[OPINIÓN] El Señor de los Anillos: Los Anillos de Poder

Algunos comentarios sobre los dos primeros episodios vistos de la nueva serie de Amazon Prime Video, nada menos que basada en los escritos de J. R. R. Tolkien: «El Señor de los Anillos: Los Anillos de Poder».

Por @mauvais1

En las eras, una tras otra, la historia fue cíclica: J. R. R. Tolkien escribió las distintas instancias de su celebérrimo Silmarillion, compendio editado y publicado póstumamente por su hijo Christopher Tolkien debemos aclarar, y El Señor de los Anillos (dejaremos por ahora a El Hobbit fuera de esto) como una lenta pero no pausada caída de la beatitud paradisiaca hasta la eventual pedestre realidad con que convivimos. Cada historia en su momento revelaba una macula más, una aproximación al mundo tal y como lo conocemos hoy. Gris y carente de magia, envuelto en guerras fratricidas y humos de una era industrial que lo devora todo, comenzando por su amada naturaleza, sus arboles.

Es lo fascinante, su legendarium habla del bien combatiendo y venciendo al mal, pero en cada batalla perdiendo un poco de esa inocencia, pureza espiritual con que fue concebida. Tal y como las sagas nórdicas o la mitología griega, donde los héroes enfrentaban las más grandes aventuras sino que también trágicas muertes. La hamartia, ese error que conduce a toda una suerte de tragedias. «Los hijos de Húrin», ambientada en la primera edad, es el mejor ejemplo. Uno se sumerge en su universo desde lo más alto para luego ir descendiendo inexorablemente. Son caídas, fascinantes tragedias de medios finales felices, de apenas metas logradas. De alguna manera todo es siempre crepuscular.

Es tal vez, que al ver los dos primeros episodios de The Lord of the Rings: The Rings of Power, basada en los apéndices de El Señor de los Anillos y creada por John D. Payne y Patrick McKay para Amazon Prime Video, que inevitablemente sentí que estaba viendo no las aventuras de sus protagonistas, los «buenos» de estas sagas (Galadriel, Elrond, Elendil), claramente en este contexto Celebrimbor y etc., sino más bien el surgimiento de los villanos. Perspectiva que ayudó a involucrarme en su historia y sus idas y venidas.

Es casi inevitable la comparación con la trilogía de Peter Jackson, ese enorme suceso fantástico que de muchas formas reinició el idilio televisivo y cinematográfico con el género, pero aquí bien parece ser otro el cometido. Es decir, Jackson inspiró, sus hombres marginados por diferentes circunstancias, los elfos, pocos y lejanos a los antaño días de gloria, y los Hobbits, criaturas escurridizas y poco dados a la interacción con otras razas; se unían en una última gran batalla, la que terminaría de cambiar al mundo definitivamente con la llegada de «los días de los hombres», pero que no dejaba de ser esperanzadora.

La historia de la segunda edad en particular es una transición de los días de los arboles, el nacimiento del sol y la derrota de Morgoth -ese Lucifer AKA. Valar- y el surgimiento de las edades históricas propias de las razas mortales. Son tiempos, esa segunda edad, de convivencia como la era de los héroes y semidioses de la mitología griega, donde la intervención divina es cada vez menos obvia, más sincrética. El prólogo cuenta, en pocos minutos, miles y miles de años de magia y poder, donde los elfos, aunque protagonistas, son peones de una guerra a escala universal. La Galadriel (Morfydd Clark) de la serie es una clara puesta de esta idea, la sobreviviente herida en lo más profundo que no puede desprenderse de esos días oscuros, que agorera, como una Casandra en Troya, y profetiza un mal todavía activo. Es interesante que uno de los personajes más poderosos, en tiempos de Aragorn y la guerra del anillo, sea puesta en esta situación. Fuera de todo canon, la señora del futuro reino de Lindon es una guerrera itinerante, una obsesionada victima que hasta sus compañeros dan la espalda. Una patina de una realidad moderna, un concepto dramático que un héroe, en este caso una heroína de saga fantástica no sufriría, a no ser que fuera un producto de la mente de un maquiavélico Andrzej Sapkowski o George R. R. Martin.

Y justamente en esto yace una abismal diferencia. La Alta Fantasía de J. R. R. Tolkien es inversamente proporcional a la Fantasía Oscura, ambientadas en mundos racionales y concebibles, el rigor y la lógica someten los extractos fantásticos aunque no se desentienden de ellos. Por caso George R. R. Martin y su Canción de hielo y fuego o las espadas y hechicerías de la Saga de Geralt de Rivia de Andrzej Sapkowski. La extraña cruza que promete Los Anillos de Poder en los dos primeros episodios puede que confunda un poco, de hecho lo hace conmigo. La animosidad de los habitantes de «THIRHARAD» y los elfos, suponemos que Silvanos, es ciertamente una relación moderna de fuerzas invasoras con los pueblos sometidos -malvados o no- y hay quien recordará la desconfianza de Elrond en la trilogía con respecto al hombre. Pero hablaba de la debilidad espiritual, de los sentimientos que distinguen a los mortales de poca vida y su ambición justamente por esto. Aquí, con miles de años de diferencia, la larga vida élfica no permite el cambio, estanca. Algo interesante y volvemos un concepto que Tolkien tuvo en cuenta pero desde otra perspectiva.

