalidad de John Rambo tan simple en las secuelas, puesto que se construyeron sobre una idea ya gastada, aun así, las siguientes cintas son excelentes —por lo menos hasta Rambo III—, pero no dejan de lado el cambio en la dimensión del personaje de John Rambo.

En Rambo: First Blood part II “Rambo II” (1985), escrita por Sylvester Stallone y James Cameron, se nota el enfoque más comercial al mostrar a Rambo de regreso en la selva del Sudeste Asiático para rescatar a unos prisioneros de guerra, donde se incluye una especie de idilio entre Rambo y la espía vietnamita Co Bao (Julia Nickson), en un intento por preservar el lado humano de un personaje que se convertiría en el molde para todos los héroes de acción. Ojalá se hubiera planeado la saga para que empezara a la inversa, ahí sí se vería la evolución de Rambo de soldado de élite a hombre destrozado pero qué va, ni que existiera un llavero de bola de cristal.

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En Rambo III (1988) acontece lo mismo pero con más explosiones y una caracterización igualmente deteriorada en su costado humano al ser representado con escenas de convivencia entre Rambo junto a los guerreros muyahidines, especialmente junto a un muchacho con el que forja una relación fraternal que no iguala a la que él tuvo con el coronel en la primera entrega de la saga. Ya en el siglo XXI, la fórmula de Rambo: First Blood part II se repitió en John Rambo “Rambo: Regreso al Infierno” (2008), la cuarta entrega de la saga, en la que vemos plomazos y una tensión sexual con Sarah Miller (Julie Benz), lo que deja más que claro la explotación comercial de la saga y del encasillamiento actoral de Stallone como héroe de acción ochentero.

No tiene nada de malo la explotación de franquicias como Rocky o Rambo, después de todo nos gustan, querer hacer este tipo de cine ya sea por gusto o rentabilidad tampoco es algo criticable, lo único agridulce acá es ver a alguien tan talentoso como Sylvester Stallone encerrado en sus sagas más trascendentales. Es dulce porque nadie podría haberlo hecho mejor y a pesar de todo, estos papeles lo mantienen en la gloria. Es amargo porque Stallone tiene mucho que dar como actor, guionista y director pero la industria y el público siguen pasando por alto al artista que hay debajo de tanto músculo y sudor.

Finalmente tenemos un prolongación de la saga de Rocky con las películas de Creed, pero esa sobreexplotación no se comparan con la próxima de Rambo, donde hará frente a unos narcotraficantes, una mezcla que de lejos se ven tan forzada como cuando aparecieron extraterrestres en Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull (2008). Es una pena que esto suceda, pues Hollywood sabe pero no admite que tiene en su recámara al legendario Sylvester Stallone, Rocky y Rambo, todo en uno, seguramente con más golpes taquilleros por dar  si lo dejasen salir de aquella jaula que no está en Vietnam sino en California.

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