[REVIEW] La Familia Mitchell vs. Las Máquinas: La hegemonía digital

En un año todavía repleto de incertidumbres, finalmente Sony Pictures Animation le concedió los derechos de La familia Mitchell vs. las máquinas a Netflix para que todos podamos verla desde nuestros sillones y sillas favoritas del hogar. Pero, ¿es esta propuesta una película que vale la pena ver, o es una película para dejarle de fondo a los chicos mientras hacemos otra cosa?

Por @nicobarak

La animación digital que comenzaba a volverse hegemónica a finales del siglo XX con Toy Story (1995) tuvo una situación muy particular con la llegada del siglo XXI. Por un lado, erradicó prácticamente en su totalidad a cualquier otro formato que no siguiera su tecnología 3D, la cual Dreamworks y Pixar desarrollaron con supremacía. Por otro lado, esta hegemonización de un estilo terminó provocando en una innegable repetición con el transcurso del siglo actual. Obviamente esto es una generalización, primero porque existe y existió una animación alternativa a estos dos monstruos industriales, pero también porque está claro que aún en esos casos se han encontrado obras no solo respetables, sino que hasta muy buenas en algunas ocasiones.

Aun así, en la gran mayoría de los casos, el cine de animación comenzó a diluirse. Disney, por un lado, atravesó probablemente una de sus peores épocas en cuanto al cine de animación hecho por ellos mismos, solo salvado por la compra de los estudios Pixar, quienes aún en sus películas más repetitivas, al menos tenían una chispa de originalidad. Dreamworks, luego de las dos obras maestras de Shrek (2001) y Shrek 2 (2004), nunca llegó a repetir algo de semejante magnitud, y terminó también en no solo una repetición, sino que en una infantilización casi total del género.

Esto no es un fenómeno exclusivo del cine de animación, ya que es claro cómo las grandes películas de este siglo comenzaron a tener muchísimos más hombres en traje que los que se debería. Las películas de animación, no esquivando el problema, se convirtieron en meras películas de conceptos, algunas más originales que otras, pero todas con un desarrollo banal y un final emotivo. Este formato, repetido en la última década de Pixar, por ejemplo, terminó siendo la norma, con un éxito rotundo en taquilla, pero poco más.

La cuestión técnica, eso si, no paró de mejorar, hasta el punto en que el fotorrealismo alcanzado en obras como Toy Story 4 (2019) es una hazaña aplaudible como poco. Sin embargo, hoy nadie la recuerda como una de las mejores películas de la franquicia, sino como un intento de Pixar de ganar aún más de lo que ya ganan, intentando que no parezca un asalto a un tren lleno de dinero. El problema, aún así, no es la hegemonización de la estética digital que conllevó esta propuesta realista. Esa cuestión queda como algo menor cuando se entiende la industrialización de las estructuras narrativas como lo nocivo que puede resultar. La familia Mitchell vs. las máquinas no viene a romper nada de lo planteado más arriba. Sus estructuras narrativas son igual de industriales que cualquier otra propuesta del género. Pero todo lo demás, lo lleva al siguiente nivel.

Antes que nada, es momento de introducir la trama del film. Esta película cuenta la historia de Katie, una joven adulta de 18 años que está pronta a ingresar a la universidad de cine y dejar la casa de su familia. Su padre, que no tiene la mejor relación con su hija, decide llevarla a la universidad en un divertido road-trip con su hermano, su madre y su perro, en busca de recomponer los lazos familiares antes de que su hija deje la casa para siempre. A todo esto se le suma que, en el medio del viaje, sucede un apocalipsis digital que hace que las maquinas se rebelen contra los humanos y rompan con la vida como conocemos. Ahora sí, comencemos a analizar qué hace realmente el film con este peculiar disparador inicial.