Que el alto rey Gil-galad, nada menos que hijo de Fingon, hijo de Fingolfin, hijo de Finwë Nölome, y por lo tanto emparentado con Fëanor por comenzar, y Eärendil por otro, realeza Noldor por donde se lo mire, someta a Galadriel, no es de extrañarse. De hecho, el autor ya había hablado del orgullo de la princesa, tan emparentada con nobleza élfica como él, que no permitía que nadie la dominara. Lo extraño es que este tenga poderes tiránicos sobre las cosas y los suyos. Eso es un cambio sustancial, ya que las generaciones anteriores habían actuado con orgullo y dominio, y todos habían aprendido con sus historias el mal que eso acarreaba. Las siguientes generaciones élficas aprendieron esa lección a través del dolor y la perdida. Gil-galad es tan agorero como Galadriel en las historias.

Entonces y más allá de cambios en cronologías, en personajes no mencionados -claves en las sagas familiares del Legendarium y que daban cuerpo y acción a las tramas que poblaron la Tierra Media-, la serie nos aproxima a una historia arquetípica deconstruyéndola y volviendo a forjarla en una sumergida en los matices, que bien corresponderían a edades posteriores. A los hombres.

Simplificar es un deber ante tanto ciclo dentro de ciclo narrado en las pocas líneas de los apéndices, pero esta puede llevar a un reduccionismo que pierde la esencia de lo que se quiere contar. Todos sabemos que los elfos son los hijos de las estrellas y por eso aman la noche, escenario de esas eternas, distantes y frías luminiscencias con que se sienten representados, porque fue lo primero que vieron al nacer antes de la luna y el sol; que el hombre es el hijo del sol y las cuentas cortas, y por lo tanto de estaciones mortales; y que la oscuridad de Sauron/Morgoth es la nada caótica y primordial al que los Valar dieron orden. Aquí, en la serie, la luz y la oscuridad están en sombras, donde elfos politizan acciones y hombres barruntan afrentas. Es un mundo corrompido que solo espera la llegada de quienes reunirán los bandos. El «Augusto» (vaya esas coronas de laureles que visten) Gil-Galad recompensa a otros con premios que ya son suyos. Cualquiera de los elfos que decida partir puede hacerlo cuando quiera, solo tiene que tomar un barco en los puertos grises donde gobierna Cirdan (¿Dónde está Cirdan?). Envía a Galadriel al otro lado para quitarse de en medio los gritos pesimistas, porque ellos tal vez terminen por despertar la oscuridad que cree derrotada. Recordemos que luego de la desaparición del Morgoth y los grandes reinos élficos, estos no son mas que fantasmas de un mundo que fue, el recuerdo de algo hermoso y distante, son tristes memorias. Son funestos como los ancianos sibilinos. Solo Celebrimbor rompe todavía con esa era, haciendo por un breve momento renacer, en menor escala, los días de antaño. La segunda edad es el otoño de un mundo y ellos las hojas secas en los bosques. Gil-galad, Elrond y Galadriel son las tres Moiras, las buenas y las no tanto. Aconsejan pero esperan, encienden corazones pero con fuego que ya no poseen.

Más allá del color de piel de un actor, las barbas de una enana, o las aventuras de la joven Galadriel en tierras que jamás pisó con gentes que jamás conoció, me consta que el espíritu de su fuente ha sido modificado, no tanto y ni tan terrible, pero corrido del eje. Es tan original en su concepción, como traída hacia el muladar de la fantasía épica moderna de antihéroes y malos con motivaciones complejas y entrañables. Y J. R. R. Tolkien los había concebido como paradigma de un cuerpo mitológico donde los temas eran mucho más que las trivialidades terrenales. El profesor detestaba las alegóricas, no fue su idea, pero sí lo fue construir historias capaces de ser «el eco divino de la Verdad».

La serie ha mostrado lo que es capaz la tecnología en VFX y los millones con que contó en su producción en general. No hay dudas dónde están y lo bien que se utilizaron. Siento placer, en particular, con la idea de sociedad élfica que han construido. Una más cercana a la europea medieval, casi Artúrica pictórica de los prerrafaelistas y no el Wǔxiá o Xianxia de Peter Jackson. El hombre de la edad del hierro y los ignotos hobbits. En general la puesta y contexto son por lejos lo mejor, y sinceramente pensados como hitos de culturas complejas, antiguas y activas. La fotografía es apabullante, la banda de sonido capaz.

¿Recuerda alguien Carnival Row, también de Amazon Prime Video? Esa fantasía de René Echevarria y Travis Beacham que tomaba de un sin fin de historias los parámetros fundacionales para una mitología propia, que apelaba al conocimientos de estas en el público para crear una idea de anterioridad, de universalidad. Pues tal vez estamos ante otro ejemplo, lejano claro, que hace otro tanto. Las referencias, veladas o no al Legendarium Tolkiano, están. Los personajes y la línea histórica también; desde allí construyen su propio universo, recrean y refundan las fuentes en una suerte de ficción alternativa, quizás.

Por otro lado, los diálogos en general son acertados con su fuente, los decires al uso del género, aunque ciertas metáforas son algo forzadas, como la del barco y la roca. O extrañas como ese fuego que se quiere apagar y con el mismo aire fortalecerlo. Es donde la mano literaria, la dialoguista al estilo Fran Walsh y Philippa Boyens, se extrañan tanto como la tomada fielmente del libro. Y en esto Celebrimbor es quien sale ganado.

De todas maneras, esto apenas si es el inicio de un periplo (o mejor dicho epopeya) que se supone será de varias temporadas, en las que seguramente se ampliará el entorno tanto interno como externo de los personajes, y dará alas a la grandilocuencia que posee la fuente adaptada. Pero por sobre todo, es interesante ver cómo el misterio de esta serie subyace en saber dónde está el mal, quién lo gobierna, cuales serán los que caigan ante él. La teorías hoy son todas sobre esto, que por un lado es fascinante y por el otro triste.

En las secuelas de Batman uno iba a conocer al nuevo villano, esa era la emoción de reencontrarse con el héroe (que obviamente veríamos en una nueva etapa), pero el antagonista se llevaba toda la atención. Pues aquí desde el comienzo, y a pesar de interesantes personajes protagónicos, como en una secuela, nos vemos más atraídos por saber dónde está Sauron, o quién o qué será Theo (Tyroe Muhafidin) o el susodicho extraño del meteoro (Daniel Weyman).

¿El Señor de los Anillos: Los Anillos de Poder es una historia de surgimiento de villanos? No es acaso fascinante algo así. Si la perspectiva es esa, con los habitantes de THIRHARAD con Bronwyn (Nazanin Boniadi) a la cabeza como protagonistas de otra de las tramas, y la presentación ahora de Gondor, no sería de extrañarse y me repito exultante, que así fuera. Y es por donde justamente me ha atrapado.


Título: El Señor de los Anillos: Los Anillos de Poder (The Lord of the Rings: The Rings of Power – 2022)

DirecciónJ.A. Bayona, Wayne Yip, Charlotte Brändström.

Guion: John D. Payne, Patrick McKay, Stephany Folsom, Justin Doble, Jason Cahill, Gennifer Hutchison, Glenise Mullins, Bryan Cogman, Helen Shang.

LibrosJ.R.R. Tolkien.

Música: Bear McCreary, Howard Shore.

Fotografía: Aaron Morton, Óscar Faura, Alex Disenhof.

Reparto: Morfydd Clark, Robert Aramayo, Markella Kavenagh, Ismael Cruz Cordova, Benjamin Walker, Charlie Vickers, Daniel Weyman, Maxim Baldry, Peter Mullan, Megan Richards, Joseph Mawle, Cynthia Addai-Robinson, Ema Horvath, y otros.

Los Anillos de Poder trae a las pantallas por primera vez las heroicas leyendas de la legendaria Segunda Edad de la historia de la Tierra Media. Este drama épico está ambientado miles de años antes de los eventos de El Hobbit y El Señor de los Anillos de JRR Tolkien, y llevará a los espectadores a una era en la que se forjaron grandes poderes, los reinos alcanzaron la gloria y cayeron en ruinas, los héroes inverosímiles fueron puestos a prueba, la esperanza pendía del más fino de los hilos, y uno de los villanos más grandes que alguna vez fluyó de la pluma de Tolkien amenazó con cubrir todo el mundo en la oscuridad. Comenzando en un momento de relativa tranquilidad, la serie sigue a un elenco de personajes, tanto familiares como nuevos, mientras se enfrentan al temido resurgimiento del mal en la Tierra Media. Desde las profundidades más oscuras de las Montañas Nubladas hasta la majestuosa capital élfica de Lindon, el impresionante reino insular de Númenor y los confines más lejanos del mapa, estos reinos y personajes crearán legados que perdurarán mucho después de su desaparición.

Acerca de Marco Guillén 3946 Articles
Aguanto los trapos a Jordi Savall. Leo ciencia ficción hasta durmiendo y sé que la fantasía es un camino de ida del que ya no tengo retorno.

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