La dirección artística, por un lado, continúa el camino de lo iniciado por Sony Pictures Animation con Spider-Man: Into The Spider-Verse (2018). Esquivando ideológicamente lo propuesto por el fotorrealismo de Pixar, esta animación aboga por auto-asumirse como dibujo, y jugar con la forma de los mismos. La cinta, consciente de ser animada, continuamente tiene guiños y elementos que desde fuera de la diégesis recuerdan que estamos viendo algo animado. Este recurso casi de Monty Phyton, el de comprenderse a si misma como un film, le permite un enorme abanico de posibilidades visuales, que se traduce en un soplido fresco en cuanto a lo visual.

Los personajes, por otro lado, lidian con problemas reales dentro de la fantasía propuesta por el film. Los conflictos de la relación entre el padre y la protagonista funcionan como la estructura ósea del film, que dedica secuencias enteras a mostrar cómo sus personajes erran y se equivocan por la falta de empatía. Ninguno de los dos tiene la razón, y es en esa humanidad que propone la historia donde se encuentra uno de los más grandes aciertos de la película. Aquí no hay personajes sabelotodos que aleccionen e iluminen el camino, sino que la misma acción es la que demuestra y corrige los errores de sus protagonistas.

También existe aquí una comprensión del mundo actual tan pura que deja mucho que desear a propuestas muchísimo más “serias” de la ciencia ficción o del terror. La concepción del mundo que propone se puede ver en elementos tan pequeños como el uso de celulares (cuestión que la mayoría de las películas todavía no terminan de resolver), algo que es parte de nuestras vidas, pero pocos films se animan a retratar con la precisión con la que La familia Mitchell vs. las máquinas lo hace.

El miedo tecnológico, la monopolización de la tecnología y las familias disfuncionales también están retratadas en el film con buena mano. Todos estos elementos, que parecerían dignos de una película de David Cronenberg, no hacen más que sumar, debido a su desarrollo totalmente asumido. Son temas que la película no tira al asador como meros “selling point”, sino que, dentro de las posibilidades, se dedica a analizarlos, ponerlos en contraste y desarrollarlos efectivamente.

Si a esto le sumamos una tonelada de referencias cinéfilas de la cultura popular (y no tan popular), nos encontramos finalmente con una obra totalmente apasionada por el séptimo arte. Muchos de sus chistes son pensados mucho más para los adultos que para los niños, al estilo de lo que supo hacer con plenitud la gran Shrek, con referencias que atraviesan mundos tan variados como los de Quentin Tarantino, Alfred Hitchcock, y muchos otros guiños al espectador acompañante.

La familia Mitchell vs. las máquinas no viene a romper ninguna estructura. A pesar de todos estos elementos, la historia empieza y termina de manera similar a cualquier otra del género. No hay nada en la película que sea realmente revolucionario como lo supieron ser Toy Story (1995) o Shrek (2001) y vemos muy difícil que termine siendo un largometraje que recordemos con vehemencia luego del pasar de los años. Pero el aire fresco que exhala este film le volaría la polvorienta peluca a más de un trajeado de los grandes estudios.

Porque todo esto que contamos está inmerso en una producción totalmente pensada para ser vista por el público infantil, pero sin que eso signifique un achatamiento en la propuesta artística que pone sobre la mesa. Probablemente eso sea con lo que haya que quedarse, y que muchos olvidan o prefieren pasar de largo. El cine de animación también es cine. Y en este caso, es muy bueno.

PUNTAJE8/10


Título original: The Mitchells vs the Machines

Año: 2021

Duración: 110 minutos

País: Estados Unidos

Dirección: Michael Rianda y Jeff Rowe

Guion: Michael Rianda y Jeff Rowe

Música: Mark Mothersbaugh

Productora: Lord Miller, Sony Pictures Animation, Columbia Pictures. Distribuidora: Netflix

Género: Animación. Comedia | Road Movie.

Sinopsis: El viaje por carretera de la familia Mitchell se ve interrumpido por una insurrección tecnológica que amenaza a la humanidad.

 

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